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Historie & religion
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mirando la vida desde la perspectiva de Dios
Llamados, elegidos y santos
El Dios soberano ha redimido por su sola gracia a un pueblo; eligiendo según su beneplácito y autoridad a quienes él quiso; no por obras ni por méritos, sino misericordiosamente por los méritos de Cristo; justificándoles y adoptándoles en unión con el Unigénito de Dios; para alabanza de la gloria de su gracia. Pero ¿Cómo es evidente esa elección y llamamiento? ¿Cuál es la señal de aquellos llamados y elegidos? Pues bien, la fidelidad es esa señal – los redimidos de Cristo se mantendrán creciendo, avanzando y luchando contra el pecado, en oposición al mundo y en obediencia a Cristo. Los que son llamados y elegidos, serán por tanto fieles.
Único DIGNO de honor y gloria
Cristo, el Hijo eterno hecho carne, se nos presenta en las Escrituras como el único absolutamente digno de todo lo que el corazón humano puede y debe rendir. A Él le corresponde el temor santo; asombro reverente y sumisión sin reservas - ante Aquel que “tiene las llaves de la muerte y del Hades” (Ap. 1:18); a él debemos toda reverencia, porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9); a él hemos de entregar toda nuestra confianza, ya que “el que no escatimó ni a su propio Hijo” jamás nos fallará en sus promesas (Ro. 8:32); solo a él debemos todo sometimiento, porque Dios lo exaltó hasta lo sumo y “toda rodilla se doblará” delante de su señorío (Fil. 2:9–11); y él ha de ser el objeto de nuestro aprecio, pues Él es el tesoro escondido por el cual vale la pena perderlo todo y, en realidad, no perder nada (Mt. 13:44). “Cristo no es valorado hasta que es valorado sobre todo”. Por eso, nuestra devoción no se reparte ni se negocia; se rinde, se postra y descansa únicamente en Él, el Cordero que fue inmolado y que vive para siempre, digno de temor, reverencia, confianza, sometimiento y amor sin reservas.
El único REY supremo
Belén no fue un accidente, ni un evento improvisado - sino el escenario soberano donde la majestad eterna se vistió de carne sin dejar de ser Dios. Allí, el Altísimo aprendió a balbucear sin perder su autoridad sobre los cielos; allí, el Señor de los ejércitos fue contado entre los pobres para rescatar a los pecadores. En la sencillez de su cuna, Cristo nos revela la inmensidad de Su gracia”. El mundo busca reyes con coronas de oro; Dios nos dio un Rey con corona de espinas. Y ese Rey supremo vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt 1:21). Navidad es la proclamación de que el Rey ha llegado, y su reino avanza por la gracia que redime y gobierna para siempre. “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro” (Is 9:6).
El único CAMINO a Dios
Adviento es tiempo de espera, de anhelo y de esperanza silenciosa. El corazón humano, aun sin saberlo, busca regresar a casa. Muchos suponen que cualquier sendero espiritual conduce a Dios, como si la eternidad fuera un lugar al que se llega por intuición o buena voluntad. Pero la Escritura nos habla con una claridad serena y consoladora. Jesucristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Esta es una palabra misericordiosa, que nos anima a tomar este único camino, sabiendo que es seguro y suficiente. Dios no dejó a la humanidad perdida en la oscuridad del pecado, ni nos pidió que encontráramos el rumbo por nuestras propias fuerzas. En su amor, Él mismo vino a buscarnos. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). La Navidad es la noticia de que el cielo se abrió y el Camino descendió. El Hijo eterno tomó carne para llevarnos al Padre, para restaurar la comunión rota y para introducirnos en su Reino de gracia. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). No llegamos a Dios por méritos, ritos o esfuerzos religiosos. Llegamos por Cristo, por su encarnación humilde, por su cruz redentora y por su victoria en la resurrección. Adviento nos recuerda que volver a casa es posible - El camino de vuelta a Dios está abierto. En el Niño del pesebre, Dios nos ofrece perdón, vida y comunión eterna. No hay otro camino, pero hay uno suficiente. Y ese Camino tiene nombre: Jesucristo, el Señor.
El único HIJO de Dios
Cuando Juan confiesa que Cristo es el “Hijo unigénito” (Jn 1:14, 18), no está diciendo que Dios no tenga más hijos, sino que no tiene otro como Él. Porque, sí: Dios tiene muchos hijos. A los que creen, “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn 1:12). Somos hijos por adopción, no por naturaleza. Hijos por gracia, no por esencia. Hijos hechos, no Hijo eterno. Y ahí está el punto que incomoda al orgullo religioso y al sentimentalismo teológico. Jesús es único en dignidad: “el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia” (Heb 1:3). Único en perfección: “santo, inocente, sin mancha” (Heb 7:26). Único en grandeza: “para que en todo tenga la preeminencia” (Col 1:18). Y, sobre todo, único en su oficio. Ningún redimido media; ninguno redime. “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim 2:5). Él no comparte ese cargo; no tiene suplentes ni aprendices. “No hay otro nombre bajo el cielo… en que podamos ser salvos” (Hch 4:12).
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