Mejor Conectados
Piensa en la palabra “arquitectura”. ¿Qué te viene a la cabeza? Probablemente edificios espectaculares, ciudades futuristas o nombres propios convertidos casi en celebridades. Rara vez pensamos en bosques, incendios o comunidades rurales. Y ahí está precisamente el problema que plantea Manuel Bouzas. Llevamos demasiado tiempo entendiendo la arquitectura como una cuestión estética, cuando en realidad también define cómo vivimos, qué consumimos y el impacto que dejamos en el mundo. El coste invisible. Construimos rápido, consumimos rápido y muchas veces damos por hecho que lo barato sale rentable. Pero hay costes que nunca aparecen en la etiqueta. El impacto ambiental, los recursos agotados o territorios enteros transformados para sostener nuestro ritmo de vida. Por eso cada vez más arquitectos como Bouzas insisten en algo incómodo: no basta con levantar edificios eficientes o visualmente atractivos, también hay que preguntarse qué modelo de mundo estamos construyendo detrás. La otra cara de construir. Esa reflexión obliga a cambiar la mirada. A entender que el futuro no pasa solo por las grandes ciudades o por la tecnología, sino también por recuperar vínculos con el territorio y con quienes lo habitan. Materiales locales, oficios tradicionales o proyectos que reutilizan madera quemada tras incendios son los que verdaderamente cuentan una historia distinta.
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