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Unida, ungida y universal

47 min · I går
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El Espíritu Santo habita en la Iglesia. Él es quien reúne lo que el pecado dispersó, santifica lo que Cristo redimió y preserva hasta el fin al pueblo que el Padre escogió. La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por afinidades humanas, sino una creación sobrenatural del Dios trino. Si el Padre la eligió desde antes de la fundación del mundo y el Hijo la compró con su propia sangre, el Espíritu Santo la llama, la congrega, la vivifica y la guarda. Por ello, la Iglesia confiesa desde los primeros siglos ser una, santa y universal. Estas no son aspiraciones piadosas, sino realidades producidas por la obra del Espíritu. La Iglesia es una porque "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu" (Efesios 4:4). Su unidad no nace de estructuras eclesiásticas, consensos políticos ni uniformidad cultural. Procede de la unión vital con Cristo, la Cabeza de la Iglesia. El mismo Espíritu que regeneró a cada creyente los bautizó en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Allí donde el evangelio es fielmente predicado y los sacramentos son administrados conforme a la institución de Cristo, el Espíritu sigue reuniendo a sus elegidos desde toda lengua, tribu y nación. La verdadera unidad no sacrifica la verdad para conservar la paz; preserva la paz porque permanece en la verdad. La Iglesia es santa porque pertenece al Dios tres veces santo. Su santidad no consiste en la impecabilidad de sus miembros, sino en haber sido apartada para Dios mediante la sangre de Cristo y en ser continuamente transformada por la obra santificadora del Espíritu. El Consolador no solo convence de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8), sino que también conforma progresivamente a los redimidos a la imagen del Hijo (2 Corintios 3:18). Una Iglesia sin santidad contradice su confesión; pero una Iglesia que lucha contra el pecado, se arrepiente y persevera manifiesta la fidelidad del Espíritu que no abandona la obra que comenzó. La Iglesia es universal porque el Reino de Cristo no conoce fronteras nacionales, étnicas ni temporales. El Espíritu Santo derribó el muro de separación entre judíos y gentiles y continúa llamando a hombres y mujeres de todos los pueblos para incorporarlos al mismo cuerpo. Esta universalidad también trasciende las generaciones: la Iglesia de hoy no es distinta de la Iglesia apostólica ni está desconectada de los santos que ya descansan en Cristo. Existe un solo pueblo del pacto, una sola fe, un solo Señor y una sola esperanza. Por eso confesamos con gratitud que la Iglesia permanecerá hasta el fin. No porque sea fuerte en sí misma, sino porque el Espíritu Santo es fiel. Él preserva la verdad frente al error, sostiene a los santos en medio de la persecución y levanta continuamente una generación que proclame las virtudes de Aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia (Mateo 16:18), no porque sus miembros sean invencibles, sino porque el Espíritu del Dios vivo mora en ella.

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Unida, ungida y universal

El Espíritu Santo habita en la Iglesia. Él es quien reúne lo que el pecado dispersó, santifica lo que Cristo redimió y preserva hasta el fin al pueblo que el Padre escogió. La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por afinidades humanas, sino una creación sobrenatural del Dios trino. Si el Padre la eligió desde antes de la fundación del mundo y el Hijo la compró con su propia sangre, el Espíritu Santo la llama, la congrega, la vivifica y la guarda. Por ello, la Iglesia confiesa desde los primeros siglos ser una, santa y universal. Estas no son aspiraciones piadosas, sino realidades producidas por la obra del Espíritu. La Iglesia es una porque "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu" (Efesios 4:4). Su unidad no nace de estructuras eclesiásticas, consensos políticos ni uniformidad cultural. Procede de la unión vital con Cristo, la Cabeza de la Iglesia. El mismo Espíritu que regeneró a cada creyente los bautizó en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Allí donde el evangelio es fielmente predicado y los sacramentos son administrados conforme a la institución de Cristo, el Espíritu sigue reuniendo a sus elegidos desde toda lengua, tribu y nación. La verdadera unidad no sacrifica la verdad para conservar la paz; preserva la paz porque permanece en la verdad. La Iglesia es santa porque pertenece al Dios tres veces santo. Su santidad no consiste en la impecabilidad de sus miembros, sino en haber sido apartada para Dios mediante la sangre de Cristo y en ser continuamente transformada por la obra santificadora del Espíritu. El Consolador no solo convence de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8), sino que también conforma progresivamente a los redimidos a la imagen del Hijo (2 Corintios 3:18). Una Iglesia sin santidad contradice su confesión; pero una Iglesia que lucha contra el pecado, se arrepiente y persevera manifiesta la fidelidad del Espíritu que no abandona la obra que comenzó. La Iglesia es universal porque el Reino de Cristo no conoce fronteras nacionales, étnicas ni temporales. El Espíritu Santo derribó el muro de separación entre judíos y gentiles y continúa llamando a hombres y mujeres de todos los pueblos para incorporarlos al mismo cuerpo. Esta universalidad también trasciende las generaciones: la Iglesia de hoy no es distinta de la Iglesia apostólica ni está desconectada de los santos que ya descansan en Cristo. Existe un solo pueblo del pacto, una sola fe, un solo Señor y una sola esperanza. Por eso confesamos con gratitud que la Iglesia permanecerá hasta el fin. No porque sea fuerte en sí misma, sino porque el Espíritu Santo es fiel. Él preserva la verdad frente al error, sostiene a los santos en medio de la persecución y levanta continuamente una generación que proclame las virtudes de Aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia (Mateo 16:18), no porque sus miembros sean invencibles, sino porque el Espíritu del Dios vivo mora en ella.

Yesterday47 min
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Santificado sea tu pueblo

El Espíritu Santo no solo regenera individuos; Él edifica un pueblo. Desde Pentecostés hasta el día glorioso del regreso de Cristo, el Espíritu reúne, vivifica, preserva y perfecciona a la santa Iglesia universal, ese pueblo comprado por la sangre del Cordero «de todo linaje y lengua y pueblo y nación» (Apocalipsis 5:9). La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por entusiasmo humano, sino «edificio de Dios» (1 Corintios 3:9), «templo del Espíritu Santo» (Efesios 2:21-22) y «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 Pedro 2:9). La identidad de la Iglesia descansa en la obra del Espíritu. Él aplica eficazmente los méritos de Cristo a los elegidos, los incorpora al cuerpo del Señor y los sella «para el día de la redención» (Efesios 4:30). Por eso la confesión histórica de la Iglesia afirma que creemos en «la santa Iglesia universal». Su santidad no nace de la impecabilidad de sus miembros, sino de la consagración que Dios ha obrado en ellos por pura gracia.

30. juni 202653 min
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Habló por los profetas

Cuando confesamos que el Espíritu Santo "habló por los profetas", estamos afirmando una de las verdades más consoladoras de la fe cristiana: Dios no permaneció en silencio. El Dios infinito, santo e incomprensible descendió con infinita condescendencia para darse a conocer a criaturas finitas, caídas y rebeldes. La revelación no nació de la búsqueda del hombre por Dios, sino de la misericordia de Dios hacia el hombre. El pecado había oscurecido nuestro entendimiento y torcido nuestro corazón. Jamás habríamos encontrado el camino de regreso al Señor si Él no hubiera tomado la iniciativa de hablarnos. Por eso, el Espíritu Santo movió a los profetas y, más tarde, a los apóstoles para que escribieran, no sus propias especulaciones, sino la misma Palabra de Dios. Como declara el apóstol Pedro: "Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1:21). Las Escrituras son, entonces, el don misericordioso mediante el cual Dios nos comunica la verdad acerca de Sí mismo, desenmascara nuestra condición de pecado, revela el único camino de redención en Jesucristo y nos guía en la senda de la vida. En ellas encontramos la sabiduría que conduce a la salvación y la voz del Buen Pastor que sigue llamando a sus ovejas. La inspiración divina garantiza que la Biblia posee la autoridad de su Autor. No es simplemente un registro humano de experiencias religiosas, sino la Palabra de Dios expresada por medio de autores humanos, preservados por el Espíritu Santo para comunicar fielmente todo cuanto Dios quiso revelar para nuestra salvación y santificación. Acerquémonos, pues, a las Escrituras con reverencia, gratitud y obediencia. Cada página nos recuerda que el Dios que pudo haber guardado silencio decidió hablar; el Dios que pudo habernos dejado en nuestras tinieblas encendió la luz de su verdad; el Dios que pudo condenarnos sin más nos mostró, en su Palabra, el camino de la vida eterna en Cristo. ¡Qué inmensa misericordia que el Espíritu Santo haya hablado por los profetas!

26. juni 202655 min
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Espíritu Santo, Señor y dador de vida

El Espíritu Santo es «Señor y Dador de vida». Este título une la soberanía de la Deidad con la experiencia diaria de la gracia en el creyente. ¿Quién es el Espíritu Santo? {1} La Tercera Persona de la Trinidad: Plenamente Dios El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal, una energía mística ni la "influencia" de Dios en el mundo. Él es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, coeterno, coigual y consustancial con el Padre y el Hijo. Posee intelecto, voluntad y emociones, y comparte los mismos atributos divinos de omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia. Como bien señalaba Juan Calvino, adorar a Dios en verdad requiere reconocer que el Espíritu posee la misma esencia divina. Negar su personalidad o su deidad es fracturar nuestra comprensión de la comunión con el Dios Trino. {2} El Agente de la Redención Aplicada En el pacto de la redención, el Padre planifica la salvación y el Hijo la logra en la cruz. Sin embargo, los beneficios de esa obra perfecta quedarían fuera de nuestro alcance si no fuera por el Espíritu Santo. Él es el agente soberano que aplica la obra de Cristo al corazón del elegido. En nuestra regeneración: El Espíritu Santo rompe la dureza de nuestro corazón y nos da vida espiritual cuando estábamos muertos en delitos y pecados. El Espíritu Santo nos provee unión con Cristo: Nos injerta en la Vid Verdadera, permitiendo que la justicia, la adopción y la santificación logradas por Jesús pasen a ser legal y vitalmente nuestras. Sin la operación interna del Espíritu, la cruz sería un evento histórico lejano; por su gracia, es una realidad transformadora hoy. {3} El Consolador, Guía y Guardián de la Iglesia Cristo prometió no dejarnos huérfanos y nos envió al Paracletos, el Consolador. En medio de un mundo caído y plagado de aflicciones, el Espíritu Santo es nuestro Abogado y Consolador permanente. Su ministerio actual es de una fidelidad inquebrantable: Nos guía a la verdad: Ilumina las Sagradas Escrituras para que discernamos la voluntad del Padre. Nos guarda: Actúa como el sello y la garantía (arras) de nuestra herencia eterna, preservándonos en la fe. Nos sostiene hasta el Retorno: Intercede por nosotros con gemidos indecibles y nos capacita para perseverar en santidad. Hasta que nuestro Salvador regrese en gloria a reclamar a Su Esposa, la Iglesia no camina sola. El Espíritu Santo nos une a Cristo, nos consuela en la prueba y asegura nuestro destino eterno.

20. juni 202641 min