Un Río de papel.
Es probable que en todas las circunstancias en las que me he acercado tomar decisiones, haya pensado más en la finalidad y en las consecuencias de estas, como el único criterio para tal decisión . De hecho vengo de una formación en la que se ha hecho énfasis en el discernimiento de las decisiones. A menudo me doy cuenta que no necesariamente aplico el discernimiento para la decisiones más trascendentales, como aquellas que tienen que ver con la elección de un gobernante o de una política de gobierno. Al acercarme a esta toma de decisiones me doy cuenta de que rara vez me ubico en ese 'primer tiempo' de claridad absoluta que describe San Ignacio para tomar una decisión,, donde el camino es evidente y no hay duda. Al contrario, casi siempre estoy en el 'segundo tiempo': ese territorio de claroscuros donde los sentimientos —o mociones— se encuentran en conflicto. Ignacio nos sugería situarnos frente a la toma de decisiones usando la imaginación y la razón; preguntándonos, por ejemplo, qué consejo le daríamos a alguien a quien deseamos su perfección, o proyectándonos al final de nuestra existencia para ver qué decisión nos daría paz haber tomado. Yo mismo, al aplicar estos criterios a nuestra coyuntura peruana, experimento una profunda agitación y rechazo. Es difícil discernir cuando el entorno parece diseñado para confundirnos; sin embargo, creo que la espiritualidad nos recuerda que es precisamente en la turbulencia donde la autonomía de la conciencia debe ser más vigilada o cuidada para no dejarnos arrastrar por 'afectos desordenados' como el miedo o la desesperanza, que finalmente son muestra de desolación espiritual. Esta lucha interior se vuelve más compleja cuando entendemos, como bien analiza Carlos Meléndez, que el Perú de este 2026 no enfrenta un autoritarismo clásico, sino una 'entropía democrática'. Estamos ante un sistema que ha perdido su energía institucional, donde las leyes son cáscaras vacías y lo que realmente impera es un orden transaccional dominado por lo que él llama 'informales con plata' y redes que buscan la impunidad. Es lo que se define como un equilibrio de mafias: un Estado que deja de ser un ente regulador para convertirse en un servidor de intereses particulares que prefieren la ausencia de fiscalización. En este escenario agotador de los últimos 10 años, el peligro es que nuestra 'elección' se rinda ante la lógica del mercado de favores o se deje engañar por el cinismo de quienes denuncian con el discurso lo que sostienen con sus pactos bajo la mesa. Frente a este ecosistema de fragmentación, la propuesta de 'la elección' adquiere una urgencia profética. Como nos ha exhortado el Papa León XIV en su mensaje para esta Cuaresma de 2026, estamos llamados a una 'escucha de la realidad' que logre traspasar el ruido de las promesas vacías y el lenguaje político que hiere. Esta escucha no es pasiva; es un ejercicio de autonomía moral que nos pide desarmar nuestros prejuicios y ayunar de la resignación. El voto del 12 de abril no debería ser una respuesta reactiva, sino un acto de libertad interior que busque, incluso en la precariedad de las opciones, aquello que más ayude a la configuración de una sociedad digna. Elegir autónomamente en conciencia es, en última instancia, un acto de resistencia espiritual; es decidir que nuestra vida cotidiana no será cómplice del desorden negociado. San Ignacio nos pedía estar atentos a las 'trampas del mal espíritu', que a menudo se disfraza de ángel de luz. Por ello, es vital superar la tentación de la solución fácil que nos hace creer que existe un 'voto católico' predefinido como respuesta a todo. A menudo, las opciones que se presentan como religiosas son las que más nos entrampan en esta dinámica transaccional. Para el 12 de abril me planteo algunas preguntas . * ¿Mi elección nace de una consigna externa o del silencio de mi conciencia frente a la realidad del país?
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