HackSureste Ciudad del Carmen – Parte 1: Una Jaula de Oro
El inicio de una aventura inesperada
Tras organizar HackSureste por segunda vez en Mérida —con mejor producción, más aliados y más participantes— recibí una invitación algo inusual.
Un par de empresarios de Ciudad del Carmen me citaron en un restaurante de esos que parecen sacados del meme de Los Simpson:
"Qué elegancia la de Francia."
Hasta ese momento, eran completos desconocidos.
Pero desde el primer encuentro, me impresionaron: visionarios, innovadores, disruptivos.
Con el tiempo se volverían mentores… y amigos.
Esa tarde, sin embargo, eran solo un par de extraños que despertaron mi curiosidad.
Y mi curiosidad, como siempre, fue más atrevida que prudente: acepté la invitación a comer.
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La propuesta
Durante la conversación, me contaron que tenían una empresa en Ciudad del Carmen.
No trabajaban directamente con Pemex, pero colaboraban con sus proveedores, especialmente en temas de ciberseguridad.
Yo, mientras tanto, no dejaba de preguntarme:
¿Qué buscaban? ¿Por qué me habían citado?
Y entonces, uno de ellos lanzó la pregunta que lo cambió todo:
"Oye, Diego… ¿qué se necesita para hacer esto que hiciste en Mérida, pero en Ciudad del Carmen?"
Me quedé unos segundos en silencio.
Pensando.
Ciudad del Carmen: la ciudad petrolera por excelencia.
Donde todo gira alrededor de las plataformas, los barcos, el crudo.
Donde los sueldos en ciertas industrias pueden superar los $40,000 mensuales… sin necesidad de un título universitario.
Y pensé:
¿Un hackatón… en Ciudad del Carmen?
Qué oportunidad tan curiosa. Qué lugar tan inesperado.
Un desafío interesante
Una ciudad no precisamente reconocida por la innovación, sino por el constante flujo de petróleo y efectivo.
¿Con qué propósito se haría un hackatón ahí?
Lo que les respondí fue una de mis frases favoritas:
"Se necesitan dos cosas: ganas y dinero. Y si falta una, la otra la compensa."
Desde Mérida, siempre vi a Ciudad del Carmen como una ciudad resuelta.
No era la capital del estado, pero sí la capital económica de Campeche.
Nunca la visualicé como un lugar para innovar.
Pensaba en Mérida, Campeche y Cancún como las tres capitales del sureste.
Pero Ciudad del Carmen… esa se me había escapado.
Me faltó visión.
Y me tomó por sorpresa.
La vulnerabilidad de un modelo económico
Pero cuanto más lo pensaba, más claro se volvía:
Que todo gire en torno a un solo recurso —el petróleo— no es una fortaleza.
Es una vulnerabilidad.
Este patrón se repite en otros puntos del sureste: Cancún con el turismo, por ejemplo.
Una sola narrativa.
Un solo plan.
Todo lo demás queda relegado.
Y esa es una fórmula para el desastre.
Cualquier centro económico que dependa de una sola fuente está en riesgo.
Así que sí:
Vamos a hacer un hackatón. Un HackSureste en Ciudad del Carmen.
Todo se decidió ahí mismo.
Y comenzamos a trabajar.
Y entonces… apareció la jaula de oro
En mis primeras visitas a la ciudad, me reuní con directivos de la Universidad Autónoma de Ciudad del Carmen, la institución académica más importante de la zona.
Ellos también tenían una necesidad: rehabilitar su imagen tras haber sido golpeada por el escándalo de la Estafa Maestra.
Querían posicionarse como un nuevo faro de innovación.
Y fue ahí donde me llevé una de las primeras sorpresas de toda esta travesía.
Los directivos y profesores me hablaron de un dato alarmante:
El índice de deserción universitaria era altísimo.
El ciclo de la dependencia
Los jóvenes abandonaban sus estudios para tomar cursos técnicos en asociaciones industriales.
¿Por qué?
Porque querían trabajar en plataformas petroleras.
Ganar bien.
Incorporarse rápido al mercado laboral.
Y jubilarse en un par de décadas.
No por éxito.
Sino porque sus pulmones no aguantaban más.
Expuestos a gases tóxicos.
Sin alternativas.
Sin protección.
Un ciclo que se repetía, generación tras generación.
Una jaula de oro.
Diseñada especialmente para Ciudad del Carmen.
Sembrando una semilla de cambio
Este modelo había creado una cultura en la que la innovación y el emprendimiento eran vistos como lujos innecesarios.
La promesa petrolera lo justificaba todo:
La falta de visión, la pasividad institucional, el miedo a diversificar.
Pero desde mi perspectiva, la necesidad era clara.
No es que no necesitaran un hackatón.
Es que nadie les había enseñado a imaginar algo distinto.
Y esa fue la semilla que decidí plantar.
Continuará...
¿Te gustaría leer la segunda parte?
En la próxima entrega te cuento qué pasó cuando dijimos sí al reto:
cómo lo ejecutamos, qué resistencias enfrentamos y qué semillas se quedaron sembradas.
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Nos leemos pronto.
Y mientras tanto… sigamos haciendo que las cosas pasen.
— Diego
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