Juana de Arco y Caperucita roja: hogueras en la Máquina
Hay un momento en que el mundo deja de ser nuestro, y el objeto que elegimos para protegernos es el que le indica al monstruo por dónde empezar a morder, un lugar dónde el camino se dobla y el lobo y el tribunal empiezan a compartir la misma piel.
Intentamos entender, de la única forma que sabemos, la anatomía de la traición, la ingeniería de dos defensas diseñadas para fallar: el acero que no pudo detener el fuego y la lana que no pudo ocultar la sangre.
Un recorrido por la génesis del barro, el vértigo de la carrera y el silencio final de quien descubre que el refugio era, en realidad, la primera pieza de la condena.
Este capítulo era necesario porque la Máquina no ha cambiado de método, solo ha perfeccionado la tecnología.
Hoy las hogueras son digitales y el tribunal es una fiera que no descansa.
Es urgente hablar de esto porque vivimos el apogeo de las "fuerzas de la verdad", ese fanatismo ciego que necesita quemar a alguien en cualquier plaza pública para confirmar su propia existencia. Ya no importa el barro de Domrémy ni la espesura del bosque; ahora la condena es mediática, y la muerte de inocentes a manos de los nuevos voceros de dios, instantánea e inapelable.
Y lo sabemos bien porque nosotros fuimos testigos y vimos cómo la mentira se viste de justicia y como el miedo de perdernos en un bosque oscuro nos empuja a entregar a otros para salvarnos.
Miramos con horror como la jauría decide quién es el enemigo, la armadura solo sirve para que el fuego se transmita mejor y la capa solo ayuda a que te encuentren más rápido en la multitud.
En un presente de guerras santas y cancelaciones feroces, este capítulo es nuestra forma de intentar que no se repita ese momento en que los jueces se vuelven lobos de una humanidad brutal que, en nombre de la luz, sigue alimentando la misma sombra de siempre.
La capa y la armadura tal vez nos están diciendo que es tiempo de empezar a apagar las hogueras.