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El Espíritu Santo no solo regenera individuos; Él edifica un pueblo. Desde Pentecostés hasta el día glorioso del regreso de Cristo, el Espíritu reúne, vivifica, preserva y perfecciona a la santa Iglesia universal, ese pueblo comprado por la sangre del Cordero «de todo linaje y lengua y pueblo y nación» (Apocalipsis 5:9). La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por entusiasmo humano, sino «edificio de Dios» (1 Corintios 3:9), «templo del Espíritu Santo» (Efesios 2:21-22) y «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 Pedro 2:9). La identidad de la Iglesia descansa en la obra del Espíritu. Él aplica eficazmente los méritos de Cristo a los elegidos, los incorpora al cuerpo del Señor y los sella «para el día de la redención» (Efesios 4:30). Por eso la confesión histórica de la Iglesia afirma que creemos en «la santa Iglesia universal». Su santidad no nace de la impecabilidad de sus miembros, sino de la consagración que Dios ha obrado en ellos por pura gracia.
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