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Historia
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Acerca de unaVidaReformada
mirando la vida desde la perspectiva de Dios
519 episodios
Sí, Señor
Nuestra «aptitud» para la devoción y el servicio no emana de nuestra propia capacidad, sino que es un fruto del pacto eterno sellado con la sangre de Cristo. La verdadera diligencia consiste en ocuparnos con temor y temblor en nuestra salvación, reconociendo que es Dios quien opera en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Así, el creyente no es un agente pasivo; más bien, al ser equipado por el «Gran Pastor», es impulsado a una laboriosidad ferviente en toda obra buena. Esta diligencia es la evidencia externa de una obra interna: el Dios de paz nos perfecciona y nos mueve a actuar, de modo que nuestro trabajo no es una carga legalista, sino una manifestación de que Su voluntad se está cumpliendo en nosotros para Su gloria eterna. Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga APTOS en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo. (Heb 13:20-21)
El cardio espiritual
En la vida cristiana, la piedad no es un sentimiento pasajero ni un deber religioso estéril. Es el cardio espiritual: el ejercicio continuo y vigoroso de los santos, aquel latido incesante del corazón regenerado que, bajo la soberana gracia del Espíritu Santo, fortalece el carácter, aviva la devoción y produce madurez en Cristo. Como el ejercicio cardiovascular fortalece el músculo del corazón físico, la piedad —entendida como PIEDAD— es el entrenamiento diario que Dios mismo obra en sus hijos para conformarlos a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). Para el creyente, este ejercicio no es un intento legalista de ganar el favor de Dios, sino la respuesta agradecida de un corazón que ya ha sido transformado. “Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:7). Esta no es una sugerencia decorativa, es un mandato. Así como el cuerpo se marchita sin movimiento, el alma se entumece sin disciplina. ¿Cómo luce la piedad? ¿Cuál es la rutina de los llamados de Dios? Son diversos los ejercicios del alma que un cristiano debe practicar, pero todos buscan el mismo fin; magnificar a Cristo y rendir mente, cuerpo, voluntad, conducta y anhelos a Su Señorío. Seis ejercicios espirituales constituyen la búsqueda y práctica de la piedad: {P}LENITUD en Cristo {I}NQUIETUD sin Cristo {E}SPERANZA prevaleciente {D}EPENDENCIA del Señorío {A}MISTAD con Dios {D}ESPRECIO del mal
El enojo de los santos
En la tibieza de nuestra era moderna, se nos ha vendido un evangelio de azúcar y seda, donde la mansedumbre se confunde con la pasividad y el amor con la tolerancia absoluta. Sin embargo, el Dios que adoramos no es un ídolo de porcelana indiferente al mal. El Salmista nos advierte con claridad meridiana: “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal” (Salmo 97:10). La verdadera piedad cristiana —esa devoción profunda y reformada al Dios Trino— no solo nos permite sentir enojo; de hecho, lo exige. No se trata de una furia carnal o un berrinche del ego, sino de una indignación santa.
El cuarto que se fue
He aquí el episodio del primer tiempo del 2026 Memento mori, tempus fugit, carpe diem.
Mi AMIGO Dios
Dios quiso ser nuestro amigo. Pero no le era necesario. No le faltaba nada. No había en Él carencia que suplir ni vacío que llenar. Aun así, se inclinó con una generosidad que desarma cualquier pretensión humana y decidió acercarse, llamarnos suyos, y compartir con nosotros algo más que salvación: comunión. Ya ser rescatados de la ira sería motivo suficiente para estar agradecidos por la eternidad. Pero el Señor no se limitó a sacarnos del abismo; nos sentó a su mesa. La gracia no se detuvo en el perdón, avanzó hasta la AMISTAD.
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