Cartas a Lucilio: Un viaje estoico
En la Carta XLI, Séneca le dice a Lucilio algo que va a contracorriente de toda la religiosidad pública de su tiempo: no hace falta buscar lo divino en los templos ni en las imágenes sagradas, porque el dios ya está dentro de nosotros. Un espíritu sagrado habita en cada ser humano, nos observa y nos trata exactamente como nosotros lo tratamos. Para ilustrarlo, Séneca recurre a una serie de imágenes tomadas de la naturaleza —el bosque antiguo, la cueva excavada por el tiempo, el río que surge de las profundidades— y da el salto hacia el alma humana: el sabio verdadero merece la misma reverencia que esos lugares, porque en él también hay algo que no es del todo de este mundo. Su alma, como un rayo de sol, toca la tierra pero pertenece a otro origen. La segunda parte de la carta plantea una pregunta que no ha perdido un ápice de vigencia: ¿qué es lo que realmente vale en un ser humano? No las riquezas, no los títulos, no el ornamento. Lo que vale es lo que no se puede arrebatar ni conceder: el alma y la razón perfecta en el alma. Vivir según la propia naturaleza es, dice Séneca, una cosa en apariencia sencilla que la locura general convierte en la empresa más difícil del mundo.
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