Piénsalo Podcast
En el episodio anterior exploramos una de las características más conocidas de Dios: su amor. Pero esta vez nos acercamos a un atributo que para muchos parece contradictorio, incómodo o incluso difícil de aceptar: la ira de Dios. Si la Biblia nos advierte repetidamente sobre los peligros de nuestra ira, ¿cómo puede Dios manifestar ira y seguir siendo perfectamente bueno? En este episodio exploramos una diferencia fundamental: nuestra ira suele estar contaminada por el orgullo, la envidia y el pecado, mientras que la ira de Dios es justa, santa y necesaria. Su ira revela que no es indiferente al mal ni a la injusticia; le importa profundamente lo que ocurre en su creación. A través de ejemplos como el Faraón en el libro de Éxodo y el exilio de Israel, vemos que la ira de Dios no es un arrebato descontrolado, sino una respuesta justa contra todo aquello que se opone a su carácter. Dios, siendo completamente santo, rechaza el pecado y confronta aquello que destruye a sus criaturas. Incluso cuando disciplina a los suyos, lo hace como el fuego que purifica y refina el metal, formando un pueblo más fiel y más cercano a Él. Finalmente, llegamos al centro del evangelio. La ira que justamente merecíamos no fue ignorada ni olvidada; fue derramada sobre Cristo Jesús. El Hijo de Dios tomó sobre sí el juicio que correspondía a los pecadores y, mediante su sacrificio perfecto, abrió el camino para que podamos entrar en la presencia de Dios. Para conocer verdaderamente quién es Dios, debemos conocer también su justicia santa y perfecta. La ira de Dios no es un tema secundario ni un obstáculo para entender su amor. Al contrario, sin comprender su ira, la cruz pierde su significado, la gracia se vuelve barata y el amor de Dios queda incompleto.
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