El Viajero Tritón
Todo viaje tiene un plan… y luego está el camino real. La idea inicial de esta Ruta de la Seda era cruzar Anatolia hasta Irán, bajar a Tabriz y seguir hacia Turkmenistán hasta llegar a Uzbekistán. Pero a veces el mundo decide por ti. Conflictos, fronteras, geopolítica… y cambio de ruta. Y entonces recordé una historia que siempre me acompaña: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte?… quién sabe.” Porque ese cambio me llevó a descubrir Georgia. Y bendito desvío. Entré de noche por Batumi, cruzando la frontera desde Turquía. A las 2 de la mañana llegaba… y a las 3 ya tenía un sitio donde dormir. Otra vez esa sensación de que, cuando viajas ligero, la vida te sostiene. Batumi me sorprendió. Moderna, abierta, mirando al Mar Negro… bajo la lluvia, con la Torre Alfabética elevándose al cielo y Ali y Nino recordándome que hay historias que están hechas para encontrarse… y separarse. Y sin esperarlo, uno de esos momentos que no se olvidan: solo, en un museo digital rodeado de arte y música… emocionándome hasta las lágrimas. Ahí supe que Georgia no iba a ser solo un país más. El tren volvió a marcar el camino. Recorriendo la costa del Mar Negro hasta Kutaisi, disfrutando de ese ritmo lento que tanto me gusta… y desde allí, adentrándome en una naturaleza salvaje: cañones, agua, cuevas y leyendas como la de Jasón y los argonautas en la cueva de Prometeo. También descubrí lugares como el pilar de Katskhi, donde durante siglos se refugiaban buscando mantener viva su fe. Lugares que te hacen entender la historia desde otro lugar. Después, la marrusca… y Tiflis. Auténtica. Viva. Contradictoria. Una ciudad donde el pasado soviético convive con la espiritualidad, el vino, la juventud y una energía difícil de explicar. Probé su gastronomía, brindé más de una vez… y me llevé palabras que ya forman parte del viaje: Gamarjoba. Madeloba. Gaumarjos. Desde allí recorrí Kajetia, su tierra de vinos con miles de años de historia… visité monasterios como Bodbe… y entendí la importancia de la fe en este país. Y llegó uno de los grandes momentos del viaje: subir por la Military Road hasta Kazbegi. Montañas, nieve, silencio… y de repente, el monasterio de Gergeti frente al imponente Cáucaso. Días antes parecía imposible por el clima… pero se abrió la carretera. Otra vez lo mismo: ¿mala suerte… o buena suerte? Georgia me ha regalado mucho más de lo que esperaba. No estaba en el plan inicial… y sin embargo, ha sido imprescindible.
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