Las hijas de Felipe
“Señor mío de mi alma, bien creeréis os merezco tengáis tanta memoria de mí, pues yo no hablo ni pienso en otra cosa que en vos y en lo que haréis y así muy fácilmente podéis adivinar lo que hago”. ¿Quién iba a imaginar que, detrás de esos coloretillos, de esas cejas absolutamente divinas, de esos ojitos enormes color miel que despliega la infanta Catalina Micaela en el retrato que le pintó Sánchez Coello en 1584 se escondía, en realidad, la veinteañera más intensa, apasionada, celosilla y demandante del siglo XVI? Con ánimo de paliar los estragos de la resaca de impudicia de nuestro último episodio, nos lanzamos a exhibir los pudores epistolares de otras: sumergidas en las 1804 (MIL OCHOCIENTAS CUATRO) cartas que Catalina le envió a su maridito, Carlos Manuel I de Saboya, os descubrimos todas las intimidades de este joven matrimonio heterosexual. Regalos extravagantes (papagayos! ponies! reliquias de san Vitor!), retorcidos chantajes emocionales, una puesta en práctica temprano moderna del manifiesto contrasexual de Paul B. Preciado, la NRE (new relationship energy) que todas ansiamos y mucha, muchísima fogosidad avivada por el revuelo hormonal de la veintena. Si no puedes vivir ni un segundo más sin saber qué instrucciones le daba naughty naughty Catalina a su maridito para que la “tomara por sobresalto” en mitad de la noche, dadle corriendo a play.
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