El Comentario del Día
LUNESVIII TIEMPO ORDINARIO. SANTA MARÍA, MADRE LA IGLESIA sanMarcos 10, 17-27 El“buenísimo” Hace añosera frecuente escuchar la siguiente expresión (casi siempre en tono simpático):“Todo el mundo es bueno”. Era casi como una jaculatoria que no pretendía otracosa, sino mostrar la bondad del ser humano. Significaba tener conciencia deque, sin ser perfectos, siempre hay un fondo de ingenuidad e indulgencia entodo hombre, lo que le capacita para obrar con una cierta rectitud y honradez.Sin embargo, esa predisposición de antiguo parece que ha dado ahora lugar a unacierta sospecha acerca del comportamiento de los demás. Hay algo en el ambienteque parece desvirtuar esos buenos sentimientos. A ese “algo” se le denomina:mentira. “La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguardaa manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáisque sufrir un poco, en pruebas diversas”. ¿Cuál es el motivo?: que hemos dado,una vez más la espalda a Dios. Cuando elapóstol san Pedro nos dice que es Dios, con su fuerza, el que nos protege, nolo está diciendo en un sentido metafórico, sino que es algo que pertenece a lomás íntimo de cada uno. Ninguna protección humana (un ideario político, ungobierno, un ejército... ni siquiera el amor de unos esposos o unos padres)puede igualarse con el amparo de Dios, porque radica en lo más hondo de nuestroser para garantizar nuestra propia existencia. ¡Esta es la raíz de la bondad deDios!, que se identifica con la única verdad posible. Lo demás (no nos llamemosa engaño) es producto de unos deseos efímeros, de unas ilusiones incumplidas...del lado de la mentira que, en tantas ocasiones, nos acompaña. “Nohabéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y osalegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta devuestra fe: vuestra propia salvación”. Unida a la verdad se encuentra la fe.Nada tiene que ver esa confianza con entregarse a un oscuro destino, si no,Dios no se hubiera encarnado. La fe que se nos pide se fundamenta en la vidareal de Cristo en cada uno de nosotros, vida que va más allá de lo que se puedepercibir con la vista o los sentidos, se trata de algo más radical: ¡Dios sehace alimento en cada Eucaristía! Lo comemos, materialmente hablando, y el almase transforma en morada Suya. “¿Por quéme llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios”. Un joven que es ganado porel amor de Cristo resulta incapaz de corresponder al ofrecimiento de dar suvida para ganar la eternidad en ese preciso instante. ¿Cuántas veces hemostenido esa oportunidad? Ese amigo que te habló un día de Dios, esa madre que teenseño a rezar cuando eras niño, esa iglesia con la que te topaste y entrasteen ella por curiosidad, esa muerte que tanto te impactó y te preguntaste: “¿porqué él (o ella), y no yo?” ... Sí, detrás de cada uno de esos acontecimientosse esconde la bondad de Dios en todo su esplendor, pero ¡andamos tan a lonuestro!, que, en vez de encontramos con el rostro amable de Jesús (como eljoven rico del Evangelio) nos encontramos con el nuestro propio que no lo estanto.... ¡cuánto nos cuesta aceptarnos, y aceptarle a Él! Miramos a María, nuestra Madre. Ellacontemplaba en su regazo a ese Hijo, y reconoció lo bueno que es Dios. LaVirgen nos llevará por caminos de verdad para extender el bien por todo elmundo.
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