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SOBRIOS PARA LA BATALLA “sed sobrios y velad” (1 Pedro 5:8) no es sugerencia, es estrategia de guerra. La sobriedad, en su esencia, no se limita a la abstinencia de sustancias, sino que se define así: cuando no somos dominados por el mal, sino por la santidad y el gozo de Cristo. El ebrio —sea de vino, de pasiones o de su propio ego— pierde la lucidez del alma, y un corazón sin gobierno es plaza abierta para el enemigo. El ebrio, en su necedad y desesperación, los bebe todos los vicios y deleites carnales. Pero el cristiano sobrio, gobernado por el Espíritu (Efesios 5:18), camina con mente clara y afectos ordenados, no anestesiado por el mundo sino vivificado por la gracia. Nadie conquista tentaciones dormido, ni vence el pecado con los sentidos embotados; la santidad no florece en la niebla, sino en la vigilante claridad de un alma rendida a Cristo, donde el gozo no embriaga para perderse, sino que fortalece para pelear y perseverar.
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