unaVidaReformada
Confesar «Creo en Dios Padre Todopoderoso» es encender el motor de la verdadera oración, la cual, no es un intento de doblar la voluntad divina, sino el despliegue de la confianza en Su soberano diseño. Si Él no fuera nuestro Padre Celestial, nuestro clamor rebotaría en el silencio de un cosmos indiferente; si no fuera Todopoderoso, nuestras lágrimas implorarían a un Dios impotente ante nuestro dolor. Al entrelazar ambas realidades, el Credo nos invita a postrarnos ante Aquel cuyo oído es tan tierno y cuyo brazo es invencible. Vestidos con la justicia de Cristo y auxiliados por los gemidos indecibles del Espíritu Santo, la oración deja de ser un monólogo ansioso para convertirse en acceso confiado al trono de la gracia. No acudes a un monarca distante que debe ser persuadido, sino al Arquitecto del universo que ya ha ordenado Tus oraciones como los santos medios para ejecutar Sus bendiciones decretadas y envueltas en su amor paternal. Por lo tanto, clamar en el valle de la aflicción no es un optimismo ciego; es la certeza inquebrantable de que la fragilidad de tu voz es recibida en el regazo de un Padre cuya omnipotencia está eternamente comprometida con tu bien en Jesucristo. Al decir «Amén», descansas en que el Dios que sostiene las galaxias es el mismo que inclina Su majestad para sostener tu corazón.
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