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El enigma del reloj invertido

21 min · 18. maj 2026
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Description

Marcos empujó la puerta de la biblioteca del colegio con el hombro, porque llevaba los brazos cargados de libros. Eran las cinco de la tarde y no quedaba nadie. La señora Elvira, la bibliotecaria, le había dado permiso para devolver los libros él solo mientras ella iba a una reunión. —Déjalos en el carrito y cierra al salir —le había dicho, entregándole la llave con una sonrisa. Marcos dejó los libros sobre el carrito metálico y miró a su alrededor. La biblioteca del colegio Cervantes era su lugar favorito. Tenía estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, una escalera con ruedas para alcanzar los estantes más altos y una ventana enorme que daba al patio de los naranjos. Pero aquel día notó algo diferente. En la esquina más alejada, detrás de la sección de enciclopedias que nadie consultaba, había una vitrina de cristal que no recordaba haber visto antes. Era pequeña, del tamaño de una mesilla, y dentro había un reloj de bolsillo con la cadena enrollada alrededor. Marcos se acercó con curiosidad. El reloj era precioso: dorado, con la esfera blanca y los números romanos grabados con una precisión asombrosa. Pero había algo extraño. Las agujas se movían en sentido contrario al habitual, como si el tiempo estuviera retrocediendo. —Qué raro —murmuró Marcos. Sin pensarlo demasiado, levantó la tapa de cristal de la vitrina. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sus dedos tocaron el metal frío del reloj. Al instante, las agujas se detuvieron. Marcos miró la hora en su móvil: las 17:12. Miró el reloj de bolsillo: marcaba las 21:71. Los números no tenían ningún sentido. Debajo del reloj, sobre el forro de terciopelo granate de la vitrina, había una tarjeta amarillenta con una frase escrita a pluma: «Quien toca el reloj, repite el día. Quien resuelve el enigma, recupera el camino.» Marcos soltó una risa nerviosa. —Será una broma de alguien del club de lectura —se dijo. Guardó el reloj en el bolsillo de su chaqueta, cerró la vitrina y salió de la biblioteca. Cerró la puerta con llave y caminó hacia casa bajo un cielo anaranjado de atardecer. Aquella noche, mientras cenaba con su madre y su hermana pequeña, Lucía, todo parecía completamente normal. Se durmió sin pensar más en el reloj. Pero cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, la fecha en la pantalla de su móvil era exactamente la misma que el día anterior.

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episode El espejo de Verne artwork

El espejo de Verne

La mansión olía a polvo, a cerraduras oxidadas y a secretos que llevaban demasiado tiempo fermentando en la oscuridad. Adrián Verne cruzó el umbral con la llave que el notario le había entregado esa mañana junto con una frase que, en retrospectiva, debería haberle servido de advertencia: «Su abuelo dejó instrucciones muy específicas sobre lo que no debe tocarse». Adrián tenía veintiún años, un máster a medio terminar en psicología clínica y una relación con su familia que podría describirse como un campo de minas donde alguien había retirado los carteles de peligro. No había visto a su abuelo, el Dr. Hugo Verne, en más de diez años. Lo que sabía de él procedía de fragmentos: conversaciones a media voz entre sus padres, un artículo de periódico que encontró en internet sobre un psiquiatra brillante caído en desgracia, y una fotografía en blanco y negro donde un hombre de ojos penetrantes sostenía un espejo ovalado como si fuera un trofeo. El Dr. Hugo Verne había sido, según las fuentes que Adrián pudo rastrear, uno de los psiquiatras más innovadores y controvertidos de su generación. Especializado en fobias y trastornos de ansiedad, había desarrollado métodos experimentales que las universidades rechazaban y los pacientes aclamaban. «Sus técnicas funcionaban demasiado bien», escribió un colega en un obituario tibio. «El problema era que nadie entendía por qué.» Hugo murió solo, en esta misma mansión, una noche de noviembre. El forense dictaminó paro cardíaco, pero la expresión que encontraron en su rostro —congelada en lo que solo podía describirse como terror absoluto— sugería que su corazón no se había detenido por enfermedad, sino por algo que había visto. Adrián recorrió la planta baja con la cautela de un intruso. El vestíbulo era amplio, con un suelo de mármol ajedrezado y una escalera de madera oscura que ascendía hacia la penumbra del segundo piso. El salón conservaba los muebles de otra época: butacones de terciopelo verde, una chimenea de piedra tallada, estanterías que cubrían las paredes del suelo al techo con libros cuyos lomos Adrián leyó al pasar: Freud, Jung, William James, pero también títulos que no pertenecían a ningún catálogo académico convencional: «Topografía del Miedo», «El Umbral del Yo», «Cartografía de la Sombra». Fue en la biblioteca donde encontró la primera pista. Sobre el escritorio de Hugo, ordenada con una meticulosidad que contrastaba con el desorden del resto de la casa, había una carpeta con una etiqueta mecanografiada: «Proyecto Espejo. Solo para Adrián.» Adrián se sentó en la silla de su abuelo —que crujió como si protestara por el cambio de ocupante— y abrió la carpeta. Dentro había una carta manuscrita con la caligrafía angulosa de Hugo. «Adrián: Si lees esto, es que he muerto y que el notario ha cumplido su parte. Heredas esta casa no porque seas mi nieto, sino porque eres la única persona de esta familia que eligió estudiar la mente humana. Lo que encontrarás aquí no está en ningún libro de texto. He dedicado mi vida a comprender el miedo, y en este proceso he descubierto algo que la ciencia no está preparada para aceptar: el miedo no es solo una emoción. Es una entidad. Tiene forma, tiene voluntad y, bajo las condiciones adecuadas, puede manifestarse fuera de la mente que lo alberga. En el sótano encontrarás mi laboratorio. En el laboratorio encontrarás el Espejo. El Espejo es el resultado de cuarenta años de investigación. Funciona. Ese es el problema. No lo actives hasta que hayas leído todos mis diarios. Y bajo ninguna circunstancia te mires en él sin estar preparado. Tu abuelo, Hugo.» Adrián dejó la carta sobre el escritorio. Las manos le temblaban, no de miedo —todavía no—, sino de la excitación que siente un científico cuando intuye que está al borde de algo que cambiará su comprensión del mundo.

26. juni 202628 min
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El laberinto de las voces perdidas

Mara siempre había sido la chica callada de la clase. No es que no tuviera cosas que decir, sino que cada vez que abría la boca sentía que las palabras se le enredaban en la garganta como hilos de lana mojada. Mientras sus compañeros levantaban la mano con entusiasmo para responder a las preguntas, ella se hundía un poco más en su silla, deseando ser invisible. —Mara, ¿podrías leer el siguiente párrafo en voz alta? —le pidió la profesora García un martes de noviembre. Mara sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que seguramente todos podían oírlo. Abrió el libro, tomó aire y comenzó a leer. Su voz salió tan bajita que apenas se oía. Algunos compañeros se giraron con expresión confusa. —Un poco más alto, Mara —dijo la profesora con amabilidad. Pero cuanto más lo intentaba, más pequeña se sentía su voz, como si alguien estuviera bajando el volumen desde dentro. Cuando terminó de leer, tenía las mejillas ardiendo y un nudo en el estómago. Al acabar las clases, Mara se quedó recogiendo sus cosas despacio, como siempre hacía para evitar el bullicio del pasillo. Fue entonces cuando oyó algo extraño: un murmullo que parecía venir de debajo del suelo. Se agachó y pegó la oreja al linóleo frío. Sí, definitivamente había voces allí abajo, muchas voces hablando a la vez, como un coro desordenado. Siguió el sonido hasta el sótano de la escuela, un lugar donde guardaban material deportivo viejo y cajas polvorientas. La puerta estaba entreabierta y las escaleras bajaban hacia la oscuridad. Mara dudó. Ella no era la clase de niña que exploraba sótanos oscuros. Ella era la clase de niña que se sentaba en una esquina a dibujar en su cuaderno. Pero las voces la llamaban. No con palabras exactas, sino con algo más profundo, como una melodía que reconoces aunque nunca la hayas escuchado. Bajó los escalones de uno en uno, sujetándose a la barandilla oxidada. Al llegar abajo, la luz de su teléfono iluminó algo que no debería estar allí: una grieta en la pared del fondo, lo suficientemente grande como para que pasara una persona. Y de esa grieta salía un resplandor azulado y aquel murmullo constante. Mara se acercó con el corazón desbocado. Asomó la cabeza por la grieta y lo que vio la dejó sin aliento. Al otro lado había un pasadizo que se abría en múltiples direcciones, como las ramas de un árbol. Las paredes brillaban con una luz propia, como si estuvieran hechas de cristal iluminado desde dentro. Y en cada pared, grabadas en la piedra luminosa, había palabras. Miles de palabras que cambiaban constantemente, apareciendo y desapareciendo como peces en un estanque. —¡Hola, hola, hola! —dijo una voz que rebotó por el pasadizo. Mara dio un salto hacia atrás. —¡No te asustes, asustes, asustes! —continuó la voz—. Soy Rumor, el último eco libre de este laberinto,into, into. De entre las sombras apareció algo que Mara no supo cómo describir: una forma transparente y ondulante, como una burbuja de jabón con cara. Tenía dos ojos grandes y brillantes y una boca que se movía medio segundo después de que se oyeran sus palabras. —¿Qué es este lugar? —susurró Mara. —Este es el Laberinto de las Voces Perdidas, idas, idas —respondió Rumor flotando a su alrededor—. Aquí vienen a parar todas las voces de los niños que olvidan quiénes son, son, son. Mara miró las palabras que bailaban en las paredes y sintió un escalofrío. Algunas de esas palabras las reconocía. Eran cosas que ella había querido decir y nunca dijo.

23. juni 202628 min
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El club de los inventores

Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor». Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987. Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio». Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes». El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día. Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura. Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera.

18. juni 202628 min
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El circo de las sombras

Nadie recordaba cuándo había llegado el circo. Esa era la primera anomalía, aunque ninguno de los habitantes de Villaumbra pareció notarla. Un día simplemente estaba allí, instalado en el descampado detrás del cementerio viejo, con sus carpas de lona negra ribeteada en plata que ondeaban con una brisa que nadie más sentía. No había carteles anunciando su llegada, ni camiones de mudanza aparcados en las cunetas, ni el habitual bullicio de montaje que acompaña a cualquier espectáculo itinerante. El Circo de las Sombras había aparecido como aparecen las pesadillas: sin aviso, sin lógica, ya presente cuando abres los ojos. Marina fue la primera en darse cuenta de que algo no encajaba. Tenía dieciséis años, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula y una costumbre que sus amigos consideraban entre irritante y admirable: lo cuestionaba todo. Aquella tarde de julio, mientras volvía del entrenamiento de natación con la mochila al hombro y el pelo aún húmedo, vio las carpas por primera vez y se detuvo en seco. No fue la visión del circo lo que la inquietó —los circos llegan a los pueblos pequeños con cierta regularidad—, sino la reacción de la gente a su alrededor. Los vecinos pasaban junto a las carpas con una expresión beatífica, como sonámbulos con los ojos abiertos, y todos decían lo mismo: «¿No es maravilloso? Llevaba esperándolo toda la vida». Pero cuando Marina les preguntaba cuándo habían visto los carteles del circo o quién les había hablado de él, se quedaban en blanco, con la sonrisa congelada, y repetían: «Siempre ha estado ahí». Llamó a sus tres mejores amigos desde el banco que había frente a la farmacia. Hugo llegó primero, pedaleando furiosamente en su bicicleta oxidada, con su eterna camiseta de una banda que nadie más conocía y las gafas torcidas sobre la nariz pecosa. Después apareció Nerea, caminando desde la biblioteca con tres libros bajo el brazo y la expresión concentrada de quien está resolviendo un problema matemático incluso mientras cruza la calle. Por último llegó Dani, el más alto y el más callado de los cuatro, que se limitó a sentarse junto a Marina y mirar hacia las carpas negras con sus ojos oscuros y pensativos. «Nadie sabe cuándo llegó», dijo Marina sin preámbulos. «He preguntado a doce personas. Doce. Y todas me han dado la misma respuesta vacía. Es como si alguien hubiera instalado el circo directamente en sus recuerdos, saltándose la realidad». Hugo se ajustó las gafas y entrecerró los ojos mirando al descampado. «Yo pasé por ahí ayer a las siete de la tarde. No había nada. Ni una estaca en el suelo. Y ahora hay un circo completo con tres carpas, un carrusel y lo que parece ser una noria enana. Eso no se monta en una noche». Nerea abrió uno de sus libros y lo cerró de inmediato, frustrada por no encontrar respuestas entre sus páginas. «Lo más raro no es eso», dijo. «Lo más raro es que mi madre ya tiene entradas para esta noche. Y jura que las compró la semana pasada». Dani habló por primera vez, con esa voz grave y pausada que siempre hacía que los demás prestaran atención. «Hay algo más. He estado observando a los artistas del circo. Desde que he llegado, he visto a tres de ellos salir de la carpa principal. Un malabarista, una contorsionista y un tipo con sombrero de copa que parece el director». Hizo una pausa, y Marina vio que tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. «Ninguno de los tres tiene sombra. El sol está cayendo en ángulo y las sombras de los postes, de las carpas, de las banderas, todas están ahí. Pero esas tres personas caminan bajo el sol como si la luz pasara a través de ellos». El silencio que siguió fue denso como la niebla.

16. juni 202627 min
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El faro del fin del mundo

El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad. Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho. La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda. Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas. El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro. Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente.

11. juni 202626 min