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El club de los inventores

28 min · Ayer
Portada del episodio El club de los inventores

Descripción

Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor». Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987. Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio». Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes». El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día. Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura. Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera.

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El club de los inventores

Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor». Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987. Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio». Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes». El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día. Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura. Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera.

Ayer28 min
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El circo de las sombras

Nadie recordaba cuándo había llegado el circo. Esa era la primera anomalía, aunque ninguno de los habitantes de Villaumbra pareció notarla. Un día simplemente estaba allí, instalado en el descampado detrás del cementerio viejo, con sus carpas de lona negra ribeteada en plata que ondeaban con una brisa que nadie más sentía. No había carteles anunciando su llegada, ni camiones de mudanza aparcados en las cunetas, ni el habitual bullicio de montaje que acompaña a cualquier espectáculo itinerante. El Circo de las Sombras había aparecido como aparecen las pesadillas: sin aviso, sin lógica, ya presente cuando abres los ojos. Marina fue la primera en darse cuenta de que algo no encajaba. Tenía dieciséis años, el pelo negro cortado a la altura de la mandíbula y una costumbre que sus amigos consideraban entre irritante y admirable: lo cuestionaba todo. Aquella tarde de julio, mientras volvía del entrenamiento de natación con la mochila al hombro y el pelo aún húmedo, vio las carpas por primera vez y se detuvo en seco. No fue la visión del circo lo que la inquietó —los circos llegan a los pueblos pequeños con cierta regularidad—, sino la reacción de la gente a su alrededor. Los vecinos pasaban junto a las carpas con una expresión beatífica, como sonámbulos con los ojos abiertos, y todos decían lo mismo: «¿No es maravilloso? Llevaba esperándolo toda la vida». Pero cuando Marina les preguntaba cuándo habían visto los carteles del circo o quién les había hablado de él, se quedaban en blanco, con la sonrisa congelada, y repetían: «Siempre ha estado ahí». Llamó a sus tres mejores amigos desde el banco que había frente a la farmacia. Hugo llegó primero, pedaleando furiosamente en su bicicleta oxidada, con su eterna camiseta de una banda que nadie más conocía y las gafas torcidas sobre la nariz pecosa. Después apareció Nerea, caminando desde la biblioteca con tres libros bajo el brazo y la expresión concentrada de quien está resolviendo un problema matemático incluso mientras cruza la calle. Por último llegó Dani, el más alto y el más callado de los cuatro, que se limitó a sentarse junto a Marina y mirar hacia las carpas negras con sus ojos oscuros y pensativos. «Nadie sabe cuándo llegó», dijo Marina sin preámbulos. «He preguntado a doce personas. Doce. Y todas me han dado la misma respuesta vacía. Es como si alguien hubiera instalado el circo directamente en sus recuerdos, saltándose la realidad». Hugo se ajustó las gafas y entrecerró los ojos mirando al descampado. «Yo pasé por ahí ayer a las siete de la tarde. No había nada. Ni una estaca en el suelo. Y ahora hay un circo completo con tres carpas, un carrusel y lo que parece ser una noria enana. Eso no se monta en una noche». Nerea abrió uno de sus libros y lo cerró de inmediato, frustrada por no encontrar respuestas entre sus páginas. «Lo más raro no es eso», dijo. «Lo más raro es que mi madre ya tiene entradas para esta noche. Y jura que las compró la semana pasada». Dani habló por primera vez, con esa voz grave y pausada que siempre hacía que los demás prestaran atención. «Hay algo más. He estado observando a los artistas del circo. Desde que he llegado, he visto a tres de ellos salir de la carpa principal. Un malabarista, una contorsionista y un tipo con sombrero de copa que parece el director». Hizo una pausa, y Marina vio que tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. «Ninguno de los tres tiene sombra. El sol está cayendo en ángulo y las sombras de los postes, de las carpas, de las banderas, todas están ahí. Pero esas tres personas caminan bajo el sol como si la luz pasara a través de ellos». El silencio que siguió fue denso como la niebla.

16 de jun de 202627 min
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El faro del fin del mundo

El viento del sur soplaba con una furia que parecía querer arrancar las piedras de la costa. Tomás Iribarne, de apenas trece años, subió los ciento veintidós escalones de la torre del faro como hacía cada atardecer desde que su abuelo Esteban había caído enfermo. Cada peldaño crujía bajo sus botas gastadas, y el eco de sus pasos se mezclaba con el aullido del viento que se colaba por las grietas de la vieja construcción de piedra. Al llegar a la cima, contempló el horizonte: una línea gris donde el cielo y el mar se confundían en una masa tormentosa. El faro del cabo Desolación era el último bastión de luz antes de que la nada se tragara el mundo, y mantenerlo encendido era ahora su responsabilidad. Hacía apenas tres semanas que el abuelo Esteban había muerto, llevándose consigo sesenta años de historias sobre naufragios, tormentas y barcos fantasma. Tomás recordaba sus últimas palabras con una claridad dolorosa: «El faro es más que una luz, muchacho. Es una promesa. Mientras arda, ningún marinero estará solo en la oscuridad.» Esas palabras se habían convertido en el credo de Tomás, en la razón por la que cada noche, sin falta, subía a encender la gran lámpara de aceite que giraba sobre su mecanismo de relojería, lanzando su resplandor rotatorio sobre las aguas negras del estrecho. La casa del farero se encontraba al pie de la torre, una construcción baja de paredes gruesas que resistía los embates del clima patagónico. Dentro, el fuego crepitaba en la chimenea de piedra, y el perro de Tomás, un ovejero llamado Capitán, dormitaba sobre una manta raída junto al hogar. La casa olía a leña de calafate, a sopa de pescado y a la soledad particular de los lugares donde el viento nunca cesa. Tomás vivía solo desde la muerte de su abuelo; su madre había fallecido cuando él era pequeño, y su padre, un marinero mercante, había desaparecido en alta mar años atrás. El gobierno enviaba provisiones cada dos meses en un barco de suministros, pero entre visita y visita, Tomás era el único ser humano en kilómetros a la redonda. Aquella tarde, mientras preparaba la mecha de la lámpara, Tomás notó algo extraño en el mar. Una forma oscura flotaba entre las olas, demasiado grande para ser un tronco y demasiado pequeña para ser una embarcación. Agarró el catalejo de bronce que había pertenecido a su abuelo y enfocó la lente hacia el objeto. El corazón le dio un vuelco: era un hombre, aferrado a un tablón de madera, mecido por las olas como un muñeco de trapo. Sin pensarlo dos veces, Tomás bajó la escalera a toda velocidad, se echó una cuerda al hombro y corrió hacia la playa de guijarros donde rompían las olas. El agua estaba helada, tan fría que quemaba la piel como fuego líquido. Tomás se metió hasta la cintura, luchando contra la corriente que intentaba derribarlo, y lanzó la cuerda hacia el náufrago. Al tercer intento logró enlazar el tablón, y con un esfuerzo que le arrancó un grito de dolor, arrastró al hombre hasta la orilla. Era un hombre de unos cuarenta años, con barba crecida, la ropa hecha jirones y una herida profunda en la frente que sangraba abundantemente. Estaba inconsciente pero respiraba, y Tomás, con la fuerza que dan la urgencia y la juventud, lo cargó sobre sus hombros y lo llevó hasta la casa del faro. Durante horas, Tomás cuidó al desconocido junto al fuego. Le quitó la ropa mojada, lo envolvió en mantas de lana, limpió y vendó su herida con los rudimentarios conocimientos médicos que su abuelo le había enseñado. Capitán olisqueaba al extraño con desconfianza, gruñendo suavemente cada vez que el hombre se movía en su inconsciencia. Entrada la madrugada, cuando Tomás ya cabeceaba de cansancio sentado en su silla, el náufrago abrió los ojos. Eran ojos oscuros, profundos, con una intensidad que hizo que Tomás retrocediera instintivamente.

11 de jun de 202626 min
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El jardín donde crecían sentimientos

Leo tenía seis años y medio, y ese verano iba a pasar las vacaciones en casa de su abuela Lucía, en un pueblo pequeño rodeado de montañas. A Leo no le hacía mucha gracia. Él quería quedarse en la ciudad con sus amigos, jugar en el parque de siempre y comer helados en la heladería de la esquina. -Vas a pasártelo muy bien -le dijo su madre mientras le preparaba la maleta-. La abuela tiene un jardín enorme. Y tu prima Valentina también estará allí. -Valentina habla demasiado -protestó Leo. -Valentina es divertida -corrigió su madre con una sonrisa. Leo llegó a casa de la abuela un viernes por la tarde. La casa era vieja, con las paredes blancas y las ventanas azules. Olía a pan recién hecho y a flores silvestres. La abuela Lucía lo recibió con un abrazo enorme y un vaso de limonada. -Bienvenido, Leo. Esta casa estaba esperándote. -Hola, abuela -dijo Leo, intentando sonreír aunque por dentro estaba un poco triste por estar lejos de casa. La prima Valentina llegó al día siguiente. Tenía siete años, el pelo corto con una diadema amarilla y una energía que parecía funcionar a pilas. Hablaba sin parar, saltaba, corría y hacía preguntas sobre todo. -¡Leo! ¿Quieres explorar el jardín? ¡La abuela dice que hay partes que no ha visitado en años! ¿Te gustan los insectos? ¡A mí me encantan las mariquitas! ¿Has visto alguna vez una mariquita de cerca? ¡Son como botones rojos con puntitos! Leo suspiró. Iba a ser un verano largo. Pero esa tarde, mientras Valentina perseguía mariposas por el jardín y la abuela descansaba la siesta, Leo decidió explorar por su cuenta. Caminó por detrás de la casa, donde los arbustos eran más altos y más salvajes. El jardín de la abuela era enorme, mucho más grande de lo que parecía desde fuera. Entre dos arbustos de hiedra enormes, Leo vio algo raro: una puerta de madera pequeña, medio escondida entre las hojas. Era vieja y estaba pintada de verde, con una cerradura en forma de corazón. Leo empujó la puerta. Estaba abierta. Al otro lado había un jardín que no se parecía a nada que Leo hubiera visto. Las flores no eran normales. Había flores de colores que no existían: azul eléctrico, rosa brillante, morado que parecía brillar en la oscuridad. Algunas plantas eran altísimas, con hojas que se movían solas aunque no hubiera viento. Otras eran diminutas, apenas un brote verde que asomaba de la tierra. Pero lo más extraño era lo que sentía Leo al entrar. El aire estaba lleno de emociones. No eran suyas. Era como si el propio jardín sintiera cosas. Junto a unas flores amarillas enormes, Leo sintió una alegría tan grande que se echó a reír sin motivo. Al pasar junto a un arbusto de flores azules, sintió una tristeza suave, como cuando echas de menos a alguien. Y cerca de unas flores rojas que temblaban, notó un enfado caliente que le hizo fruncir el ceño. -¿Qué es este sitio? -susurró Leo. -Es el Jardín de los Sentimientos -dijo una voz diminuta. Leo miró a su alrededor. No veía a nadie. -Aquí abajo -dijo la voz. En la hoja de una planta, a la altura de sus rodillas, había una mariquita. Era roja con siete puntos negros y lo miraba fijamente con unos ojos brillantes como cuentas de cristal. -¿Tú… hablas? -preguntó Leo. -Aquí dentro, sí. El jardín permite que todos nos entendamos. Soy Rubi, la cuidadora del jardín. Y tú debes de ser uno de los nietos de Lucía. Ella me dijo que vendrías. -¿Mi abuela sabe que este jardín existe? -¿Quién crees que lo plantó? -respondió Rubi con una risita que sonaba como campanitas. Leo miró el jardín con ojos nuevos. Su abuela había plantado todo aquello. Las flores de emociones, las plantas que se movían solas, todo. -Cada planta crece a partir de un sentimiento -explicó Rubi, volando hasta su hombro-.

9 de jun de 202626 min
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El jardín de los susurros

El coche llevaba dos horas subiendo por una carretera de curvas que parecía una serpiente dormida sobre las montañas. Alba iba mirando por la ventanilla derecha y Leo por la izquierda, y los dos estaban empezando a pensar que aquella carretera no tenía fin cuando, de repente, su madre dijo: «¡Ya llegamos!» y el pueblo apareció entre los árboles como un secreto bien guardado. Se llamaba Valdehoja, y tenía exactamente veintisiete casas, una iglesia con campanario torcido, una fuente en la plaza y un gato perezoso que dormía encima del buzón de correos. La casa de la abuela Carmela estaba al final de la calle principal, una construcción de piedra gris con persianas verdes y un tejado de tejas rojas donde los gorriones habían montado una comunidad entera. La abuela Carmela los esperaba en la puerta, con su delantal de flores, su pelo blanco recogido con horquillas y esa sonrisa amplia que olía a bizcocho recién hecho. Abrazó a los mellizos con tanta fuerza que casi les crujieron las costillas. —¡Mis chiquitines! —exclamó, aunque Alba y Leo tenían ya siete años y no les gustaba nada que les llamaran chiquitines—. ¡Por fin os tengo aquí para todo el verano! Venid, venid, que he preparado torrijas y chocolate caliente. Alba era la más habladora de los dos. Tenía el pelo castaño rizado, pecas en la nariz y una energía inagotable que la hacía saltar de una cosa a otra como una mariposa con prisa. Leo era más tranquilo, de pelo liso y ojos observadores que no se perdían ni un detalle. A Alba le gustaba preguntar; a Leo le gustaba mirar. Juntos formaban un equipo perfecto: ella descubría las preguntas y él encontraba las respuestas. Después de merendar hasta casi reventar, los mellizos salieron a explorar la casa. Tenía un desván lleno de baúles viejos, una sala con una chimenea tan grande que podían ponerse de pie dentro, y un pasillo con fotos en blanco y negro de personas que Alba y Leo no conocían pero que, según la abuela, eran todos familia. —Y ahora —dijo la abuela Carmela con un brillo especial en los ojos—, os voy a enseñar mi tesoro. Los llevó por la puerta trasera de la cocina hasta el jardín. Y vaya jardín. No era el típico jardín con césped recortado y macetas ordenaditas. Era un jardín salvaje, exuberante, casi selva. Había rosales que trepaban por las paredes hasta el segundo piso, un roble enorme en el centro cuyas ramas se extendían como los brazos de un gigante amable, setos de lavanda que perfumaban el aire, un huerto con tomates, lechugas y calabazas, un estanque diminuto donde croaban tres ranas gordas, y en la esquina del fondo, medio escondida por una cortina de hiedra, una enredadera de flores moradas que Alba no había visto nunca. —Este jardín lleva en nuestra familia desde hace más de doscientos años —dijo la abuela Carmela, acariciando las hojas de un jazmín como si le acariciara la mejilla a un niño—. Lo plantó vuestra tataratatarabuela Rosalía, y desde entonces, cada generación ha añadido algo. El roble lo plantó el abuelo Pedro. Las rosas las trajo la bisabuela Inés de un viaje a Marruecos. El estanque lo excavó vuestro abuelo Tomás, que en paz descanse. —¿Y esa enredadera de ahí? —preguntó Alba, señalando las flores moradas del fondo—. Es muy rara. Nunca he visto flores así. La abuela Carmela se quedó callada un momento. Una sombra cruzó su rostro, pero fue tan rápida que Leo apenas la captó. —Esa —dijo la abuela en voz baja— la plantó Rosalía. Y dicen que es la que más secretos guarda de todo el jardín. —¿Secretos? —dijeron los mellizos al unísono, porque cuando algo les interesaba, hablaban a la vez sin darse cuenta. La abuela sonrió, pero no respondió. Simplemente les guiñó un ojo y volvió a la cocina, dejando a Alba y Leo solos en el jardín, con la curiosidad revoloteando en sus cabezas como una abeja alrededor de una flor.

7 de jun de 202625 min