unaVidaReformada
El Espíritu Santo habita en la Iglesia. Él es quien reúne lo que el pecado dispersó, santifica lo que Cristo redimió y preserva hasta el fin al pueblo que el Padre escogió. La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por afinidades humanas, sino una creación sobrenatural del Dios trino. Si el Padre la eligió desde antes de la fundación del mundo y el Hijo la compró con su propia sangre, el Espíritu Santo la llama, la congrega, la vivifica y la guarda. Por ello, la Iglesia confiesa desde los primeros siglos ser una, santa y universal. Estas no son aspiraciones piadosas, sino realidades producidas por la obra del Espíritu. La Iglesia es una porque "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu" (Efesios 4:4). Su unidad no nace de estructuras eclesiásticas, consensos políticos ni uniformidad cultural. Procede de la unión vital con Cristo, la Cabeza de la Iglesia. El mismo Espíritu que regeneró a cada creyente los bautizó en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Allí donde el evangelio es fielmente predicado y los sacramentos son administrados conforme a la institución de Cristo, el Espíritu sigue reuniendo a sus elegidos desde toda lengua, tribu y nación. La verdadera unidad no sacrifica la verdad para conservar la paz; preserva la paz porque permanece en la verdad. La Iglesia es santa porque pertenece al Dios tres veces santo. Su santidad no consiste en la impecabilidad de sus miembros, sino en haber sido apartada para Dios mediante la sangre de Cristo y en ser continuamente transformada por la obra santificadora del Espíritu. El Consolador no solo convence de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8), sino que también conforma progresivamente a los redimidos a la imagen del Hijo (2 Corintios 3:18). Una Iglesia sin santidad contradice su confesión; pero una Iglesia que lucha contra el pecado, se arrepiente y persevera manifiesta la fidelidad del Espíritu que no abandona la obra que comenzó. La Iglesia es universal porque el Reino de Cristo no conoce fronteras nacionales, étnicas ni temporales. El Espíritu Santo derribó el muro de separación entre judíos y gentiles y continúa llamando a hombres y mujeres de todos los pueblos para incorporarlos al mismo cuerpo. Esta universalidad también trasciende las generaciones: la Iglesia de hoy no es distinta de la Iglesia apostólica ni está desconectada de los santos que ya descansan en Cristo. Existe un solo pueblo del pacto, una sola fe, un solo Señor y una sola esperanza. Por eso confesamos con gratitud que la Iglesia permanecerá hasta el fin. No porque sea fuerte en sí misma, sino porque el Espíritu Santo es fiel. Él preserva la verdad frente al error, sostiene a los santos en medio de la persecución y levanta continuamente una generación que proclame las virtudes de Aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia (Mateo 16:18), no porque sus miembros sean invencibles, sino porque el Espíritu del Dios vivo mora en ella.
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