Atisbos. Vida, amor y lejanía de Miguel Hernández.
Orihuela. Un ambiente cerrado, de deambular devoto. En plena huerta, donde proliferan las iglesias y los religiosos, nace un 30 de octubre de 1910 Miguel Hernández, bajo la protección del judío converso San Daniel.
Hay una panadería, un horno, un obrador de sedas; cordelerías, confiterías, hilados, alfarerías, carros, aperos… Hay monjas y monjes de más de treinta congregaciones. Hay humildad. Hay quebranto. Hay miseria.
La atmósfera clerical nada risueña de las barriadas oriolanas.
Vida
Los jesuitas serán los primeros que estimularán al chiquillo, le darán permiso para «ser»; ellos intuirán, antes que nadie, la resistencia poética del pastorcillo —o, lo que es lo mismo, el lirismo originario, la espiritualidad más pura— y la querrán retener solo para sí.
El padre, tratante de reses, un hombre rudo, parco en palabras, violento al extremo, sacará al hijo de la escuela Ave María y el Colegio Santo Domingo; lo alejará de los religiosos. Miguel leerá a escondidas en la habitación que da al corral, el padre apagará la luz cada vez que vea en el hijo cualquier asomo impropio de su origen. En palabras del hermano: «Entonces sucedían cosas terribles, que nos dejaban a todos espantados».
La madre, doña Concepción, mitigará la desafección del padre, siempre se preocupará del hijo a espaldas del esposo; cuando el hijo acabe en la cárcel, le hará llegar ayuda y sustento para que siga con vida.
En la casa de Calle Arriba, Miguel trepará la pared donde se alza la sierra con el rebaño en sus salidas de pastor. La naturaleza será su léxico, «una cabrita y un sueño…», su iconografía. En sus versos no habrá impostura, solo la necesidad de pertenecer, de buscar la verdad en el lenguaje. Los dolores de cabeza recurrentes, consecuencia de las palizas, no serán impedimento para su afán creativo.
Miguel Hernández —el pastor poeta, amante del amor, apresado andante de la vida— nunca será del todo consciente de que ese entorno marcará su obra y su destino. Su trayectoria de vida dejará un reguero de atisbos que conducirán al final trágico.
«(…)
Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados:
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.
No se ve, que se escucha la pena de metal,
el sollozo del hierro que atropellan y escupen:
el llanto de la espada puesta sobre los jueces
de cemento fangoso.
Allí, bajo la cárcel, la fábrica del llanto,
el telar de la lágrima que no ha de ser estéril,
el casco de los odios y de las esperanzas,
fabrican, tejen, hunden (...)».
(«Las cárceles», Viento del pueblo)
El impulso de escribir poesía le quemará por dentro, no deseará otra cosa; temerá profanar el arte, solo ansiará honrarlo, adorarlo. Y, para eso, precisará de ayuda. «Comprende Ud.?», escribe al alcalde de Orihuela tras publicar su primer poemario, Perita en lunas. «Y yo tengo derecho, como artista y trabajador, a pedir a Ud. o un trabajo hasta que halle colocación de mi poesía, o una pensión hasta que halle trabajo». La búsqueda de sustento será el pan de cada día.
Esa desesperación provocará un desencuentro con Federico García Lorca: «… he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie»; Lorca no sabrá contener ni comprender el enfado del poeta alicantino.
«¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos, pasión de hombre, pero no tiene más cojones como tú dices que los de casi todos los poetas consagrados».
«Dispensa, Lorca, amigo, calarré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y esta (…) Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando me había divorciado de ella».
No habrá posibilidad para el reencuentro ni la reconciliación. No habrá tiempo. La España oscura e implacable de 1936 les negará ese tiempo, como a tantos otros.
Solo la poesía mitigará algo la rabia y la miseria que lleva arrastrando consigo.
El poeta alicantino expresará su consternación por la muerte de Lorca y embellecerá el acabamiento del artista en Viento del pueblo:
«(…)
Entre todos los muertos de elegía,
sin olvidar el eco de ninguno,
por haber resonado más en el alma mía,
la mano de mi llanto escoge uno.
Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.
¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes. (…)»
(«Elegía primera, Viento del pueblo)
AmorUna vez que conozca el amor de mujer y tome contacto con José María Cosió, Pablo Neruda o Vicente Aleixandre, su tenacidad y producción se volverán más impuras, su hondura e intelecto aullarán por salir a la luz. Los atisbos de vida, la naturaleza impetuosa, el corazón abigarrado y la peligrosidad nutrirán sus versos.
«¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita? (...)»
(«No cesará este rayo que me habita?», El rayo que no cesa)
En la poesía de Miguel Hernández existe una sincronía tan nítida con su vitalismo que leer sus poemas hace daño. Esa sincronía se expande: no se reduce a los versos ni al poeta, ni siquiera al pueblo de Orihuela, que lo delatará llevado por el fanatismo y el rencor, sino a la historia de un país que todavía cuesta transitar.
Su vida será un ir y venir de la capital madrileña a la provincia. Escribirá a otros intelectuales, reclamará atención y amparo, estrechará relaciones, publicará en revistas; se desesperará, volverá a empezar. Irá haciéndose dueño del lenguaje; se comprometerá con los desheredados, amará. Sus versos se volverán más personales, más políticos, más distantes.
Lejanía
Sufrirá la muerte del hijo, irá al frente, será derrotado y encarcelado; la enfermedad y la ausencia de los suyos irán mellándolo poco a poco; pero su intelecto seguirá sucumbiendo a la métrica, seguirá siendo un poeta.
Su alejamiento será imparable.
«(…) No pudimos ser. La tierra
no pudo tanto. No somos
cuanto se propuso el sol
en un anhelo remoto.
Un pie se acerca a lo claro.
En lo oscuro insiste el otro.
Porque el amor no es perpetuo
en nadie, ni en mí tampoco.
El odio aguarda su instante
dentro del carbón más hondo.
Rojo es el odio y nutrido.
El amor, pálido y solo.
Cansado de odiar, te amo.
Cansado de amar, te odio.
Llueve tiempo, llueve tiempo (...)».
(«Canción última», Cancionero y romancero de ausencias)
La guerra lo desencajará, lo sacará de su intuición poética y de la sensualidad; le hará consciente, por primera vez, de que sus versos serán herencia para el pueblo. Sus poemas apelarán a la lucha:
«(...)Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejare a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras (...)».
(«Canción de esposo soldado», El hombre que acecha)
Para, más tarde, tocado espiritualmente, volverse más herméticos:
«(...)Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.
Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, por el amor, la rosa,
por el acero ardiente! (...)».
(«El herido», El hombre que acecha)
Y, ya en encarcelado, verse a sí mismo desde la distancia en la devastación más íntima:
«(...)Arena del desierto
soy: desierto de sed.
Oasis es tu boca
donde no he de beber.
Boca: oasis abierto
a todas las arenas del desierto.
Húmedo punto en medio
de un mundo abrasador,
el de tu cuerpo, el tuyo,
que nunca es de los dos.
Cuerpo: pozo cerrado
a quien la sed y el sol han calcinado (...)».
(«Casida del sediento», Cancionero y romance de ausencias)
Miguel Hernández sabrá resistir, amar y ser amado; sabrá, pese a todo y todos, “vivir haciendo», como diría su amigo Vicente Aleixandre.
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