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Acerca de Relatia Podcast

Relatia.es es la plataforma donde los jóvenes escritores dan vida a sus historias. En este podcast escucharás cuentos originales creados por estudiantes de todas las edades: aventuras, fantasía, misterio y mucho más. Cada episodio es un cuento completo o un capítulo narrado, nacido de la creatividad y el trabajo colaborativo en el aula. Descubre el talento de la próxima generación de escritores. Ideal para familias, educadores y amantes de la literatura infantil y juvenil.

Todos los episodios

45 episodios

episode El dragón de papel artwork

El dragón de papel

Lina tenía siete años y un secreto que guardaba en el bolsillo de su bata escolar: un cuadrado de papel rojo que llevaba consigo a todas partes. Mientras los demás niños jugaban al fútbol en el recreo o saltaban a la comba, ella se sentaba en un rincón del patio, bajo la sombra del viejo roble, y doblaba figuras. Grullas, ranas, barcos, estrellas. Sus dedos se movían con una rapidez asombrosa para una niña de su edad, como si el papel le susurrara instrucciones que solo ella podía escuchar. El aula de arte era su lugar favorito en todo el colegio. Estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo lleno de dibujos colgados con pinzas de colores. La puerta siempre estaba entornada y por ella se escapaba un olor a pintura fresca y a pegamento que a Lina le parecía el mejor perfume del mundo. Las paredes estaban cubiertas de murales pintados por alumnos de años anteriores: un bosque encantado, un cielo lleno de cometas, un océano con peces de todos los colores imaginables. La profesora de arte se llamaba doña Carmen y tenía el pelo blanco recogido en un moño del que siempre escapaban mechones rebeldes. Llevaba gafas redondas que se le resbalaban por la nariz y delantales salpicados de pintura. Doña Carmen fue la primera persona que le enseñó a Lina el arte del origami, una tarde de lluvia en la que no pudieron salir al recreo. Le mostró cómo un simple cuadrado de papel podía convertirse en cualquier cosa si se doblaba con paciencia y cariño. Desde aquel día, Lina no había dejado de plegar. Su habitación en casa estaba llena de figuras de papel que colgaban del techo con hilos invisibles: una bandada de grullas de colores, un móvil de mariposas, una familia de gatos que descansaba sobre su mesilla de noche. Su madre decía, medio en broma medio en serio, que algún día la casa entera estaría hecha de papel. Pero a Lina no le importaba. Cada figura que creaba le parecía un pequeño milagro. Aquella mañana de martes, Lina llegó al colegio con una idea especial en la cabeza. Había encontrado en la biblioteca un libro antiguo de origami japonés, con páginas amarillentas y dibujos delicados, y entre todas las figuras había una que le había robado el aliento: un dragón. No era un dragón cualquiera. Tenía las alas desplegadas, la cola enroscada, las garras extendidas y la boca abierta como si estuviera a punto de lanzar una llamarada. El diagrama era complicadísimo, lleno de pliegues que Lina nunca había intentado, pero algo en su interior le decía que tenía que probarlo. Cuando sonó la campana de la clase de arte, Lina fue la primera en entrar al aula. Se sentó en su sitio de siempre, junto a la ventana que daba al patio, sacó su cuadrado de papel rojo y lo alisó con cuidado sobre la mesa. Respiró hondo, abrió el libro por la página del dragón y comenzó a doblar. Los primeros pliegues fueron sencillos: por la mitad, en diagonal, la base cuadrada que ya conocía de memoria. Pero luego vinieron los pliegues difíciles, los que hacían que el papel crujiera como si protestara. Lina no se rindió. Dobló y desdobló, giró y volvió a girar, con la punta de la lengua asomando entre los labios, como hacía siempre que se concentraba mucho. Y entonces, cuando hizo el último pliegue, el que levantaba la cabeza del dragón hacia arriba, algo extraordinario sucedió. El papel se calentó bajo sus dedos. Lina parpadeó, creyendo que era su imaginación, pero no: la figurita de papel rojo temblaba sobre la mesa, como un pollito a punto de salir del cascarón. Antes de que pudiera decir nada, el dragón de papel abrió sus ojos diminutos, dos puntos brillantes como rubíes, y estiró sus alas con un crujido suave, como el de una página al pasar.

22 de may de 2026 - 22 min
episode El campeón invisible artwork

El campeón invisible

Lucas Medina tenía nueve años, el pelo revuelto como un nido de pájaros y una colección de cromos de fútbol que ocupaba tres cajones de su escritorio. Cada noche, antes de dormir, elegía un cromo diferente y lo estudiaba con la atención de un científico examinando una muestra bajo el microscopio. Memorizaba las estadísticas, las posiciones, los goles, las jugadas legendarias. Sabía más de fútbol que cualquier niño de su clase, más incluso que don Roberto, el profesor de educación física que siempre confundía el fuera de juego con el córner. El problema, según el resto del mundo, era que Lucas usaba silla de ruedas. Había nacido con una condición que afectaba a sus piernas, y desde que tenía memoria sus ruedas eran sus piernas. No le molestaba la silla en sí misma. Le molestaba la forma en que los demás miraban la silla antes de mirarlo a él, como si el metal y las ruedas fueran más interesantes que la persona sentada encima. Le molestaba que los otros niños bajaran la voz cuando pasaba cerca, como si usar silla de ruedas significara también tener los oídos delicados. En el recreo, Lucas se situaba junto a la valla del patio y veía jugar a sus compañeros. Conocía el estilo de cada uno: Tomás, que era rápido pero disparaba siempre desviado; Camila, la única chica que jugaba y que tenía el mejor regate de todo el colegio; Nico, el portero, que era enorme para su edad y paraba balones con la barriga más que con las manos. Lucas les daba consejos desde la banda, como un entrenador en miniatura, y a veces los otros niños le hacían caso y a veces no. Pero nunca le invitaban a jugar. No por maldad, sino porque genuinamente no sabían cómo incluirlo, y la incomodidad los hacía mirar hacia otro lado. Su madre, Carmen, era la persona que mejor lo entendía. Ella también había sido deportista de joven, corredora de media distancia, y sabía lo que significaba tener el cuerpo lleno de energía y no encontrar dónde ponerla. Cada tarde, después del colegio, sacaba a Lucas al parque y lo dejaba recorrer los caminos a toda velocidad en su silla, zigzagueando entre los árboles y los bancos como un piloto de carreras en un circuito improvisado. Lucas reía a carcajadas durante esos recorridos, con el viento en la cara y la sensación de que las ruedas eran alas. Pero un día, algo cambió. Estaban en el parque, como siempre, cuando Lucas vio algo al otro lado de la pista de atletismo. Un grupo de niños en sillas de ruedas motorizadas jugaban en una pista vallada con una pelota grande y de colores. Se movían rápido, chocaban entre ellos con estruendo, celebraban los goles con gritos que se oían desde el otro extremo del parque. Lucas se quedó completamente inmóvil, con las manos apretadas en los reposabrazos de su silla, mirando aquella escena como quien ve una puerta abrirse en una pared que siempre había creído sólida. Se acercaron despacio, él y su madre, hasta la valla de la pista. Uno de los niños, una chica de pelo corto y sonrisa enorme, se dio cuenta de que los miraban y se acercó rodando en su silla motorizada. Se llamaba Paula, tenía diez años y llevaba jugando al fútbol en silla motorizada dos años. Le explicó a Lucas, con un entusiasmo contagioso, que el deporte se llamaba Powerchair Football y que se jugaba en todo el mundo. Equipos de cuatro contra cuatro, sillas eléctricas con un protector delantero para golpear el balón, reglas similares al fútbol pero adaptadas. Lucas sintió que algo se encendía en su pecho, una chispa que llevaba nueve años esperando combustible. Cuando Paula le preguntó si quería probar, no dijo que sí con palabras. Dijo que sí con todo el cuerpo.

20 de may de 2026 - 22 min
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El enigma del reloj invertido

Marcos empujó la puerta de la biblioteca del colegio con el hombro, porque llevaba los brazos cargados de libros. Eran las cinco de la tarde y no quedaba nadie. La señora Elvira, la bibliotecaria, le había dado permiso para devolver los libros él solo mientras ella iba a una reunión. —Déjalos en el carrito y cierra al salir —le había dicho, entregándole la llave con una sonrisa. Marcos dejó los libros sobre el carrito metálico y miró a su alrededor. La biblioteca del colegio Cervantes era su lugar favorito. Tenía estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, una escalera con ruedas para alcanzar los estantes más altos y una ventana enorme que daba al patio de los naranjos. Pero aquel día notó algo diferente. En la esquina más alejada, detrás de la sección de enciclopedias que nadie consultaba, había una vitrina de cristal que no recordaba haber visto antes. Era pequeña, del tamaño de una mesilla, y dentro había un reloj de bolsillo con la cadena enrollada alrededor. Marcos se acercó con curiosidad. El reloj era precioso: dorado, con la esfera blanca y los números romanos grabados con una precisión asombrosa. Pero había algo extraño. Las agujas se movían en sentido contrario al habitual, como si el tiempo estuviera retrocediendo. —Qué raro —murmuró Marcos. Sin pensarlo demasiado, levantó la tapa de cristal de la vitrina. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sus dedos tocaron el metal frío del reloj. Al instante, las agujas se detuvieron. Marcos miró la hora en su móvil: las 17:12. Miró el reloj de bolsillo: marcaba las 21:71. Los números no tenían ningún sentido. Debajo del reloj, sobre el forro de terciopelo granate de la vitrina, había una tarjeta amarillenta con una frase escrita a pluma: «Quien toca el reloj, repite el día. Quien resuelve el enigma, recupera el camino.» Marcos soltó una risa nerviosa. —Será una broma de alguien del club de lectura —se dijo. Guardó el reloj en el bolsillo de su chaqueta, cerró la vitrina y salió de la biblioteca. Cerró la puerta con llave y caminó hacia casa bajo un cielo anaranjado de atardecer. Aquella noche, mientras cenaba con su madre y su hermana pequeña, Lucía, todo parecía completamente normal. Se durmió sin pensar más en el reloj. Pero cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, la fecha en la pantalla de su móvil era exactamente la misma que el día anterior.

18 de may de 2026 - 21 min
episode El Caso del Cuadro Desaparecido artwork

El Caso del Cuadro Desaparecido

Alba Rivas tenía once años, una lupa en el bolsillo izquierdo del abrigo y la costumbre de fijarse en todo. En todo. El arañazo nuevo en la puerta del ascensor, la mancha de café en la corbata del director, el tornillo que faltaba en la tercera silla de la biblioteca. Sus compañeros de clase la llamaban «la detective», mitad en broma, mitad con admiración. Aquel martes por la mañana, Alba llegó al colegio y encontró un revuelo enorme en el patio. Todo el mundo hablaba del robo. — ¡Han robado el Velázquez del museo! — le dijo su amigo Mateo, que siempre se enteraba de todo porque su madre trabajaba en el ayuntamiento —. Anoche, entre las diez y las seis de la mañana. La policía no tiene ni idea de cómo lo han hecho. Alba sintió un cosquilleo familiar en la punta de los dedos. El Museo Municipal era pequeño, pero tenía una joya: un retrato atribuido a Velázquez que representaba a una niña con un perro blanco. Era el orgullo del pueblo. — ¿No tienen cámaras de seguridad? — preguntó. — Sí, pero estaban grabando y no se ve nada raro. El cuadro está en su sitio en la grabación de las diez y a las seis ya no está. Nadie entra ni sale. — Eso es imposible — murmuró Alba. — Pues eso dice la policía — Mateo se encogió de hombros —. Imposible. Alba odiaba esa palabra. Nada era imposible, solo inexplicado. Después de clase, convenció a Mateo para ir al museo. La entrada estaba acordonada con cinta policial, pero Alba conocía la puerta de servicio porque había hecho un trabajo escolar allí el año anterior. Entraron por la parte de atrás y se colaron en la sala de exposiciones sin que nadie los viera. La sala del Velázquez era la más grande del museo. Las paredes estaban pintadas de un rojo oscuro y los cuadros colgaban con marcos dorados. En el centro de la pared principal, donde debía estar el retrato de la niña con el perro, había un rectángulo más claro: la huella de un cuadro que llevaba décadas en el mismo sitio. Alba se acercó y sacó su lupa. — Los clavos siguen aquí — observó —. El cuadro no se ha arrancado de la pared. Alguien lo ha descolgado con cuidado. Mateo miraba nervioso hacia la puerta. — Alba, si nos pillan aquí… — Un minuto más — Alba recorrió el suelo con la mirada. Todo parecía limpio, pero entonces vio algo junto al zócalo: un hilo diminuto, casi invisible, de color dorado —. Mira esto. Recogió el hilo con unas pinzas de su estuche de detective (sí, tenía un estuche de detective) y lo guardó en una bolsita de plástico. — ¿Qué es? — preguntó Mateo. — Todavía no lo sé. Pero no pertenece a esta sala. El suelo se limpia cada noche y esto es reciente. Cuando salían por la puerta de servicio, Alba se detuvo en seco. En la pared del pasillo había un cuadro pequeño que representaba un plano antiguo del museo. Y en ese plano, dibujado con tinta descolorida, se veía algo que en el museo actual no existía: un pasadizo que conectaba la sala del Velázquez con el sótano. — Mateo — dijo Alba muy despacio —. Creo que sé por dónde sacaron el cuadro. Mateo tragó saliva. — ¿Por un pasadizo secreto? Esto cada vez se parece más a una película. — No — Alba sonrió —. Se parece a un caso. Nuestro caso.

16 de may de 2026 - 21 min
episode El dragón que no sabía volar artwork

El dragón que no sabía volar

En lo alto de unas montañas muy, muy grandes, había un lugar mágico llamado el Valle de las Nubes. Las montañas tenían las puntas blancas por la nieve y entre ellas flotaban nubes gorditas de color rosa y naranja. Un río de agua cristalina bajaba cantando entre las rocas, con pececitos plateados que saltaban de alegría. En ese valle tan bonito vivían muchos dragones de todos los colores: rojos, azules, verdes y morados. Las casas de los dragones estaban hechas de piedras brillantes que cambiaban de color con la luz del sol. Por las mañanas, cuando salía el sol, todo el valle se llenaba de una luz dorada preciosa, y los pájaros cantaban canciones alegres entre los árboles altísimos de hojas verdes y moradas. Entre todos esos dragones vivía uno muy especial llamado Chispa. Chispa era pequeñito, del tamaño de un perro grande, y tenía las escamas de color dorado, como si alguien le hubiera pintado con purpurina. Sus ojos eran grandes y redondos, de un color naranja muy bonito, como dos mandarinas brillantes. Tenía unas alitas pequeñas en la espalda que movía sin parar, como un colibrí nervioso. Chispa siempre llevaba una sonrisa en su cara redonda y una manchita verde muy graciosa en la punta de la nariz. Cuando se reía, que era muy a menudo, sus escamas doradas brillaban todavía más fuerte, como si tuviera estrellitas pegadas por todo el cuerpo. A Chispa le encantaba correr por los prados del valle, oler las flores gigantes que crecían junto al río y hacer carreras con las mariposas de colores. Chispa vivía con su mamá, una dragona grande y elegante llamada Brisa. Brisa tenía las escamas de color plateado y unos ojos azules muy dulces que siempre miraban a Chispa con mucho cariño. Su cola larga y suave terminaba en una forma de estrella que brillaba por las noches. Cada mañana, Brisa preparaba el desayuno para Chispa: tostadas crujientes con mermelada de frambuesa calentadas con un soplido de fuego suavecito. También le hacía zumo de naranjas mágicas que cambiaban de sabor con cada trago: primero sabían a fresa, luego a melocotón y al final a chocolate. Después, le daba un beso enorme en la frente y le decía con voz suave: «Tú eres mi tesoro más brillante de todo el valle». Chispa se sentía muy feliz cuando escuchaba esas palabras y le daba un abrazo tan fuerte que Brisa se reía con su risa musical. La mejor amiga de Chispa se llamaba Luna. Luna era una dragona de escamas azul oscuro con puntitos blancos, como si tuviera un cielo de noche pintado en el cuerpo. Era un poquito más alta que Chispa y tenía unas alas grandes y fuertes que brillaban cuando les daba la luz, haciendo destellos como diamantes. Luna tenía una voz alegre y una risa contagiosa que hacía que todos los que estaban cerca también se rieran. A los dos les encantaba jugar juntos entre las flores del valle, que eran enormes y de muchos colores: rojas como el fuego, amarillas como el sol, y azules como el cielo. Jugaban al escondite detrás de las setas gigantes, hacían castillos de barro junto al río y contaban las estrellas por la noche tumbados en la hierba blandita. Luna siempre decía que Chispa era el dragón más divertido de todo el valle, y los dos se reían muchísimo juntos hasta que les dolía la barriga.

14 de may de 2026 - 18 min
Muy buenos Podcasts , entretenido y con historias educativas y divertidas depende de lo que cada uno busque. Yo lo suelo usar en el trabajo ya que estoy muchas horas y necesito cancelar el ruido de al rededor , Auriculares y a disfrutar ..!!
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