La arquitectura no es una caja
Hay una frase que debería preocuparnos más que cualquier ausencia en una reunión: los brillantes se están yendo. Se van a empresas, a centros privados, a otros países, a lugares donde su tiempo vale algo y donde su inteligencia no se mide por la cantidad de actas que soportan sin morder a nadie. Mientras tanto, dentro de la universidad, seguimos confundiendo compromiso con obediencia, vocación con sacrificio inútil y excelencia con buena burocracia. Este episodio va de reuniones eternas, camisetas emocionales, guardianes del acta, funcionarios del gesto y esa extraña capacidad institucional para premiar a quien aguanta más, no necesariamente a quien piensa mejor. Porque si la universidad no cambia, quizá no se quede con los mejores. Quizá se quede con los que asisten a todo, rellenan todo, sonríen en todo y jamás preguntan si algo tiene sentido. Y eso, aunque venga con sello oficial, no es excelencia. Es una tragedia administrativa con café malo.
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