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Historia y religión
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Acerca de unaVidaReformada
mirando la vida desde la perspectiva de Dios
Lo que tú necesitas (realmente)
La gente recorre la vida con una palabra en los labios: “necesito”. Necesito estabilidad. Necesito afecto. Necesito seguridad. Necesito un cambio, una oportunidad, una respuesta. Y en esa búsqueda se visitan muchos lugares: proyectos nuevos, relaciones nuevas, promesas nuevas. Se prueba aquí, se insiste allá, como si la siguiente puerta escondiera por fin la pieza que falta. Pero la raíz del clamor no apunta a una cosa sino a una Persona. El alma no fue diseñada para satisfacerse con objetos, logros o experiencias; fue creada para Cristo. Por eso la inquietud persiste mientras Él esté ausente. La necesidad más profunda del ser humano no es algo que pueda adquirirse, sino Alguien que debe ser recibido. “Mas vosotros estáis completos en él” (Col. 2:10). Cuando Cristo ocupa su lugar, el corazón descubre que aquello que tanto buscaba no era una mejora en las circunstancias, sino la presencia del Señor mismo. El hombre pasa la vida buscando plenitud. Persigue descanso para su alma como un viajero sediento en tierra seca. Sin embargo, muchos terminan la jornada con las manos llenas y el alma vacía. La vida piadosa no consiste en acumular experiencias religiosas ni en pulir una moral respetable. La vida piadosa es otra cosa: es la búsqueda deliberada de plenitud en Cristo. No un Cristo ornamental, añadido a la vida como quien coloca un cuadro en la pared. Sino Cristo mismo como tesoro, sustancia y suficiencia. Cuando el alma descubre esa plenitud, la escala de valores cambia. Lo que antes parecía ganancia se revela como pérdida; lo que parecía imprescindible resulta prescindible. El corazón aprende a decir con sobriedad: todo lo demás puede irse si Cristo permanece.
La conducta importa
Vivimos en una época que sospecha de la santidad y celebra la ligereza moral. El espíritu del siglo dice: “cree lo que quieras, pero no cambies cómo vives”. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo jamás separa la gracia que salva de la santidad que transforma. Donde Cristo redime, también reforma. Donde justifica, también santifica. El apóstol Pablo lo declara con claridad luminosa: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11–12) - Obsérvese bien: la gracia no solo perdona, también enseña. No solo nos libra de la culpa del pecado; también nos entrena para abandonar su dominio. De modo que, aunque la salvación es por gracia, por medio de la fe en Jesucristo, LA OBRA DE CRISTO consiste no solo en nuestra EXPIACIÓN (por Su sacrificio sustitutorio), sino también nuestra SANTIFICACIÓN (por su Santo Espíritu). Una conducta sobria, justa y PIADOSA, no son la causa, ni el mérito, ni el medio de nuestra redención, pero sí la EVIDENCIA Y EFECTO de la obra redentora de Cristo - un cristiano que promueve, alberga y disfruta el pecado es una contradicción. Un cristiano que no se está ejercitando en la santidad es una incongruencia. Es que la vida cristiana no es una cómoda hamaca espiritual donde uno se recuesta diciendo “soy salvo”. Es más bien un campo de entrenamiento de santidad, es una carrera, es una batalla - donde el Espíritu trabaja pacientemente en nosotros. Pablo lo describe así: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer.” (Filipenses 2:12–13) Entonces sí, la conducta importa - No porque queramos ganar la salvación —Cristo ya lo hizo sacrificial y perfectamente— sino porque la vida nueva inevitablemente produce frutos nuevos.
Duro con ella
La Escritura no habla de rehabilitar el pecado, sino de crucificarlo. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). El viejo puritano John Owen lo expresó con su famosa advertencia: “O estás matando al pecado, o el pecado te está matando” No existe una tregua duradera entre el creyente y la impiedad. Uno de los dos morirá. Y la gracia de Dios no nos llama a una guerra tibia. Nos llama a una guerra decidida. Nuestra naturaleza caída siempre intenta suavizar el juicio contra la impiedad. Nos decimos: “no es tan grave”, “todos luchan con esto”, “Dios entiende”. Sí, Dios entiende… y precisamente por eso envió a su Hijo a morir por el pecado. La cruz de Jesucristo es la evidencia de que Dios no considera el pecado un asunto menor. Si el pecado pudiera ser tolerado, el Calvario habría sido innecesario. Pero la sangre derramada en la cruz declara algo con una claridad que atraviesa los siglos: el pecado debe morir. La palabra “renunciar” en Tito tiene el sentido de rechazar públicamente, repudiar, dar la espalda. No es simplemente sentir culpa. Es romper alianza. La impiedad no puede seguir viviendo como huésped en el corazón redimido. Donde reina Cristo, el pecado no puede ser tratado como amigo. Cristo no justifica a nadie a quien no santifique al mismo tiempo. La misma gracia que nos perdona es la gracia que nos entrena para una vida de santidad. UNA VIDA DIFERENTE Cuando la gracia hace su obra, algo cambia profundamente en el creyente. Comenzamos a odiar lo que antes amábamos. Y comenzamos a amar lo que antes despreciábamos. Lo que antes parecía libertad ahora nos parece esclavitud. Y lo que antes parecía restricción ahora se revela como verdadera vida. El cristiano aprende a vivir: sobriamente, apartado del vicio y gobernado por el Espíritu de Dios – justamente; con una conciencia limpia y una conducta íntegra – y piadosamente, con su corazón orientado a Dios en adoración y sumisión. Y todo esto, no porque sea perfecto, sino porque la gracia lo está formando. DECLAREMOS LA GUERRA A LA IMPIEDAD La gracia de Dios no vino a hacer las paces con la impiedad. Vino a destronarla. Por eso debemos ser firmes. Sin sentimentalismos espirituales. El pecado no es una mascota. Es un asesino. Por tanto, seamos duros con ella. A la impiedad no se le da asiento en la mesa. No se le concede refugio en el corazón. No se le permite crecer en silencio. Se la combate. Se la expulsa. Se la hace morir. Y en su lugar florece la vida nueva que la gracia produce: una vida sobria, justa y piadosa, mientras esperamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador (Tito 2:13).
La risa de los IMPÍOS
“El hacer maldad es como una diversión al insensato” (Proverbios 10:23). PERO: “La risa del necio es como el crepitar de los espinos debajo de la olla” (Eclesiastés 7:6). Así vive el impío; mucho ruido, mucha fiesta, pero pronto acabará en ceniza. La Escritura nos obliga a mirar con sobriedad aquello que el mundo celebra con carcajadas. Hay una risa que alegra el corazón limpio, como la de los redimidos que conocen la gracia de Dios. Pero hay otra risa —estridente, vulgar y oscura— que nace del corazón impío. Es la risa del pecador que no teme a Dios. La impiedad es el deleite en el mal. Es cuando el pecado deja de ser una vergüenza y se convierte en entretenimiento y estilo de vida - La risa de los impíos se alimenta de perversión y necedad - es la carcajada de quienes obran injustamente, es la diversión de quienes se creen impunes; es recreación en la tranza y el agravio, es el deleite en lo profano y lo vil - es una risa altiva y cínica; haciendo alarde de indecencia, lujuria, anarquía y libertinaje - es alegría en la maldad, la violencia y el engaño - es gozo en el vicio y complacencia en la malicia... una risa macabra, diabólica y demente. El profeta habló de esta condición con terrible claridad: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). Donde el pecado se convierte en chiste, la conciencia ya ha sido cauterizada. Sin embargo, la Escritura no se impresiona por el estruendo de esa risa. El sabio dice que es como el crepitar de espinos bajo la olla (Eclesiastés 7:6). Los espinos arden rápido. Hacen ruido, saltan chispas, iluminan por un momento… pero no producen calor duradero. En pocos instantes se consumen. Así es la alegría del impío. Su risa es fuerte, pero corta. Brilla un instante, pero pronto se extingue - el pecador ríe hoy porque no ha visto aún las consecuencias de su extravío. Por eso la Escritura no nos invita a domesticar el pecado, sino a matarlo. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). La impiedad debe morir en nosotros. No se negocia con ella. No se le concede un rincón respetable en el corazón. Debe ser crucificada. Esto implica examinar nuestras alegrías. ¿De qué nos reímos? ¿Qué cosas nos entretienen? ¿Qué pecados celebran nuestras conversaciones? ¿Qué vicios hemos normalizado? ¿Qué pecados hemos tolerado y albergado? Un corazón regenerado aprende a odiar aquello que antes celebraba. Lo que antes provocaba carcajadas ahora produce vergüenza y arrepentimiento. El evangelio no vino a quitarnos la alegría; vino a purificarla. Hay una risa que no nace del pecado, sino de la gracia. Es la alegría sobria del pecador perdonado, del corazón reconciliado con Dios, del alma que ha encontrado su tesoro en Cristo. El mundo cree que la santidad es tristeza. Pero en realidad ocurre lo contrario: la risa del impío es ruidosa y breve, mientras que el gozo del justo es profundo y eterno. Porque el gozo que viene de Dios no depende de la maldad ni del exceso. Nace de la comunión con el Señor. Así pues, abandonemos la risa del pecado y busquemos la alegría de la santidad. Hagamos morir la impiedad y vivamos en devoción. Porque llegará el día en que toda risa será juzgada. Y bienaventurados serán aquellos cuya alegría estuvo en Dios. “Bienaventurado el hombre que no anduvo en consejo de malos… sino que en la ley del Señor está su delicia” (Salmo 1:1–2).
La niña de mis ojos
He predicado en muchas celebraciones de quince años, y he exhortado a muchas jóvenes a temer y honrar al Señor en sus vidas; pero esta vez, además de ser el predicador, me tocó ser el padre de la quinceañera. Y mientras la miro, recuerdo lo que dice el sabio en Eclesiastés: “vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Ec. 1:2). El tiempo es fugaz; ayer era una niña que cabía en mis brazos, hoy es una joven que va aprendiendo a caminar con sus propias convicciones delante de Dios. Aprovecha la vida —dice el Predicador—, pero no como quien corre tras el viento, sino como quien sabe que cada día es un don del Altísimo (Ec. 12:1). Y recuerda que morirás (Ec. 12:7); no para vivir con temor y fatalismo, sino con santa sabiduría, porque “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Pr. 9:10). Por eso, escuchemos también el clamor del profeta en Isaías: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado” (Is. 55:6). El mundo te dirá que tienes todo el tiempo por delante; la Escritura nos dice que el tiempo está en Sus manos - más que vestidos y flores, te regalo esta súplica: que tu corazón pertenezca a Cristo. Porque la juventud pasa, la hermosura se marchita, pero "los que confían en el Señor permanecen para siempre" - Y los papás no podemos desear mayor bendición, que ver la salvación de nuestros hijos y la bendición de Dios sobre su vida; una vida bien invertida y escondida en Aquel que venció a la muerte y reina por los siglos.
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