Mi alma sale a jugar...
A veces, la vida —como el agua— nos invita a sumergirnos. La angustia de Agustín fue una ola que me llevó a nadar más hondo, a entrar en mis propias aguas, esas que a veces duelen pero también limpian. Aprendí que el equilibrio no se encuentra en la superficie, sino en el movimiento sereno del espíritu que se atreve a bucear. Así acompaño también en mis terapias: nadando junto a otros, con presencia, respirando, abriéndome al misterio de lo profundo.
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