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Lucía era una mujer sencilla. Vivía sola en una casa al borde del campo, lejos del ruido de la ciudad, rodeada de naturaleza y silencio. Tenía veintinueve años y trabajaba desde casa. No creía en fantasmas, ni en cosas extrañas. Nunca le había pasado nada fuera de lo normal. Su vida era tranquila, incluso rutinaria. Pero todo cambió una noche que empezó como cualquier otra. Ese día por la tarde, mientras preparaba café, la luz se fue de golpe. No fue un gran susto. En esa zona rural los apagones eran frecuentes. Todavía había claridad afuera, así que no se preocupó demasiado. Pero a medida que oscurecía, empezó a sentirse incómoda. Una sensación extraña le apretaba el pecho. No era una razón concreta, sino algo en el ambiente, como si el aire pesara más de lo normal. Cuando cayó la noche, el campo quedó completamente oscuro. No había luna, ni faroles, ni luces lejanas de vecinos. Solo el sonido de los grillos, y un silencio espeso que parecía observarla. Cerró las ventanas, echó pestillo a la puerta, y encendió una vela en su habitación. Trató de distraerse leyendo un poco, hasta que el sueño la venció. Pasada la medianoche, cuando el silencio era absoluto, escuchó un golpe seco en la puerta de su cuarto. Pensó que quizás era el viento. Pero entonces volvió a sonar, más claro. Golpes suaves, uno tras otro. Se quedó quieta, con los ojos abiertos, sin moverse. Luego escuchó una voz. Era baja, profunda, apenas un susurro. Dijo: “Lucía… soy yo… tu papá”. Ella se congeló. Su padre había muerto hacía ocho años. Ella misma había estado en su entierro. Reconocía esa voz. Era imposible. Quiso pensar que era un sueño, o que estaba confundida. Pero los golpes continuaban. La vela seguía encendida. Todo era demasiado real. Reuniendo todo el valor que pudo, se levantó y caminó hacia la puerta. Abrió lentamente. Y allí estaba. Un hombre alto. Muy alto. Totalmente desnudo. De piel rosada, pálida, como si no hubiera visto el sol en años. Tenía el cabello largo, lacio, pegado al rostro. Sus ojos eran opacos, sin brillo, vacíos, como si no tuviera alma. No hablaba. Solo la miraba. Lucía no pudo moverse. Un olor nauseabundo llenó el cuarto. No era sudor, ni suciedad. Era un olor penetrante a carne podrida, a algo que llevaba tiempo descomponiéndose. Y venía de él. De su cuerpo, de sus partes. Era insoportable. Sin pensar, Lucía cerró la puerta de golpe y corrió de vuelta a su habitación. Echó el seguro por dentro y se quedó ahí toda la noche, temblando, con la vela encendida y los oídos agudos, escuchando cada sonido del exterior. No volvió a escucharlo hablar, pero creyó oír pasos rodeando la casa. Rasguños suaves. Respiraciones. Al amanecer, cuando por fin salió el sol y volvió la electricidad, se atrevió a abrir. No había nadie. Ninguna huella, ningún rastro, nada fuera de lugar. Solo silencio. Contó lo que vio. Algunos se rieron, otros pensaron que lo había soñado. Pero ella sabía la verdad. Lo que vio esa noche no era un sueño, ni una ilusión. Era real. Porque hasta hoy, hay noches en que, cuando se va la luz, el olor a carne podrida vuelve. Sutil, como si se colara por debajo de la puerta. Y cada vez que lo siente, Lucía recuerda la mirada de ese hombre. Ese ser. Ese algo. Que tocó su puerta y usó la voz de su padre.
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