Extra: de las primaveras árabes a las visiones 2030
El período desde 2001 hasta la actualidad comenzó marcado por la profunda conmoción de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, ejecutados por Al Qaeda y en los que participaron quince ciudadanos saudíes, lo que tensó enormemente las relaciones entre Washington y Riad e inauguró la llamada «Guerra contra el terrorismo». Esta dinámica global propició la invasión estadounidense de Irak en 2003, la cual derrocó a Sadam Husein pero desató una grave inestabilidad sectaria en la región y avivó el yihadismo, provocando que los extremistas islámicos perpetraran una sangrienta ola de atentados dentro de la propia Arabia Saudí entre 2003 y 2004. Años más tarde, la región entera se vio sacudida por la «Primavera Árabe» de 2011, una serie de levantamientos ciudadanos que derrocaron a regímenes autocráticos en Túnez, Egipto, Libia y Yemen, y desencadenaron una cruenta guerra civil en Siria. Las monarquías del Golfo lograron sortear esta oleada revolucionaria combinando aumentos masivos en el gasto social público con férreas medidas de seguridad, llegando Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos a intervenir militarmente en Bahréin para aplastar las protestas populares y evitar la caída de la monarquía de los Al Jalifa. A partir de 2015, con el ascenso del rey Salman y el posterior nombramiento de su hijo Mohamed bin Salman (MBS) como príncipe heredero, Arabia Saudí inició su mayor transformación contemporánea a través del plan estratégico «Visión 2030». Este ambicioso proyecto busca diversificar la economía para superar su histórica dependencia del petróleo fomentando la inversión extranjera, el turismo internacional y megaproyectos de ciudades futuristas como NEOM. Paralelamente, el plan ha impulsado reformas sociales sin precedentes para el conservador reino: se restringieron drásticamente los poderes punitivos de la policía religiosa (los mutaween), se abrieron cines y opciones de entretenimiento público, y se otorgaron derechos históricos a las mujeres, permitiéndoles conducir, viajar sin tutela masculina e integrarse masivamente en la fuerza laboral. En el plano geopolítico, esta etapa actual consagra a las ricas naciones del Golfo como los principales polos de estabilidad y poder de la región, caracterizándose por una política exterior más nacionalista que ha distanciado a Riad de la dependencia automática de Estados Unidos, priorizando sus propios intereses a través de la intervención militar en el Yemen, la gestión de su continua rivalidad con Irán, y un claro acercamiento pragmático hacia potencias como China y Rusia mediante su ingreso en el bloque de los BRICS.