unaVidaReformada
Dios quiso ser nuestro amigo. Pero no le era necesario. No le faltaba nada. No había en Él carencia que suplir ni vacío que llenar. Aun así, se inclinó con una generosidad que desarma cualquier pretensión humana y decidió acercarse, llamarnos suyos, y compartir con nosotros algo más que salvación: comunión. Ya ser rescatados de la ira sería motivo suficiente para estar agradecidos por la eternidad. Pero el Señor no se limitó a sacarnos del abismo; nos sentó a su mesa. La gracia no se detuvo en el perdón, avanzó hasta la AMISTAD.
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