ABRIENDO LOS OJOS - Reflexiones desde la periferia
Vivimos en un mundo en el que queremos proyectar una imagen, o más bien aparentar lo que no somos. Estamos en una constante insatisfacción y mucho de lo que nos rodea nos molesta y nos irrita, además de vivir en un continuo conflicto íntimo que nosotros mismos alimentamos. No nos damos cuenta que la verdadera batalla no es con las personas, sino contra nuestros propios miedos, impulsos y debilidades. Nos hallamos en una constante lucha interior, que nos impide sentirnos bien. Anhelamos como nos gustaría que fuera el mundo inmediato que nos rodea, nuestro entorno, incluso como lo gobernaríamos, cuando somos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos. Frente a la adversidad y ante lo que nos molesta del otro solo existe una actitud, mantener la virtud, el raciocinio, que nos es lo mismo que la razón, y el autocontrol. Y una terapia excelente es conocernos a nosotros mismos, saber nuestros defectos y cómo nos ven lo más íntimos allegados nuestras imperfecciones. Que nos pongan delante ese espejo al que no nos gusta mirarnos, porque nos avergonzaríamos de la realidad que nos muestra. A partir de ese momento comienza un nuevo camino, una nueva dirección que deja atrás los pesos ajenos, lo que te envenena el alma. Porque, nos damos cuenta que lo que nos solivianta y nos incomoda del otro lo tenemos como uno de nuestros principales rasgos, o lo que es peor incluso, que nos fastidien sus virtudes, simplemente porque nos la tenemos, es decir, porque las envidiamos. O lo que ya es el remate, ponernos de ejemplo ante cualquier hecho, acontecimiento o forma de actuar, para denigrar o minusvalorar la capacidad del otro, si darnos cuenta que actuamos como un auténtico ególatra. El reconocerte y perdonarte a ti mismo es el cese del odio a los demás, superar la indulgencia que se resiste al cambio del “yo soy así”, y “no puedo evitarlo”.
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