El placer de viajar
El Placer de Viajar recibe a un auténtico aventurero que cuenta cómo es cruzar el Atlántico en un pequeño barco de vela. En este nuevo episodio de El Placer de Viajar, el programa de viajes de esRadio, los presentadores Carmelo Jordá y Kelu Robles celebran el aniversario de la histórica travesía de Cristóbal Colón por el Atlántico. Para conmemorar esta fecha de una forma especial, invitan al aventurero gallego Alejandro Robles, primo de la presentadora, quien comparte su apasionante experiencia cruzando el océano Atlántico en un velero. Alejandro, que posee una embarcación llamada Galileo, explica cómo se originó su pasión por el mar a una edad relativamente tardía, en torno a los veintiocho años, y cómo esta afición lo llevó a dar el salto de la navegación costera por las rías gallegas a una gran aventura transoceánica. Durante la entrevista en Libertad Digital, el invitado detalla qué hace tan especial a la navegación a vela en comparación con los barcos a motor. Destaca la inigualable sensación de libertad, la desconexión total del ajetreo diario y, sobre todo, el maravilloso silencio que se experimenta al apagar los motores y dejarse llevar únicamente por la fuerza del viento. Para capitanear una embarcación de estas características, Alejandro aclara que es indispensable contar con una titulación oficial homologada. El título más común y completo es el Patrón de Embarcaciones de Recreo, conocido como PER, el cual habilita para gobernar barcos de hasta quince metros de eslora y alejarse hasta doce millas de la costa, aunque existen otras licencias como el Patrón de Navegación Básica, o PNB, para trayectos más sencillos. Tener un velero implica asumir una serie de costes y tareas de mantenimiento de un velero de forma constante que pueden llegar a ser muy tediosas. Alejandro aconseja a los principiantes empezar siempre con embarcaciones pequeñas para evitar que los gastos se disparen de forma desorbitada. Entre las labores anuales obligatorias, menciona la varada del barco para revisar el motor, comprobar el estado del mástil y los obenques, realizar la limpieza de la obra viva y aplicar la patente para evitar filtraciones de agua. A esto se deben sumar los costes del pantalán en el puerto deportivo y los correspondientes impuestos, lo que demuestra que mantener un barco en perfectas condiciones requiere un gran esfuerzo tanto físico como económico. Uno de los temas más curiosos abordados en el podcast es el del mareo en alta mar. Para aquellos apasionados que sufren este problema, Alejandro revela un remedio infalible de carácter psicológico: ponerse al timón de la embarcación. Al concentrarse en la navegación y mantener la mente ocupada, el cerebro logra mitigar la sensación de inestabilidad de forma muy efectiva. Además de este truco, recomienda tomar biodramina con cafeína para combatir la somnolencia, evitar comer en exceso o quedarse con el estómago vacío, mirar fijamente al horizonte y respirar profundamente. Paradójicamente, confiesa que él suele sufrir más el llamado mareo de tierra, que es la curiosa sensación de que todo da vueltas al pisar tierra firme tras pasar varias jornadas navegando. La gran aventura de cruzar el Atlántico comenzó en Linton Bay, en la costa caribeña de Panamá, tras volar desde España para reunirse con la tripulación. Alejandro optó por contratar los servicios de una empresa especializada para asegurar unas fechas de salida y llegada compatibles con sus vacaciones, evitando las opciones más aventureras de buscar barco directamente en los puertos o usar plataformas de contacto entre armadores. La travesía se realizó a bordo del Pascal, un enorme catamarán de casi trece metros de eslora y siete de manga. Aunque ofrecía una comodidad excepcional gracias a sus cuatro camarotes para solo tres tripulantes, este tipo de barco resulta más tosco y difícil de maniobrar que un monocasco, obligando a usar el motor más de lo deseado. La vida cotidiana durante los treinta y siete días que duró la travesía estuvo marcada por el reparto de tareas y una estricta planificación de los víveres. La compra se realizó en Panamá y requirió calcular minuciosamente las raciones de comida y agua para evitar que los alimentos frescos se estropearan. Aunque lograron pescar con éxito durante el trayecto, Alejandro bromea sobre cómo calcularon mal las provisiones de cerveza y vino, quedándose muy justos debido a que en alta mar se pierde la noción del tiempo y se vive según la luz solar. Las noches se organizaban en guardias de tres horas para vigilar el rumbo y esquivar obstáculos. Durante el día, el tiempo libre se empleaba en escribir, leer, charlar y disputar intensos campeonatos de parchís que ayudaron a forjar una profunda amistad con el capitán Antonio y el primer oficial Jero. El viaje no estuvo exento de momentos de tensión, especialmente al enfrentarse a imponentes tormentas eléctricas en mitad del océano. El temor a que un rayo impactara en el mástil metálico de dieciocho metros se combatía reduciendo la superficie vélica y controlando la dirección de las olas con la ayuda del motor. Alejandro destaca que, a pesar de los miedos lógicos, la tecnología satelital Starlink y la radio permitían estar siempre conectados y consultar las previsiones meteorológicas. Al final de la aventura, que concluyó para él en la isla de São Miguel, el invitado reflexiona sobre el gran aprendizaje personal que supuso esta experiencia. Le sirvió para romper con la rutina, valorar el tiempo dedicado a uno mismo y comprender la inmensidad del mundo, asegurando que ya está planeando cuándo completar el tramo restante hasta la península ibérica. Escríbenos, explícanos qué te gusta más y si hay algo que no te gusta tanto de El Placer de Viajar, dinos de qué destinos quieres que hablemos y si quieres que tratemos algún tema y, por supuesto, pregúntanos lo que quieras en el correo del programa: elplacerdeviajar@libertaddigital.com.
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