unaVidaReformada
El Espíritu Santo es «Señor y Dador de vida». Este título une la soberanía de la Deidad con la experiencia diaria de la gracia en el creyente. ¿Quién es el Espíritu Santo? {1} La Tercera Persona de la Trinidad: Plenamente Dios El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal, una energía mística ni la "influencia" de Dios en el mundo. Él es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, coeterno, coigual y consustancial con el Padre y el Hijo. Posee intelecto, voluntad y emociones, y comparte los mismos atributos divinos de omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia. Como bien señalaba Juan Calvino, adorar a Dios en verdad requiere reconocer que el Espíritu posee la misma esencia divina. Negar su personalidad o su deidad es fracturar nuestra comprensión de la comunión con el Dios Trino. {2} El Agente de la Redención Aplicada En el pacto de la redención, el Padre planifica la salvación y el Hijo la logra en la cruz. Sin embargo, los beneficios de esa obra perfecta quedarían fuera de nuestro alcance si no fuera por el Espíritu Santo. Él es el agente soberano que aplica la obra de Cristo al corazón del elegido. En nuestra regeneración: El Espíritu Santo rompe la dureza de nuestro corazón y nos da vida espiritual cuando estábamos muertos en delitos y pecados. El Espíritu Santo nos provee unión con Cristo: Nos injerta en la Vid Verdadera, permitiendo que la justicia, la adopción y la santificación logradas por Jesús pasen a ser legal y vitalmente nuestras. Sin la operación interna del Espíritu, la cruz sería un evento histórico lejano; por su gracia, es una realidad transformadora hoy. {3} El Consolador, Guía y Guardián de la Iglesia Cristo prometió no dejarnos huérfanos y nos envió al Paracletos, el Consolador. En medio de un mundo caído y plagado de aflicciones, el Espíritu Santo es nuestro Abogado y Consolador permanente. Su ministerio actual es de una fidelidad inquebrantable: Nos guía a la verdad: Ilumina las Sagradas Escrituras para que discernamos la voluntad del Padre. Nos guarda: Actúa como el sello y la garantía (arras) de nuestra herencia eterna, preservándonos en la fe. Nos sostiene hasta el Retorno: Intercede por nosotros con gemidos indecibles y nos capacita para perseverar en santidad. Hasta que nuestro Salvador regrese en gloria a reclamar a Su Esposa, la Iglesia no camina sola. El Espíritu Santo nos une a Cristo, nos consuela en la prueba y asegura nuestro destino eterno.
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