El Garaje Hermético de Máximo Sant

La gran estafa de las PANTALLAS

16 min · 24 de may de 2026
Portada del episodio La gran estafa de las PANTALLAS

Descripción

O por qué los botones físicos son el verdadero lujo. ¿Alguna vez has intentado bajar dos grados el aire acondicionado mientras conduces y has sentido que estabas jugando a una lotería peligrosa entre submenús? No estás solo. En el vídeo de hoy vamos a denunciar una tendencia que ha invadido la industria del automóvil como un virus: la proliferación abusiva de las pantallas táctiles. Nos han vendido que el minimalismo digital es el futuro, pero la realidad es que estamos ante una de las mayores operaciones de ahorro de costes camuflada de vanguardia tecnológica. La ingeniería del ahorro Fabricar un salpicadero "de los de antes" es caro. Se necesita diseño físico, mecanismos para el tacto (háptica), cableado específico para cada interruptor y soportes que aguanten décadas sin crujir. ¿Qué es lo barato? Un solo panel de cristal líquido conectado por un cable de datos a una centralita. A partir de ahí, todo es software. Si el fabricante quiere añadir una función, no diseña un botón; escribe tres líneas de código. Hablemos de números reales. Un interior con botones físicos de calidad puede costar entre 300 y 500 euros más por vehículo que uno que lo fía todo a una pantalla central. Para una marca que fabrica cientos de miles de coches al año, el ahorro es millonario. El problema es que, en el concesionario, esa pantalla te la venden como un extra de lujo bajo nombres rimbombantes. Es el negocio perfecto: ahorran en fábrica y te lo cobran a precio de oro. El peligro de la distracción Aquí la estafa deja de ser económica para ser peligrosa. La memoria muscular permite manejar un coche sin apartar la vista del asfalto. En una pantalla plana no hay tacto; tienes que mirar obligatoriamente. Estudios recientes confirman que el tiempo de distracción para tareas básicas se ha triplicado en coches sin mandos físicos. Es una ironía que nos llenen el coche de asistentes de conducción mientras nos obligan a perder la vista de la carretera para desempañar el parabrisas. Obsolescencia y "caducidad digital" Un botón mecánico de hace 40 años sigue funcionando hoy. ¿Qué pasará con estas pantallas gigantes dentro de 15 años tras soportar veranos a 50 grados? Ya estamos viendo sistemas que se cuelgan, píxeles muertos y software que deja de ser compatible. Si falla la pantalla en un coche moderno, te quedas sin radio, sin GPS y, a menudo, sin climatización. El coche se vuelve inútil por el fallo de una tablet de dudosa calidad. Héroes y Villanos No todos lo están haciendo igual de mal. Mientras marcas como Tesla eliminan incluso la palanca de intermitentes para poner botones táctiles en el volante (una pesadilla en rotondas), o Volkswagen cometía el error de lanzar superficies táctiles sin iluminar, hay "galos" que resisten al invasor. Mazda, por ejemplo, sigue apostando por ruletas físicas y pantallas que no distraen. Honda ha rectificado devolviendo al Civic unos mandos con un tacto mecánico excelente. Incluso Euro NCAP ha tomado cartas en el asunto: a partir de 2026, los coches que no tengan botones físicos para funciones críticas perderán puntos en sus test de seguridad. El retorno de la cordura Las pantallas tienen reflejos, se llenan de huellas y emiten una luz azul que fatiga la vista de noche. Un salpicadero de cristal negro carece de alma; es un televisor con ruedas. Afortunadamente, la presión de los usuarios y de los organismos de seguridad está obligando a muchas marcas a dar marcha atrás. La buena ingeniería es la que se piensa para el ser humano, no para el departamento de marketing o de contabilidad. Menos pantallas y más ergonomía real. ¡Ojos en la carretera!

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episode Seguridad fallida, o cuando el remedio es peor que la enfermedad artwork

Seguridad fallida, o cuando el remedio es peor que la enfermedad

El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones, y en la historia del automóvil, el camino hacia la seguridad también está lleno de diseños que sobre el papel parecían brillantes pero que en el mundo real resultaron ser un auténtico desastre. A veces, la ingeniería, tratando de salvarnos, se pasó de frenada. Hoy repasamos esos inventos que pretendían protegernos pero que terminaron siendo un peligro letal. El cinturón de seguridad automático: A finales de los setenta y durante los ochenta, ante la resistencia de los conductores estadounidenses a abrocharse el cinturón, las autoridades obligaron a instalar sistemas de retención pasivos. Marcas como Volkswagen, Toyota o General Motors introdujeron un cinturón que recorría un raíl por el marco de la puerta y te "abrazaba" automáticamente al cerrarla. Sin embargo, el gran fallo fue que solo se automatizó la banda diagonal. Al olvidarse la gente de abrochar manualmente la correa abdominal, el cuerpo se deslizaba por debajo en caso de impacto (el efecto submarino) y la tira del pecho se convertía en una soga que provocaba gravísimas lesiones en el cuello y la tráquea. La columna de dirección rígida: Hasta bien entrados los años sesenta, la columna de dirección era una barra de acero maciza que conectaba directamente el volante con la caja de dirección, situada muy cerca del paragolpes delantero. En un choque frontal, la caja era empujada hacia atrás y la barra de metal no tenía hacia dónde ir salvo hacia el habitáculo. El volante se transformaba literalmente en una lanza que empalaba el pecho del conductor antes de que este pudiera siquiera golpearse contra el salpicadero. Este peligro desapareció con las columnas colapsables que se deforman como un fuelle. El airbag de primera generación: Cuando comenzaron a generalizarse a principios de los noventa, los airbags eran sistemas muy poco refinados. Se diseñaron pensando en un hombre adulto de 80 kilos que no llevaba puesto el cinturón de seguridad. La carga explosiva era tan brutal y violenta que, en personas de baja estatura, niños o ancianos, el despliegue causaba fracturas de cráneo, ceguera y muertes por impacto directo. Hoy en día, los airbags son inteligentes y saltan con diferentes etapas de potencia según el peso y la posición. Cristal de parabrisas templado: Antiguamente, los parabrisas utilizaban vidrio templado, igual que las ventanillas laterales actuales. Al recibir el impacto de una piedra, el cristal estallaba en miles de trozos pequeños. Aunque se consideraba seguro porque no cortaba como cuchillos largos, provocaba una "lluvia de diamantes" de cristal que salía proyectada hacia los ojos de los ocupantes y volvía el parabrisas opaco al instante, dejando al conductor completamente ciego a gran velocidad. El problema se resolvió con el cristal laminado actual. El coche de acero indestructible: Durante décadas existió la falsa filosofía de diseño de que cuanto más duro fuera un coche, más seguro era. Modelos que presumían de ser tan rígidos que apenas sufrían daños en un accidente obviaban por completo las leyes de la física. Al no absorber el coche el impacto deformándose, toda la fuerza pasaba de golpe a los ocupantes, provocando muertes por rotura de aorta o lesiones cerebrales internas en vehículos que apenas tenían un rasguño en el paragolpes. Frenos de tambor: Estándar durante mucho tiempo incluso en vehículos pesados y potentes, sufrían enormemente con el calor. En bajadas prolongadas o tras frenadas consecutivas, el tambor se calentaba tanto que se expandía y se alejaba de las zapatas, dando lugar al peligroso fenómeno del "fading". El conductor pisaba el pedal a fondo y el coche simplemente no se detenía. Neumáticos con cámara: Un pinchazo en este tipo de neumáticos antiguos significaba que el aire se escapaba de golpe por el hueco de la válvula, provocando un reventón explosivo y una pérdida de control inmediata a altas velocidades, a diferencia de los neumáticos sin cámara actuales que pierden presión de forma gradual. En conclusión, aprender de estos fallos catastróficos ha sido vital para el desarrollo de la tecnología moderna. Hoy disfrutamos de vehículos seguros porque la ingeniería primero tuvo que comprender, a base de duros errores, por qué se ponían en riesgo las vidas en la carretera.

Ayer15 min
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La OBSESIÓN por la AERODINÁMICA: ¡El muro invisible!

¿Por qué los coches modernos se parecen cada vez más entre sí? ¿Se han quedado sin ideas los diseñadores o existe una razón técnica detrás de esas siluetas redondeadas, parabrisas inclinados y líneas cada vez más suaves? En este vídeo exploramos uno de los factores más importantes, y a la vez más desconocidos, de la ingeniería del automóvil: la aerodinámica. Una disciplina que lleva más de un siglo condicionando el diseño de los vehículos y que hoy, gracias a la llegada masiva del coche eléctrico, ha recuperado un protagonismo absoluto. Todos los automóviles, desde los primeros carruajes motorizados hasta los modelos más avanzados de la actualidad, tienen un enemigo común: el aire. A velocidades bajas apenas supone un problema, pero a medida que aumenta la velocidad, la resistencia aerodinámica se convierte en la principal fuerza que limita las prestaciones, el consumo y la eficiencia. Por eso hablamos del famoso coeficiente aerodinámico o Cx, una cifra que aparece constantemente en las fichas técnicas de los automóviles. Sin embargo, también explicamos por qué el Cx por sí solo puede resultar engañoso. A lo largo del vídeo recorremos la fascinante historia de la aerodinámica aplicada al automóvil, una historia llena de ingenieros visionarios, soluciones revolucionarias y vehículos que se adelantaron décadas a su tiempo. Conoceremos a pioneros como Camille Jenatzy, que a finales del siglo XIX ya utilizó formas inspiradas en los torpedos para superar la barrera de los 100 km/h con un vehículo eléctrico. Otro de los grandes protagonistas es Paul Jaray, procedente del mundo de los dirigibles Zeppelin, cuya comprensión del flujo del aire transformó para siempre el diseño de los automóviles. Gracias a sus estudios se entendió que tan importante como la forma del frontal es la manera en que el aire abandona la parte trasera del vehículo. La historia continúa con marcas tan especiales como Tatra, cuyos modelos de los años treinta demostraron que la eficiencia aerodinámica podía combinarse con elevadas prestaciones mucho antes de que el resto de la industria comprendiera su importancia. Aquellos vehículos checos no solo eran rápidos y futuristas, sino que también pusieron de manifiesto las ventajas y los riesgos de algunas configuraciones técnicas extremadamente avanzadas para la época. También dedicamos una parte importante del vídeo a la influencia de la aerodinámica en algunos de los automóviles más emblemáticos de la historia europea. Desde el revolucionario Citroën DS hasta el Citroën CX, cuyo propio nombre rendía homenaje al coeficiente aerodinámico, descubrimos cómo la búsqueda de la eficiencia fue moldeando el diseño de algunas de las berlinas más innovadoras jamás construidas. Llegamos después a los años ochenta, una década en la que el túnel de viento se convirtió en una herramienta fundamental para todos los fabricantes. Modelos como el Audi 100, el Mercedes-Benz W124 o el Opel Calibra protagonizaron una auténtica carrera tecnológica para reducir la resistencia al aire y mejorar consumos, prestaciones y confort de marcha. Además, explicamos uno de los conceptos más interesantes de la aerodinámica automovilística: el efecto Kamm o Kammback. Una solución que permite obtener muchas de las ventajas de una carrocería extremadamente aerodinámica sin necesidad de construir vehículos excesivamente largos, y que ha influido en modelos tan conocidos como el Toyota Prius o el Honda Insight. La física también nos deja algunas sorpresas. En el vídeo descubrimos por qué un monoplaza de Fórmula 1 puede tener una aerodinámica aparentemente peor que la de muchos coches de calle si únicamente analizamos el coeficiente de resistencia. Por supuesto, analizamos el enorme impacto que ha tenido la electrificación en esta materia. Durante años, la popularidad de los SUV y el bajo coste relativo de los combustibles redujeron la importancia de la eficiencia aerodinámica para muchos compradores. Cuando la autonomía depende directamente de cada kilovatio-hora almacenado en una batería pesada y costosa, reducir la resistencia al aire se convierte en una prioridad absoluta. También repasamos los principales enemigos de la eficiencia: las barras de techo, los bajos sin carenar, los espejos retrovisores convencionales, los pasos de rueda, las necesidades de refrigeración y la separación incorrecta del flujo de aire. Pequeños detalles que pueden marcar diferencias muy importantes en consumo y autonomía.

14 de jul de 202620 min
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¿Van a DESAPARECER los SUV? ¡SÍ!

Hace apenas unos años esta pregunta habría parecido absurda. Los SUV han conquistado el mercado mundial hasta convertirse en el tipo de automóvil preferido por millones de conductores. Han desplazado a las berlinas, han reducido la presencia de los monovolúmenes y han transformado por completo la oferta de los fabricantes. Sin embargo, lo que hoy parece una tendencia imparable podría estar acercándose a un punto de inflexión. En este vídeo analizamos las razones por las que el reinado de los SUV podría entrar en declive durante los próximos años. No hablamos de una desaparición inmediata ni de una prohibición generalizada, sino de un cambio profundo en las condiciones técnicas, económicas y regulatorias que han favorecido su éxito durante las últimas dos décadas. La llegada masiva del coche eléctrico está alterando muchas de las reglas tradicionales de la industria. En un vehículo de combustión, la aerodinámica siempre ha sido importante, pero la baja eficiencia del motor ocultaba parte de sus efectos. En cambio, en un coche eléctrico la resistencia al aire se convierte en uno de los factores más determinantes para la autonomía. Y aquí los SUV parten con una clara desventaja: son más altos, tienen una mayor superficie frontal y suelen presentar peores coeficientes aerodinámicos que las berlinas o los familiares tradicionales. Esta realidad obliga a los fabricantes a compensar esa ineficiencia instalando baterías cada vez más grandes. Pero las baterías son caras, pesadas y complejas de fabricar. El resultado es un círculo vicioso donde más peso exige más batería y más batería incrementa todavía más el peso del vehículo. Una solución que puede funcionar en el segmento premium, pero que resulta mucho más difícil de sostener cuando se busca ofrecer vehículos eléctricos asequibles para el gran público. A este problema se suma la creciente presión de las ciudades. Cada vez más administraciones están cuestionando el impacto que tienen los vehículos de gran tamaño sobre el espacio público. Las plazas de aparcamiento, las calles y muchas infraestructuras urbanas fueron diseñadas para automóviles considerablemente más pequeños que los actuales. La consecuencia es una convivencia cada vez más complicada entre coches que no dejan de crecer y ciudades que mantienen las mismas dimensiones de siempre. También analizamos el debate sobre la seguridad. Aunque muchos conductores perciben los SUV como vehículos más seguros para sus ocupantes, numerosos estudios han puesto el foco en los riesgos que presentan para peatones y usuarios vulnerables. La altura de los frontales, los ángulos muertos y las características de los impactos están provocando que organismos de seguridad y reguladores revisen sus criterios de evaluación para los próximos años. Otro aspecto fundamental es el endurecimiento constante de las normativas medioambientales. Los fabricantes deben reducir las emisiones medias de toda su gama y los vehículos más pesados y menos eficientes complican enormemente el cumplimiento de esos objetivos. Esto podría hacer que determinados modelos dejen de ser rentables debido a las penalizaciones económicas asociadas a sus emisiones y consumos. Más allá de la tecnología y la legislación, existe además un cambio cultural que no debe subestimarse. Igual que ocurrió con otras tendencias del pasado, algunos sectores de la sociedad comienzan a cuestionar la lógica de utilizar vehículos cada vez más grandes para desplazamientos cotidianos en entornos urbanos. La imagen del SUV como símbolo de éxito o estatus podría estar perdiendo fuerza frente a una nueva valoración de la eficiencia, la racionalidad y el aprovechamiento del espacio. El contexto económico también juega un papel importante. Con el aumento del coste de vida, la inflación y unos precios de los automóviles cada vez más elevados, muchos compradores empiezan a analizar con más detalle qué reciben realmente a cambio del sobreprecio asociado a un SUV. Cuando se comparan consumos, espacio útil, comportamiento dinámico y costes de utilización, las diferencias no siempre justifican el desembolso adicional. Por eso estamos viendo un renovado interés por formatos que parecían condenados al olvido. Las berlinas modernas y los vehículos familiares ofrecen en muchos casos una mejor eficiencia, una autonomía superior en versiones eléctricas, un comportamiento más refinado y una capacidad de carga comparable a la de muchos SUV medianos. Lo que durante años fue considerado anticuado podría convertirse de nuevo en una alternativa muy atractiva.

12 de jul de 202619 min
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Eficiencia ELÉCTRICOS vs TÉRMICOS: Lo que no te cuentan

¿Es verdaderamente el coche eléctrico el futuro indiscutible de la automoción gracias a su eficiencia, o nos están contando solo una versión cuidadosamente recortada de la historia? Durante años, nos han repetido sin cesar un discurso oficial y casi dogmático, tanto los "electrofans" como ciertos sectores de la industria: el motor eléctrico es una obra cumbre de la ingeniería capaz de alcanzar un espectacular noventa por ciento de eficiencia en su funcionamiento. Por el contrario, nos pintan al motor de gasolina o diésel como a un “dinosaurio” tecnológico, una reliquia humeante del pasado que apenas es capaz de aprovechar el treinta por ciento de la energía que consume. Hay que ver la vida con otros ojos y buscar puntos de vista diferentes para entender toda la verdad. Para descubrir qué tecnología es verdaderamente más eficiente en el mundo real, debemos aplicar sin trampas lo que los ingenieros denominamos el análisis "Well-to-Wheel", es decir, evaluar absolutamente todo el proceso energético desde el pozo de extracción hasta que la rueda pisa el asfalto. Porque la energía, por mucho que nos guste simplificar la realidad, no nace mágicamente al enchufar un cable en la pared de nuestro garaje ni al descolgar la pesada manguera en el surtidor de la estación de servicio. En la física aplicada al automóvil, esos temidos impuestos se pagan sistemáticamente en forma de calor desperdiciado. Cuando analizamos de forma fría esta cadena completa, el panorama idílico cambia por completo. Por el lado de los motores térmicos, nos encontramos con el fascinante “milagro líquido”. El petróleo no es otra cosa que pura energía solar que la naturaleza ha ido concentrando, empaquetando y "envasando" pacientemente a lo largo de millones de años de historia geológica. Su densidad energética es, hoy por hoy, un dato aplastante e imbatible que ningún laboratorio humano ha logrado replicar de manera viable. Hablamos de que un solo kilo de gasolina o de gasóleo es capaz de almacenar más de doce mil vatios-hora de energía latente. Haz la cuenta de este brutal abismo técnico: el combustible líquido es unas cincuenta veces más denso energéticamente. Gracias a esta maravilla de la química, con un pequeño depósito de apenas cincuenta kilos de peso —el equivalente exacto a esa pequeña maleta de mano que subes a la cabina del avión— puedes recorrer plácidamente entre ochocientos y mil kilómetros por autopista. Para intentar siquiera igualar esa misma hazaña con electricidad pura, estarías completamente obligado a montar en el chasis una gigantesca batería de setecientos kilos. A esto hay que sumarle una logística de transporte abrumadoramente eficiente. Por supuesto, toda esta tremenda perfección logística se desmorona de golpe cuando el líquido llega a los inyectores. El motor térmico, trabajando bajo sus inevitables límites, rompe la eficiencia. El propulsor de gasolina, bajo el ciclo Otto, aprovecha apenas dos euros y medio de cada diez que pagas, tirando todo el resto por el tubo de escape o el radiador. El diésel, trabajando por una mayor relación de compresión, mejora notablemente la jugada aprovechando cerca de cuatro euros de cada diez. Es un derroche mecánico, sí, pero su sistema de almacenamiento es tan absurdamente ligero que hemos podido permitirnos ignorar este lujo durante un siglo. Y ahora pongamos bajo la lupa al aspirante al trono. Mecánicamente, el coche eléctrico es una joya indiscutible. Sin pistones ni explosiones violentas, su motor convierte el noventa por ciento de la energía que recibe en movimiento. Si la carrera fuera solo dentro del capó, aplastaría sin piedad a los motores térmicos. Pero la electricidad sufre del "embudo invisible" de la red eléctrica. La corriente viaja por kilómetros de cables, pagando su peaje en forma de Efecto Joule. Desde la central hasta tu cargador, pierdes cerca del veinte por ciento de la energía. Los electrones, a diferencia de la gasolina, sí se pierden por el camino. Además, el eléctrico sufre la penalización del peso: debe vencer la inercia de cargar con media tonelada extra en cada semáforo y cuesta, destrozando su ventaja en eficiencia dinámica. El veredicto final de los números es claro. Para recorrer cien kilómetros, un gasolina requiere extraer sesenta y dos kilovatios-hora de la naturaleza; un diésel moderno exige cincuenta y dos; y un eléctrico puro se planta en cuarenta y ocho. El eléctrico gana, pero la diferencia real frente a un buen diésel es solo un margen estrecho, no el abismo prometido. Sumando a esto el tiempo de repostaje —tres minutos frente a largas recargas— la conclusión es que no hay una solución única. El eléctrico brilla en la ciudad, el diésel domina en las largas distancias por su eficiencia bruta, y la gasolina mantiene su indiscutible refinamiento.

9 de jul de 202615 min
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BMW Serie 7, JAGUAR XJ12 y MERCEDES Clase S, V12 a tu alcance

¿Es posible cumplir el sueño de tener un motor V12, cientos de caballos de potencia y un lujo digno de un jefe de estado por el precio de un utilitario de segunda mano? En este vídeo nos sumergimos en la época dorada de las grandes berlinas de los años noventa para analizar a fondo tres leyendas que han perdido mucho valor en el mercado, pero absolutamente nada de su pedigrí: el BMW Serie 7, el Jaguar XJ12 y el Mercedes-Benz Clase S. A mediados de los ochenta y durante toda la década de los noventa, el mundo del automóvil vivió una contienda tecnológica fascinante. En las altas esferas de las marcas premium decidieron que para buscar la excelencia absoluta un motor V8 ya no era suficiente. Hacía falta más refinamiento, más suavidad y el equilibrio perfecto que solo otorgan doce cilindros en V. Esta feroz rivalidad nos dejó escaparates tecnológicos impresionantes que hoy, por caprichos de la depreciación, se pueden encontrar por una fracción de su valor original. Pero atención: aunque el precio de compra sea asequible, el mantenimiento de sus complejas mecánicas sigue siendo el de un buque insignia. BMW Serie 7 (E38) 750i: El atleta con traje a medida Lanzado al mercado en 1994, el E38 luce unas proporciones perfectas. Su estampa era tan elegante que fue el coche elegido para el James Bond de Pierce Brosnan en "El mañana nunca muere" y fue el primer automóvil europeo en ofrecer navegación GPS integrada de fábrica. Bajo el capó esconde el motor M73 de 5.4 litros y 326 CV, una mecánica sedosa con soluciones increíbles, como sus bielas de fractura, partidas mediante un impacto hidráulico controlado para lograr un encaje milimétrico alrededor del cigüeñal. En marcha es, con diferencia, la berlina que más invita a ser conducida por el propio dueño gracias a una dirección precisa y un chasis que esconde de forma magistral sus más de dos toneladas. Puntos débiles a revisar: Pérdida de píxeles en las pantallas del habitáculo, fugas de aceite en las juntas de las tapas de balancines, fatiga en el vaso de expansión de plástico del sistema de refrigeración y desgaste en los silentblocks de la suspensión delantera debido al peso del motor. Jaguar XJ12 (X305): El aristócrata de salón inglés En 1994, Jaguar recuperó sus líneas curvas clásicas y los cuatro faros redondos con la generación X300. La exclusiva versión de doce cilindros recibió el código X305. Este V12 de 6 litros y 318 CV es la evolución final de la arquitectura que propulsó al icónico E-Type y que ganó en Le Mans. El habitáculo es una experiencia sensorial pura que huele a cuero Connolly auténtico y madera de nogal, ofreciendo un rodar celestial y una ausencia de vibraciones casi irreal. Puntos débiles a revisar: Posibles focos de corrosión en pasos de rueda y bajos, un vano motor extremadamente congestionado que complica cualquier mantenimiento, degradación de las bobinas de encendido por el calor acumulado y la absoluta necesidad de mantener el sistema de refrigeración al día para no deformar las culatas de aluminio. Mercedes-Benz Clase S (W140) S600: El acorazado indestructible El W140 es un vehículo gigante, imponente y brutalista. Mercedes-Benz retrasó años su desarrollo e invirtió miles de millones de marcos para asegurarse de crear, de forma indiscutible, el mejor automóvil del mundo y humillar a BMW. Su majestuoso motor V12 de 6 litros llegó a declarar hasta 408 CV. Conducir este coche es como viajar en una cápsula de aislamiento absoluto gracias a sus pesadísimos cristales de doble hoja y a sistemas como el cierre asistido neumático de las puertas. Un auténtico búnker diseñado para devorar kilómetros en autopista. Puntos débiles a revisar: El célebre cableado ecológico cuyo aislante se deshace con los años, fallos en el evaporador del climatizador (que exige desmontar todo el salpicadero para cambiarlo), desgaste prematuro de frenos y rótulas por su masa descomunal, y fugas en la laberíntica red de tubos de vacío del sistema neumático. Conclusión Los motores V12 de los años noventa representan la cúspide romántica de la ingeniería, una era irrepetible donde las marcas no escatimaban en gastos para demostrar su supremacía tecnológica. Hoy su adquisición es asequible, pero demandan compradores muy conscientes del coste de su mantenimiento.

7 de jul de 202623 min