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"Un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4:5). Con estas palabras, el apóstol Pablo recuerda que la iglesia no solo comparte una misma doctrina, sino también una misma identidad. El bautismo no es un simple rito religioso ni una tradición eclesiástica; es un signo visible instituido por Cristo que proclama las realidades invisibles de su gracia y fortalece la fe del pueblo del pacto. En primer lugar, el bautismo es OBEDIENCIA. Nuestro Señor ordenó: "Id, y haced discípulos... bautizándolos" (Mateo 28:19). Quien recibe el bautismo confiesa públicamente que desea caminar bajo el señorío de Cristo, sometiéndose con gratitud a su voluntad. No nos bautizamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido llamados por Aquel que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra. El bautismo también es SELLO. Como la circuncisión fue la señal del pacto en la antigua administración, el bautismo es ahora la señal visible del pacto de gracia (Colosenses 2:11-12). No produce automáticamente la salvación, pero identifica al creyente con el pueblo del Señor y le recuerda que pertenece al Dios que hace promesas y permanece fiel para cumplirlas. Es una marca de pertenencia al reino de Cristo y a su iglesia visible. Asimismo, el bautismo representa LAVAMIENTO. El agua no limpia el pecado por sí misma, sino que simboliza la purificación que el Espíritu Santo realiza por la obra redentora de Cristo (Tito 3:5; Ezequiel 36:25-27). Cada vez que contemplamos un bautismo recordamos que solo el Señor puede limpiar la conciencia, renovar el corazón y capacitarnos para vivir en santidad. El bautismo también expresa VÍNCULO. Por medio de Cristo no solo somos reconciliados con Dios, sino incorporados a un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). El bautismo declara que ya no caminamos solos: pertenecemos a una familia espiritual, compartimos una misma fe y servimos juntos como un solo pueblo. La comunión de los santos no es un accesorio de la vida cristiana, sino una consecuencia del evangelio que el bautismo anuncia. Finalmente, el bautismo señala nuestra ESPERANZA. Al identificarnos con Cristo en su muerte y resurrección (Romanos 6:3-5), confesamos que aguardamos el cumplimiento pleno de todas sus promesas. Miramos hacia el día en que la santificación será perfecta, el pecado desaparecerá para siempre y el pueblo redimido vivirá eternamente con su Salvador. Así, el bautismo no solo recuerda la gracia recibida, sino que también dirige nuestra mirada hacia la gloria venidera. “Un solo bautismo” nos recuerda, entonces, una sola obediencia, un solo pacto, una sola limpieza, un solo pueblo y una sola esperanza. Quienes han sido marcados con esta señal son llamados a vivir de manera digna del evangelio, perseverando en la fe hasta el día en que aquello que hoy confesamos por medio del signo será contemplado plenamente en la presencia de nuestro Señor.
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