Chaves Nogales: la Mirada Libre
El pensamiento de Manuel Chaves Nogales sobre la Semana Santa, particularmente la de su Sevilla natal, es uno de los análisis sociológicos más agudos y vigentes que se han escrito sobre esta festividad. Para él, las cofradías no eran meras instituciones religiosas, sino una fórmula de convivencia humana y social que lograba lo que la política de su tiempo no podía: unir a ciudadanos de ideologías opuestas bajo un sentimiento común. Para desarrollar este tema, me baso en sus reportajes para el diario Ahora (abril de 1935), su colaboración en la revista francesa Voila (1936) con fotografías de Robert Capa, y su libro de juventud La Ciudad (1921). Chaves Nogales veía en el cabildo de las hermandades una organización democrática y popular (aunque él mismo decía, con ironía, que era un “caciquismo perfecto”) que servía como refugio frente a la polarización. En una época de odio cainita, observaba cómo monárquicos, republicanos y hasta obreros comunistas se unían en la cofradía. Hoy, la Semana Santa sigue siendo uno de los pocos espacios de transversalidad social. En un presente marcado por la “burbuja” de las redes sociales y la crispación política, la cofradía sigue operando como ese lugar donde personas con visiones del mundo irreconciliables comparten un mismo varal o una misma fila de nazarenos, priorizando la identidad de barrio o de fe sobre el bando político. Una de sus frases más célebres es: “Siempre hay en el fondo de la cofradía un poquito de anarcosindicalismo”. Chaves detectó que las hermandades son organizaciones netamente populares que han nacido y crecido a espaldas de los dos grandes poderes constituidos: la Iglesia y el Estado. El cofrade, por temperamento, es rebelde ante las imposiciones del Cardenal y del Gobernador. Esta tensión persiste hoy. La lucha de las hermandades por mantener su autonomía frente a los protocolos de seguridad de las autoridades civiles (el “Gobernador”) o las directrices normativas de las diócesis (el “Cardenal”) refleja esa esencia indómita que Chaves describió. La fiesta pertenece al pueblo, y cualquier intento institucional de encorsetarla choca con ese espíritu “anárquico” del cofrade. Chaves sostenía que el origen de la Semana Santa no es solo la religiosidad verdadera, sino una fórmula social basada en las relaciones vitales del individuo: su barrio, su tallercito, su familia y su taberna. Por eso, afirmaba que en las filas de nazarenos se plantan el capirote tanto los creyentes más tibios como los “muy bien caracterizados ateos”. El fenómeno de los “ateos cofrades” o personas que participan de la liturgia pública por pura tradición cultural es hoy, también, más fuerte que nunca. En una sociedad cada vez más secularizada, la Semana Santa se ha consolidado no solo como un rito religioso, sino como un vínculo con la memoria familiar y la identidad local, permitiendo que personas alejadas de la Iglesia sigan sintiéndose dueñas de la fiesta. Chaves narró con asombro la resistencia de los cofrades ante el intento del Cardenal Ilundáin de poner ruedas a los pasos para evitar conflictos con los sindicatos de costaleros. Los cofrades lo consideraron “herético”: la Virgen debía ir sobre hombros humanos, porque esa era la esencia del sacrificio y el garbo. Hoy vivimos un debate similar con la hiper-tecnificación de la fiesta. Desde el uso de GPS para controlar los tiempos de paso hasta la saturación de pantallas en las calles, persiste la duda de si la técnica ayuda o desvirtúa el “misterio”. La defensa del costalero frente a cualquier mecanización sigue siendo una reivindicación de lo humano y artesano frente a lo industrial, tal como Chaves analizó en su día. Para Chaves, el anonimato del nazareno era un ejercicio de orgullo sobrehumano. Al taparse la cara, el hombre humilde se siente dueño de toda la hermandad; presta los atributos del poderoso al desconocido. Lo definía también como una suerte de “maratón de los penitentes” con una indudable naturaleza deportiva. En la era de la sobreexposición y la dictadura de la imagen en Instagram, el anonimato del antifaz adquiere una dimensión casi revolucionaria. Sigue siendo ese espacio donde la individualidad se diluye en la masa para encontrar una personalidad mayor, protegida por la máscara que iguala a todos los que van en la fila. (Ahora. Madrid, 31-3-1935)LOS COFRADES EN LA INTIMIDADNo se ha dado jamás el caso de que una hermandad haya tenido que alquilar nazarenos. El día que esto ocurriera los penitentes se convertirían en comparsas y la Semana Santa en una mascarada. Esos miles y miles de penitentes que desfilan delante de los pasos con la cara tapada y el cirio apoyado en la cadera lo hacen por pura devoción o bien por un espíritu de solidaridad y emulación, cuyo origen no es la religiosidad verdadera, ni siquiera el culto al sevillanismo, sino una fórmula social que se basa en una vida de relación restringida a las autenticas relaciones vitales del individuo: el barrio en que vive, el tallercito donde trabaja, su parroquilla, sus vecinos, su calle, su familia, su taberna. Esto es la cofradía. La supervivencia de este pequeño mundo del barrio en que se mueve el cofrade es lo que mantiene la Semana Santa en Sevilla, y merced a la coacción de este ambiente se plantan el capirote y enarbolan el cirio los más tibios creyentes y hasta muy bien caracterizados ateos, This is a public episode. 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