A vivir que son dos días
Me faltan el verano vitamínico y la luz de dios con la que aturde el cielo, pero me aferro a este breve tiempo de estar en casa y no en una ciudad a doce mil kilómetros de aquí, en un hotel desconocido, en calles extranjeras. Me voy atando a lo doméstico como a una religión o una corriente filosófica
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