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El dragón de papel

22 min · 22 de may de 2026
Portada del episodio El dragón de papel

Descripción

Lina tenía siete años y un secreto que guardaba en el bolsillo de su bata escolar: un cuadrado de papel rojo que llevaba consigo a todas partes. Mientras los demás niños jugaban al fútbol en el recreo o saltaban a la comba, ella se sentaba en un rincón del patio, bajo la sombra del viejo roble, y doblaba figuras. Grullas, ranas, barcos, estrellas. Sus dedos se movían con una rapidez asombrosa para una niña de su edad, como si el papel le susurrara instrucciones que solo ella podía escuchar. El aula de arte era su lugar favorito en todo el colegio. Estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo lleno de dibujos colgados con pinzas de colores. La puerta siempre estaba entornada y por ella se escapaba un olor a pintura fresca y a pegamento que a Lina le parecía el mejor perfume del mundo. Las paredes estaban cubiertas de murales pintados por alumnos de años anteriores: un bosque encantado, un cielo lleno de cometas, un océano con peces de todos los colores imaginables. La profesora de arte se llamaba doña Carmen y tenía el pelo blanco recogido en un moño del que siempre escapaban mechones rebeldes. Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y delantales salpicados de pintura. Doña Carmen fue la primera persona que le enseñó a Lina el arte del origami, una tarde de lluvia en la que no pudieron salir al recreo. Le mostró cómo un simple cuadrado de papel podía convertirse en cualquier cosa si se doblaba con paciencia y cariño. Desde aquel día, Lina no había dejado de plegar. Su habitación en casa estaba llena de figuras de papel que colgaban del techo con hilos invisibles: una bandada de grullas de colores, un móvil de mariposas, una familia de gatos que descansaba sobre su mesilla de noche. Su madre decía, medio en broma medio en serio, que algún día la casa entera estaría hecha de papel. Pero a Lina no le importaba. Cada figura que creaba le parecía un pequeño milagro. Aquella mañana de martes, Lina llegó al colegio con una idea especial en la cabeza. Había encontrado en la biblioteca un libro antiguo de origami japonés, con páginas amarillentas y dibujos delicados, y entre todas las figuras había una que le había robado el aliento: un dragón. No era un dragón cualquiera. Tenía las alas desplegadas, la cola enroscada, las garras extendidas y la boca abierta como si estuviera a punto de lanzar una llamarada. El diagrama era complicadísimo, lleno de pliegues que Lina nunca había intentado, pero algo en su interior le decía que tenía que probarlo. Cuando sonó la campana de la clase de arte, Lina fue la primera en entrar al aula. Se sentó en su sitio de siempre, junto a la ventana que daba al patio, sacó su cuadrado de papel rojo y lo alisó con cuidado sobre la mesa. Respiró hondo, abrió el libro por la página del dragón y comenzó a doblar. Los primeros pliegues fueron sencillos: por la mitad, en diagonal, la base cuadrada que ya conocía de memoria. Pero luego vinieron los pliegues difíciles, los que hacían que el papel crujiera como si protestara. Lina no se rindió. Dobló y desdobló, giró y volvió a girar, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como hacía siempre que se concentraba mucho. Y entonces, cuando hizo el último pliegue, el que levantaba la cabeza del dragón hacia arriba, algo extraordinario sucedió. El papel se calentó bajo sus dedos. Lina parpadeó, creyendo que era su imaginación, pero no: la figurita de papel rojo temblaba sobre la mesa, como un pollito a punto de salir del cascarón. Antes de que pudiera decir nada, el dragón de papel abrió sus ojos diminutos, dos puntos brillantes como rubíes, y estiró sus alas con un crujido suave, como el de una página al pasar.

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48 episodios

Portada del episodio El laberinto de las palabras

El laberinto de las palabras

Hugo odiaba los libros. No porque fuera tonto, aunque a veces la mirada condescendiente de algunos profesores le hacía sentir que lo pensaban, sino porque cada vez que abría uno, las letras empezaban a bailar. La p se convertía en q, la b en d, las palabras se retorcían y cambiaban de forma como serpientes tipográficas que se burlaban de sus esfuerzos. Tenía catorce años, sacaba buenas notas en matemáticas y ciencias, podía desarmar y montar un motor de bicicleta con los ojos cerrados, pero leer un párrafo le costaba más esfuerzo que a la mayoría de sus compañeros leer un capítulo entero. Dislexia, lo llamaban los especialistas. Hugo lo llamaba su maldición personal. Aquella tarde de noviembre, Hugo estaba en la biblioteca de su abuelo Martín, un lugar que normalmente evitaba como la peste. La biblioteca ocupaba toda la planta baja de la vieja casa del abuelo en Toledo, con estanterías de roble que llegaban hasta el techo, escaleras corredizas para acceder a los estantes más altos y un olor a papel viejo y cuero que impregnaba hasta las paredes. El abuelo Martín había sido profesor de literatura en la universidad y poseía una colección de más de diez mil libros, incluidos algunos volúmenes tan antiguos que sus páginas parecían a punto de desintegrarse al tocarlas. Hugo estaba allí porque su madre le había pedido que buscara un libro específico que el abuelo quería: un viejo diccionario enciclopédico del siglo XIX que supuestamente estaba en la estantería del fondo. El abuelo, que a sus ochenta y dos años ya no podía subir escaleras, lo esperaba en el piso de arriba. Hugo recorría los pasillos de libros con desgana, leyendo a duras penas los lomos, cuando algo llamó su atención en el estante más bajo de la última estantería. Era un libro pequeño, encuadernado en un cuero rojo oscuro tan gastado que parecía piel humana, sin título visible en el lomo. Lo sacó del estante y lo abrió. Las páginas estaban escritas en una caligrafía antigua, con una tinta que cambiaba de color según el ángulo desde el que la miraras: negra de frente, dorada de lado, azul desde arriba. Hugo no podía leer el texto, por supuesto; las letras bailaban con más intensidad que nunca, girando y saltando sobre el papel como si estuvieran vivas. Pero entonces ocurrió algo que no le había pasado jamás: las letras se salieron de la página. Literalmente. Una A mayúscula, roja y con patas como las de una araña, trepó por el borde de la página y se posó en su dedo índice. Hugo gritó y soltó el libro, pero fue demasiado tarde. El suelo de la biblioteca desapareció bajo sus pies. O quizás fue Hugo quien desapareció de la biblioteca; nunca estuvo seguro. Lo que sintió fue una caída vertiginosa, como si alguien hubiera abierto una trampilla debajo de él, y un remolino de letras, sílabas y frases completas lo envolvió como un tornado tipográfico. Las palabras le golpeaban la cara, le agarraban la ropa, le susurraban al oído en un idioma que no era exactamente español pero que, de alguna forma, entendía: «Bienvenido al Laberinto. Bienvenido, Hugo. Te estábamos esperando.» Cuando el remolino se detuvo, Hugo se encontró de pie en un lugar imposible. Estaba en un corredor largo y estrecho cuyos muros estaban hechos enteramente de letras: millones de letras apiladas como ladrillos, algunas grandes como su cabeza, otras diminutas como hormigas, todas de colores diferentes y todas ligeramente vibrantes, como si respiraran. El suelo era una alfombra de signos de puntuación: comas, puntos, punto y coma, guiones, todos blandos y mullidos bajo sus pies como arena de playa.

28 de may de 202625 min
Portada del episodio El código secreto de las mariposas

El código secreto de las mariposas

Clara tenía un cuaderno especial. No era un cuaderno de deberes ni un diario. Era su «Cuaderno de Mariposas». Desde que tenía seis años, cada primavera salía al campo con sus lápices de colores y dibujaba todas las mariposas que veía. Apuntaba el tipo, el color, el lugar y la fecha. En cuatro años, había llenado tres cuadernos con más de doscientos dibujos. Pero este año, algo estaba terriblemente mal. Era abril, el mes en que el campo de Valdeverde se llenaba de mariposas. Normalmente, a estas alturas, Clara ya habría visto docenas: monarcas naranjas, macaones amarillos con rayas negras, blanquitas de la col revoloteando por el huerto, y sus favoritas, las vanesas de los cardos, con sus alas pintadas como cuadros abstractos. Este año había visto exactamente cuatro mariposas. Cuatro en todo el mes. —Algo no va bien —le dijo Clara a su madre mientras desayunaban—. No hay mariposas. Casi ninguna. —Será que hace frío todavía, hija. Ya vendrán. —No, mamá. He mirado mis cuadernos. El año pasado, a estas alturas, había visto sesenta y tres. El anterior, cincuenta y ocho. Cuatro no es normal. Algo está pasando. Su madre la miró con una mezcla de orgullo y preocupación. —Clara, a veces la naturaleza tiene sus propios ritmos. No siempre podemos entenderlos. Pero Clara no se conformó con esa respuesta. Después del colegio, cogió su cuaderno y su lupa y fue al prado grande, detrás de la iglesia, donde siempre había más mariposas. El prado estaba lleno de flores como siempre: margaritas, amapolas, tréboles. Pero no había ni una sola mariposa. Clara se agachó y examinó las flores con la lupa. Las flores estaban bien. Tenían polen, tenían néctar. Todo parecía normal. Pero las mariposas no estaban. Entonces notó algo en el suelo, junto a una piedra grande. Era un papel doblado, amarillento y viejo, protegido dentro de una bolsita de plástico transparente para que no se mojara. Alguien lo había dejado ahí a propósito. Clara abrió la bolsita y desdobló el papel. Tenía un mensaje escrito con tinta marrón y letra antigua: «Si las mariposas desaparecen, el jardín se muere. Busca donde el agua cambia de color. Allí empieza la verdad.» Debajo del mensaje había un dibujo: una mariposa con las alas abiertas, y dentro de cada ala, un número. En el ala izquierda: 41. En el ala derecha: 7. —¿Qué significa esto? —murmuró Clara. Miró alrededor. No había nadie. ¿Quién había dejado ese mensaje? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? El papel parecía viejo, pero la bolsita de plástico era nueva. Clara guardó el mensaje en su cuaderno y volvió a casa pensativa. Tenía dos misterios por resolver: ¿adónde habían ido las mariposas? Y ¿quién le estaba dejando mensajes secretos? Esa noche, antes de dormirse, releyó el mensaje. «Busca donde el agua cambia de color.» Conocía todos los arroyos y fuentes de Valdeverde. Ninguno cambiaba de color. ¿O sí? De repente recordó algo. La semana pasada, su amigo Daniel le había dicho que el arroyo de la Cañada, el que pasaba detrás de la fábrica de zumos, «tenía un color raro». Clara no le había hecho caso entonces. Ahora, esas palabras cobraban un significado completamente diferente. Mañana iría al arroyo de la Cañada. Y llevaría su cuaderno, su lupa y muchas preguntas.

26 de may de 202624 min
Portada del episodio El espejo de las vidas alternas

El espejo de las vidas alternas

Rafa pasó por delante de la tienda de antigüedades mil veces antes de entrar. Estaba en la esquina de su calle, entre la panadería y la tintorería, y siempre le había parecido un lugar que pertenecía a otra época: escaparate polvoriento, letrero de madera que decía «Antigüedades El Reflejo» en letras doradas que se descascarillaban, y en el interior, visible a través del cristal sucio, un caos de objetos que parecían sacados de las casas de abuelos de todo el mundo. Entró el día que cumplió catorce años. No por los objetos sino porque llovía y había olvidado el paraguas y la tienda era el refugio más cercano. Una campana oxidada sonó cuando empujó la puerta, y el olor a madera vieja y cera de muebles le llenó la nariz. —Bienvenido —dijo una voz desde las profundidades de la tienda. Un hombre apareció entre estanterías atestadas de relojes sin cuerda, cajas de música mudas y cuadros con marcos dorados. Era viejo, pero no de una vejez normal sino de una vejez que parecía deliberada, como si hubiera elegido cada arruga. Llevaba un chaleco de terciopelo morado, gafas redondas con montura de plata, y una sonrisa que contenía demasiados secretos para ser inocente. —Soy el Espejero —dijo—. Propietario de este humilde establecimiento. —Solo estoy esperando a que pase la lluvia —dijo Rafa. —Todos los que entran aquí dicen lo mismo. Y todos se llevan algo que no sabían que necesitaban. Rafa recorrió la tienda con la curiosidad desganada de alguien que no tiene nada mejor que hacer. Había de todo: lámparas de aceite, gramófonos, monedas antiguas, mapas amarillentos, sombreros que habían sido elegantes hace un siglo. Pero nada le llamó la atención hasta que llegó al fondo de la tienda. Allí, apoyado contra la pared, cubierto parcialmente por una tela de terciopelo rojo, había un espejo. No era un espejo grande ni especialmente bonito. Tenía un marco ovalado de madera oscura, sin adornos, del tamaño de un plato grande. Su superficie era lisa y limpia, lo cual contrastaba con el polvo que cubría todo lo demás en la tienda, como si alguien lo limpiara todos los días. Pero lo que hizo que Rafa se detuviera no fue el espejo en sí sino lo que vio en él. O más bien, lo que no vio. Cuando se paró frente al espejo, no vio su reflejo. Vio a otro Rafa. Este Rafa era diferente: llevaba un uniforme de fútbol, tenía el pelo más corto, y sonreía con la confianza de alguien que se siente en su elemento. Estaba en un campo de fútbol, rodeado de compañeros que lo vitoreaban. El otro Rafa marcó un gol y corrió celebrando con los brazos abiertos. —¿Qué…? —Rafa retrocedió un paso. La imagen se disolvió y su reflejo normal apareció: un chico de catorce años con el pelo demasiado largo, la postura ligeramente encorvada y la expresión perpetuamente indecisa que su madre llamaba «cara de pensar» y sus compañeros llamaban «cara de empanado». —Veo que has encontrado el Espejo de las Vidas Alternas —dijo el Espejero, que había aparecido a su lado sin hacer ruido—. Es la pieza más valiosa de mi colección. —¿Qué es lo que he visto? —Una versión de ti que existiría si hubieras tomado una decisión diferente. En este caso, si hubieras aceptado entrar en el equipo de fútbol cuando te lo pidieron en sexto de primaria. Rafa recordó ese momento. Tenía once años y el entrenador del equipo de su colegio le había pedido que se uniera. Rafa era bueno con el balón, pero también era tímido, y la idea de jugar delante de público lo aterrorizaba. Dijo que no. Y luego se arrepintió. Y luego se acostumbró a no haber dicho que sí. —¿Está mostrándome lo que habría pasado si hubiera dicho que sí? —No exactamente. Está mostrándote una de las vidas posibles. Cada decisión crea una bifurcación: un camino que tomas y otro que no. El espejo te permite ver los caminos que no tomaste.

24 de may de 202623 min
Portada del episodio El dragón de papel

El dragón de papel

Lina tenía siete años y un secreto que guardaba en el bolsillo de su bata escolar: un cuadrado de papel rojo que llevaba consigo a todas partes. Mientras los demás niños jugaban al fútbol en el recreo o saltaban a la comba, ella se sentaba en un rincón del patio, bajo la sombra del viejo roble, y doblaba figuras. Grullas, ranas, barcos, estrellas. Sus dedos se movían con una rapidez asombrosa para una niña de su edad, como si el papel le susurrara instrucciones que solo ella podía escuchar. El aula de arte era su lugar favorito en todo el colegio. Estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo lleno de dibujos colgados con pinzas de colores. La puerta siempre estaba entornada y por ella se escapaba un olor a pintura fresca y a pegamento que a Lina le parecía el mejor perfume del mundo. Las paredes estaban cubiertas de murales pintados por alumnos de años anteriores: un bosque encantado, un cielo lleno de cometas, un océano con peces de todos los colores imaginables. La profesora de arte se llamaba doña Carmen y tenía el pelo blanco recogido en un moño del que siempre escapaban mechones rebeldes. Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y delantales salpicados de pintura. Doña Carmen fue la primera persona que le enseñó a Lina el arte del origami, una tarde de lluvia en la que no pudieron salir al recreo. Le mostró cómo un simple cuadrado de papel podía convertirse en cualquier cosa si se doblaba con paciencia y cariño. Desde aquel día, Lina no había dejado de plegar. Su habitación en casa estaba llena de figuras de papel que colgaban del techo con hilos invisibles: una bandada de grullas de colores, un móvil de mariposas, una familia de gatos que descansaba sobre su mesilla de noche. Su madre decía, medio en broma medio en serio, que algún día la casa entera estaría hecha de papel. Pero a Lina no le importaba. Cada figura que creaba le parecía un pequeño milagro. Aquella mañana de martes, Lina llegó al colegio con una idea especial en la cabeza. Había encontrado en la biblioteca un libro antiguo de origami japonés, con páginas amarillentas y dibujos delicados, y entre todas las figuras había una que le había robado el aliento: un dragón. No era un dragón cualquiera. Tenía las alas desplegadas, la cola enroscada, las garras extendidas y la boca abierta como si estuviera a punto de lanzar una llamarada. El diagrama era complicadísimo, lleno de pliegues que Lina nunca había intentado, pero algo en su interior le decía que tenía que probarlo. Cuando sonó la campana de la clase de arte, Lina fue la primera en entrar al aula. Se sentó en su sitio de siempre, junto a la ventana que daba al patio, sacó su cuadrado de papel rojo y lo alisó con cuidado sobre la mesa. Respiró hondo, abrió el libro por la página del dragón y comenzó a doblar. Los primeros pliegues fueron sencillos: por la mitad, en diagonal, la base cuadrada que ya conocía de memoria. Pero luego vinieron los pliegues difíciles, los que hacían que el papel crujiera como si protestara. Lina no se rindió. Dobló y desdobló, giró y volvió a girar, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como hacía siempre que se concentraba mucho. Y entonces, cuando hizo el último pliegue, el que levantaba la cabeza del dragón hacia arriba, algo extraordinario sucedió. El papel se calentó bajo sus dedos. Lina parpadeó, creyendo que era su imaginación, pero no: la figurita de papel rojo temblaba sobre la mesa, como un pollito a punto de salir del cascarón. Antes de que pudiera decir nada, el dragón de papel abrió sus ojos diminutos, dos puntos brillantes como rubíes, y estiró sus alas con un crujido suave, como el de una página al pasar.

22 de may de 202622 min
Portada del episodio El campeón invisible

El campeón invisible

Lucas Medina tenía nueve años, el pelo revuelto como un nido de pájaros y una colección de cromos de fútbol que ocupaba tres cajones de su escritorio. Cada noche, antes de dormir, elegía un cromo diferente y lo estudiaba con la atención de un científico examinando una muestra bajo el microscopio. Memorizaba las estadísticas, las posiciones, los goles, las jugadas legendarias. Sabía más de fútbol que cualquier niño de su clase, más incluso que don Roberto, el profesor de educación física que siempre confundía el fuera de juego con el córner. El problema, según el resto del mundo, era que Lucas usaba silla de ruedas. Había nacido con una condición que afectaba a sus piernas, y desde que tenía memoria sus ruedas eran sus piernas. No le molestaba la silla en sí misma. Le molestaba la forma en que los demás miraban la silla antes de mirarlo a él, como si el metal y las ruedas fueran más interesantes que la persona sentada encima. Le molestaba que los otros niños bajaran la voz cuando pasaba cerca, como si usar silla de ruedas significara también tener los oídos delicados. En el recreo, Lucas se situaba junto a la valla del patio y veía jugar a sus compañeros. Conocía el estilo de cada uno: Tomás, que era rápido pero disparaba siempre desviado; Camila, la única chica que jugaba y que tenía el mejor regate de todo el colegio; Nico, el portero, que era enorme para su edad y paraba balones con la barriga más que con las manos. Lucas les daba consejos desde la banda, como un entrenador en miniatura, y a veces los otros niños le hacían caso y a veces no. Pero nunca le invitaban a jugar. No por maldad, sino porque genuinamente no sabían cómo incluirlo, y la incomodidad los hacía mirar hacia otro lado. Su madre, Carmen, era la persona que mejor lo entendía. Ella también había sido deportista de joven, corredora de media distancia, y sabía lo que significaba tener el cuerpo lleno de energía y no encontrar dónde ponerla. Cada tarde, después del colegio, sacaba a Lucas al parque y lo dejaba recorrer los caminos a toda velocidad en su silla, zigzagueando entre los árboles y los bancos como un piloto de carreras en un circuito improvisado. Lucas reía a carcajadas durante esos recorridos, con el viento en la cara y la sensación de que las ruedas eran alas. Pero un día, algo cambió. Estaban en el parque, como siempre, cuando Lucas vio algo al otro lado de la pista de atletismo. Un grupo de niños en sillas de ruedas motorizadas jugaban en una pista vallada con una pelota grande y de colores. Se movían rápido, chocaban entre ellos con estruendo, celebraban los goles con gritos que se oían desde el otro extremo del parque. Lucas se quedó completamente inmóvil, con las manos apretadas en los reposabrazos de su silla, mirando aquella escena como quien ve una puerta abrirse en una pared que siempre había creído sólida. Se acercaron despacio, él y su madre, hasta la valla de la pista. Uno de los niños, una chica de pelo corto y sonrisa enorme, se dio cuenta de que los miraban y se acercó rodando en su silla motorizada. Se llamaba Paula, tenía diez años y llevaba jugando al fútbol en silla motorizada dos años. Le explicó a Lucas, con un entusiasmo contagioso, que el deporte se llamaba Powerchair Football y que se jugaba en todo el mundo. Equipos de cuatro contra cuatro, sillas eléctricas con un protector delantero para golpear el balón, reglas similares al fútbol pero adaptadas. Lucas sintió que algo se encendía en su pecho, una chispa que llevaba nueve años esperando combustible. Cuando Paula le preguntó si quería probar, no dijo que sí con palabras. Dijo que sí con todo el cuerpo.

20 de may de 202622 min