ABRIENDO LOS OJOS - Reflexiones desde la periferia
La crítica siempre es saludable, en cuanto a ejercer la individualidad del pensamiento propio y cuestionarse la politización a la que tienden los poderes fácticos y no fácticos, de la vida privativa de cada persona. La crítica es exponer argumentos que refuten los criterios de ser gobernados pastoralmente, como borregos de distintos rebaños a donde pretenden siempre conducirnos. La crítica razonada permite constituirnos como auténticos sujetos de una sociedad y no objetos, ya que los que manejan los hilos, siempre procurarán colectivizarnos. La crítica, en este contexto, siempre será una luz que emerge, una voz que clama y se alza por encima de una multitud compacta, que necesita porosidades para oxigenarse. La crítica es eso, oxígeno para el pensamiento único, para el falso ideal dirigido que pretende gobernarnos bajo una ilusoria sensación de seguridad, a través de normas y más normas, en cuyo incumplimiento siempre hay detrás amenazas y un claro afán recaudatorio. No nos damos cuenta de que vivimos siempre con ese miedo, a la sanción, por encima de nosotros, que lo domina todo, y esta puede ser económica o de rechazo. Cada ley, cada norma..., redactada ad hoc concluye en un régimen sancionador, en la que casi siempre tenemos todas la de perder. Cada vez nos sentimos más vigilados, prácticamente vivimos en un estado policía de carácter totalitario, disfrazado de pseudodemocracia, donde el más débil es el individuo, al que incluso pretenden controlar su libre pensamiento, y donde el Estado actúa como un poder, cada vez más creciente, de intervención racional y calculada sobre el individuo, que otros llaman, ciudadano...
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