unaVidaReformada
Cuando confiesas «Creo en Dios Padre Todopoderoso», no lo hagas como si se tratase de una fría definición enciclopédica acerca de Dios, sino rindiendo tu corazón al decreto soberano y minuciosamente amoroso de Aquel que sostiene el cosmos y cuenta cada cabello de tu cabeza - es decir, con asombro, devoción y confianza - El poder de Dios jamás se divorcia de Su paternidad; Su providencia no es el engranaje mecánico de una maquinaria impersonal o un destino ciego, sino la mano activa, tierna y gobernante de tu Padre celestial. Él despliega Su infinito poder no para abrumar tu fragilidad, sino para constituirse en tu refugio inquebrantable; de modo que ni la escasez ni la abundancia, ni la salud ni la enfermedad, ocurren por azar, sino que llegan a ti como bendiciones de Su mano paternal. Al estar firmemente injertado en Cristo por el Espíritu Santo, la omnipotencia divina deja de ser una amenaza judicial y se convierte en tu mayor consuelo: la certeza absoluta de que el Dios que levanta imperios es el mismo que hoy provee tu pan, sostiene tu fe en el sufrimiento y hace cooperar cada fragmento de tu vida para tu eterna salvación. Creer en el Todopoderoso es, en última instancia, el reposo definitivo del alma que sabe que el Rey del universo es, por gracia, su Padre.
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