Me caes BIEN
Cada vez que te instalas en la queja, tu atención deja de estar en la solución y se concentra en el problema. La mente comienza a buscar culpables, justificaciones y razones por las que algo no funciona, en lugar de explorar qué puede hacerse para cambiar la situación. Quejarse de forma ocasional es humano. El problema aparece cuando la queja se convierte en una costumbre. Entonces, la energía que podría utilizarse para actuar, aprender o adaptarse se consume en un ciclo repetitivo de frustración. Cuanto más tiempo permaneces en él, menos capacidad percibes para influir sobre lo que ocurre. La resolutividad nace de una pregunta sencilla: ¿qué puedo hacer ahora con lo que tengo? Esa pregunta desplaza el foco desde la impotencia hacia la acción. No siempre permite resolverlo todo, pero sí avanzar un paso más. Las personas más eficaces no son las que encuentran menos obstáculos, sino las que dedican menos tiempo a lamentarlos y más tiempo a enfrentarlos. Entienden que la realidad no cambia porque la describamos una y otra vez, sino porque intervenimos sobre ella. Cuando aparezca la tentación de quejarte, prueba a sustituirla por una decisión, aunque sea pequeña. La acción imperfecta suele producir más resultados que la queja perfecta. La queja te hace espectador. La resolutividad te convierte en protagonista.
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