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Podcast von samuel hernández clemente
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La Escritura revela un misterio glorioso: el Dios eterno, santo e infinito, no es un ser lejano ni indiferente, sino que se digna a hacer morada con su pueblo. Desde el principio, el pacto de gracia no solo promete redención, sino también comunión: “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lev. 26:12). Esta es la esencia del pacto: no solo recibir beneficios espirituales, sino recibir a Dios mismo. A diferencia de los ídolos paganos, que siempre permanecen mudos, ausentes y confinados a templos de piedra, el Dios verdadero se acerca a su pueblo, camina en medio de él y habita en sus corazones. Los dioses de las naciones necesitan que se les cargue, se les alimente o se les defienda; el Dios del pacto, en cambio, sostiene, alimenta y defiende a los suyos. La historia de la redención es la historia de la presencia de Dios con su pueblo: en el Edén, el Señor caminaba con Adán; en el desierto, su gloria llenaba el tabernáculo; en Jerusalén, habitó en el templo; en la plenitud de los tiempos, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14). Y ahora, bajo el nuevo pacto, Cristo asegura: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mt. 28:20). Esta cercanía no es un símbolo, sino una realidad pactual que se consuma en la promesa final: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres… y Él morará con ellos” (Ap. 21:3). Este habitar de Dios no es solo una metáfora piadosa; es la verdad que sostiene nuestra fe. Somos templo vivo del Espíritu, señal de que el Señor no alquila espacio en nuestras vidas, sino que toma posesión de ellas. ¡Qué contraste con las religiones de este mundo, cuyos dioses son tan distantes como fríos, tan exigentes como incapaces de amar! El Dios del pacto no se queda en el cielo mirando con indiferencia: Él desciende, se involucra y se une a nosotros en Cristo.

En un mundo saturado de placebos espirituales y “remedios alternativos” que la industria del cristianismo superficial vende a granel, la iglesia necesita un tratamiento radical y divinamente recetado: la Pactomicina. No, no la encontrará en farmacias naturistas ni en conferencias de autoayuda; esta medicina se administra en las Escrituras, bajo la dirección del Espíritu, y tiene como principio activo la doctrina del pacto de gracia, el hilo rojo que recorre toda la Biblia y que sana las dolencias crónicas de un pueblo olvidadizo, tibio y muchas veces confundido. La doctrina del pacto no es una pomadita que se unta de vez en cuando para calmar el ardor de la conciencia, ni un ungüento cosmético que mejora la apariencia externa de la iglesia. No es un accesorio teológico ni un lujo de eruditos; es la quimioterapia radical del alma, que penetra hasta lo más profundo de nuestra devoción, sana nuestra doxología, dirige nuestra predicación y moldea nuestro estilo de vida. El pacto no se roza por fuera, se inyecta en las venas de la fe. Solo así la iglesia se mantiene viva, porque lo que está en juego no es un tratamiento opcional, sino la diferencia entre languidecer en la religiosidad o vivir fortalecidos en Cristo, el Mediador del pacto eterno. No busquemos jarabes de moda ni inyecciones de autoayuda. El remedio está en Cristo, Mediador del nuevo pacto. “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31:33).

El libro de Hebreos es, quizá, uno de los himnos más majestuosos a la supremacía de Cristo. En sus páginas, el Espíritu Santo eleva nuestros ojos al único en quien se concentra toda esperanza, gozo y gloria del creyente. Allí no hay espacio para jactancias humanas, ni para glorias prestadas; solo Cristo permanece como centro, como Rey, como Sumo Sacerdote eterno. El autor de Hebreos insiste en que “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Heb. 1:1-2). Este Hijo no es un mensajero cualquiera, no es un profeta más: es el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su sustancia. Nuestra gloria no puede ser otra que la suya, porque Él es la gloria encarnada del Padre. La dignidad de Cristo supera la de los ángeles, de Moisés, de Aarón y de todo el sistema levítico. Mientras los antiguos sacerdotes ofrecían sacrificios repetidos e ineficaces, Cristo “se ofreció una vez para siempre, habiendo obtenido eterna redención” (Heb. 9:12). En este acto único se concentra todo el honor y la esperanza del pueblo de Dios. La gloria del creyente no consiste en su piedad personal, en sus obras o en sus méritos, sino en la sangre derramada de Cristo que abre camino al trono de la gracia. El llamado de Hebreos es claro: “mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió” (Heb. 10:23). La gloria del cristiano no se mide en riquezas, títulos o reconocimientos, sino en la firmeza con que se aferra al Hijo de Dios. Todo lo demás es hojarasca que el viento lleva; solo Cristo es roca inconmovible. Hebreos nos recuerda que nuestra carrera no es hacia la fama terrenal, sino hacia el reposo eterno: “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). Él es el gozo que sostiene nuestra peregrinación, el motivo de nuestra alabanza, y la corona que un día recibiremos no por haber vencido con nuestra fuerza, sino porque “Él venció”.

Cuando el Señor plantó a Israel en la tierra prometida, no solo le dio límites geográficos, sino fronteras espirituales y culturales. Les dijo con claridad: “No haréis alianza con ellos ni con sus dioses” (Éx. 23:31-33). La advertencia era clara: el peligro no estaba solo en los ejércitos de los pueblos vecinos, sino en sus dioses falsos, sus costumbres corruptas y su cultura idólatra. El pueblo de Dios debía ser diferente, un pueblo santo, consagrado, separado para Él. Detrás de este mandato estaba el celo santo de Dios. Un celo que no tolera rivales, pues la idolatría es adulterio espiritual: quebrantar el pacto y escoger la infidelidad en lugar de la consagración al Señor (Éx. 34:12-16). Este celo no es capricho, sino amor protector: Dios sabía que si su pueblo se mezclaba con las prácticas de las naciones, terminaría esclavizado por ellas, intercambiando la gloria del Dios vivo por baratijas paganas. Y lo que Dios exigió a Israel sigue siendo su demanda para nosotros hoy. Los cristianos no somos llamados a mimetizarnos con el mundo, ni a copiar sus hábitos de frivolidad, mundanalidad y carnalidad. Somos llamados a una vida contracultural, a caminar a contracorriente, a ser “pueblo santo, adquirido por Dios” (1 P. 2:9). El autor de Hebreos nos recuerda que esta santidad a contracorriente se enmarca en el Nuevo Pacto, y nos presenta tres dimensiones de la obra de Dios en su pueblo: rescatar, educar y separar. Los mandatos del Señor no son una carga que lamentar, sino una luz que guía y protege. Son como las barandas en un puente estrecho: no limitan, sino preservan la vida. Y si bien el camino de la santidad es estrecho y cuesta arriba, es el único que conduce a la vida. No hay lugar para neutralidades ni medias tintas: “El que es amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Ser amigo de Dios es declararse adversario del pecado, del engaño y de la corriente de este mundo. Así que, hermano en Cristo, recuerda: la santidad no es un lujo opcional, sino la identidad misma del pueblo de Dios. Ser santo es caminar contra la corriente, pero no lo hacemos solos: caminamos con Cristo, el Capitán de nuestra salvación, quien ya venció al mundo.

"Y guardaré mi pacto contigo, y tú sabrás que yo soy Jehová" (Ezequiel 16:62) La vida cristiana no es un acuerdo entre iguales, sino la respuesta humilde y gozosa a la iniciativa de un Dios que, desde la eternidad, determinó salvar a un pueblo para la gloria de Su Nombre. Este compromiso se llama Pacto de Gracia, y su Mediador es Jesucristo, el Esposo fiel que vino a rescatar, purificar y preservar a Su Iglesia hasta el día de la consumación. Guardar el pacto es vivir en dependencia, gratitud y obediencia a Él. 1. Dios tomó la iniciativa. No fuimos nosotros quienes buscamos el pacto; fue Dios quien, en soberanía, nos buscó y nos amó primero (1 Jn. 4:19). La gracia no es una puerta que nosotros abrimos, es un brazo que nos levanta de entre los muertos y nos lleva al hogar del Padre. “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Lev. 26:12) no es un contrato negociado, sino un decreto firmado con sangre en la cruz. Nuestra fidelidad es siempre respuesta a Su fidelidad primera. 2. Dios no es polígamo. En todo el plan de redención, Dios no ha tenido “muchos pueblos” separados, cada uno con su camino de salvación. Desde Abraham hasta la Iglesia glorificada, hay un solo rebaño y un solo Pastor (Jn. 10:16). La historia de la redención es la historia de un Esposo fiel que no divide Su amor entre rivales; Él unió a judíos y gentiles en un solo cuerpo bajo Cristo (Ef. 2:14-16). Guardar el pacto es vivir conscientes de nuestra unidad en Él. 3. El amor de Dios NO es incondicional. Es cierto: no podemos ganarnos el amor de Dios. Pero también es cierto: Su amor demanda santidad. El Pacto de Gracia no es licencia para pecar, sino poder para obedecer (Tit. 2:11-12). Cristo no murió para que fuéramos neutrales, sino para que caminemos en “nueva vida” (Rom. 6:4). Un pacto sin obediencia es traición; una gracia que no transforma es una falsificación. 4. El patriarcado DIVINO bendice, no oprime. En un mundo que sataniza la autoridad, el señorío de Cristo se presenta como refugio y no como yugo opresor. El Pacto de Gracia nos recuerda que Dios es Padre y Esposo, proveedor y protector. Su autoridad es la de un Pastor que pone Su vida por las ovejas (Jn. 10:11). Vivir bajo Su gobierno no aplasta, sino que eleva; no esclaviza, sino que libera. 5. Cristo vino por una esposa, no por una meretriz. El pacto no es un noviazgo informal; es un matrimonio eterno. Cristo no busca una esposa adúltera que coquetee con el mundo, sino una Iglesia “gloriosa, sin mancha ni arruga” (Ef. 5:27). Guardar el pacto implica rechazar toda infidelidad doctrinal, moral y espiritual. Él pagó con Su sangre por una novia santa, y no la compartirá con ídolos. Una boda en preparación. El Cordero volverá pronto por su esposa, la Iglesia: santa y bendita. Guardar el pacto no es cargar una cadena, sino portar un anillo de compromiso con el Rey de reyes. Significa vivir cada día recordando que Él es nuestro Dios y nosotros somos Su pueblo. Y como esposa amada, la Iglesia responde con devoción, pureza y gratitud, porque su Esposo es fiel y digno.