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Cuando hablamos de la obra de Cristo, no debemos pensar solamente en lo que sufrió en la cruz. Cristo vino a salvarnos como nuestro Mediador y Sustituto, y para hacerlo debía cumplir perfectamente toda justicia en nuestro lugar. Su obediencia tuvo dos dimensiones inseparables: obediencia activa y obediencia pasiva. La obediencia activa de Cristo fue su vida perfecta de obediencia a la voluntad del Padre. Desde su nacimiento hasta su último aliento, Jesús cumplió la Ley que nosotros hemos quebrantado. Él amó a Dios perfectamente, amó al prójimo perfectamente y jamás cometió pecado. Por eso pudo decir: «Yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8:29). La obediencia pasiva se refiere a su disposición voluntaria para sufrir y soportar la condena que nuestros pecados merecían. No significa que Cristo fuera pasivo o que simplemente le sucedieran las cosas. Al contrario: se entregó voluntariamente. «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8). Aquí contemplamos la grandeza del sustituto: Cristo obedeció donde nosotros desobedecimos y sufrió donde nosotros debíamos sufrir. Vivió la vida que nosotros no podíamos vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos morir. Por eso podemos decir con profunda gratitud: Cristo no solo murió por nosotros, sino que también vivió por nosotros (y su justicia nos es imputada). Su perfecta justicia es contada como nuestra por medio de la fe. Como enseña Pablo: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co. 5:21). ¡Qué maravilloso intercambio! Nuestra culpa fue puesta sobre Cristo; su justicia es puesta sobre nosotros. Él recibe nuestra condena; nosotros recibimos su aceptación. Él lleva nuestro pecado; nosotros somos vestidos de su justicia. Así, nuestra salvación no descansa en una obediencia incompleta que Dios decidió tolerar, sino en la obediencia perfecta de nuestro Mediador. Cristo no solamente pagó nuestra deuda: también obtuvo para nosotros la justicia necesaria para presentarnos delante de Dios. Por eso, cuando nuestra conciencia nos acusa, no miramos hacia nuestras propias obras buscando suficiente justicia. Miramos a Cristo. Nuestra esperanza no está en lo bien que hemos obedecido, sino en Aquel que fue obediente hasta la muerte. Y porque él obedeció hasta el final, podemos descansar en esta gloriosa verdad: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1). ¡Bendito sea Cristo, nuestro Sustituto, cuya muerte satisface la justicia y cuya vida perfecta constituye nuestra justicia delante de Dios!
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