Un Río de papel.
Hay momentos en los que la realidad a nuestro alrededor se siente abrumadora, incluso catastrófica. Ante la incertidumbre o el desencanto, es fácil caer en la tentación de pensar que Dios va por una vereda y nosotros por otra. O peor aún, movidos por el miedo, caemos en la tentación de manipular la imagen de Dios para acomodarla a nuestros propios intereses ideológicos, políticos o doctrinales, pretendiendo un Dios que lo determina todo previamente para justificar nuestras posturas. Pero reducir a Dios a nuestros esquemas bloquea la verdadera libertad del Espíritu y anula el discernimiento. Necesitamos aprender a mirar de nuevo. A orillas del río Cardoner, en Manresa, San Ignacio de Loyola vivió un quiebre fundamental. No recibió teorías ni recetas mágicas; lo que experimentó fue una iluminación que le renovó la mirada. Entendió que Dios no es un juez manipulable ni camina al margen de la historia, sino que trabaja, habita y camina junto a nosotros en la misma ruta. Como señala el teólogo jesuita Brian O’Leary, Ignacio descubrió que la vida espiritual no es un esfuerzo solitario ni una imposición, sino una invitación de Dios a sincronizar nuestros pasos con los suyos, a movernos juntos en la misma danza y con su mismo ritmo. Al descubrir que Dios era un compañero de viaje libre y cercano, la vida de Ignacio cambió por completo. Sus viejos esquemas se desmoronaron para dar paso a una creatividad y una esperanza totalmente nuevas. Superar la sensación de catástrofe no consiste en ignorar las heridas ni las crisis que nos rodean. Consiste en dejarnos afectar por la realidad, pero no desde la desesperanza o la manipulación, sino desde la certeza de que no estamos a la deriva. Cuando dejamos que los rostros, los dolores y las búsquedas cotidianas nos toquen el corazón, nuestros esquemas de resignación se rehacen. Descubrimos que el amor de Dios está vivo y operante en medio de las pruebas, sosteniendo la dignidad de cada persona y llamándonos a colaborar con Él. Por eso hoy, la invitación no es a buscar certezas prefabricadas ni a encerrar a Dios en nuestros proyectos personales, sino a abrir los ojos para reconocer al Dios vivo que camina a nuestro lado en este tiempo. Cree y confía. Aun cuando el horizonte parezca incierto, Dios no ha abandonado la ruta. Él sigue haciendo camino con nosotros, abriendo cauces de novedad, de fraternidad y de esperanza allí donde pensábamos que no había salida. Solo hace falta atrevernos a mirar de nuevo y caminar juntos.
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