Escribir para vivir
I. Boca no teme luchar
Nací en una casa con ciertas reglas establecidas, una de esas — quizá la primera que recuerdo — es que lo nuestro era nuestro y que de lo nuestro no tenían por qué enterarse los demás. Arranco por ahí porque es por eso que quizá para muchos –incluso gente que conoce mi casa–, no sea ni obvio, ni aparente, que la puerta de mi casa siempre ha sido un portal espacial a un lugar que no es de forma estricta México, tampoco se puede decir que se convierte del todo en un terreno extracorpóreo de la Argentina, pero es en definitiva una superposición de ambos.
El olor, la decoración, los sonidos y los silencios. Uno no elige lo que extraña, ni lo que ama, ni lo que es… Solo es. Por eso, entre los sonidos de mi casa, en el transcurso del día, siempre hay alguna radio de Buenos Aires sonando o algún canal de streaming de fondo.
Pongo este contexto para que los mexis que me leen, tengan más claro el camino que nos trae a la idea de este texto.
Me he encontrado bastante con la presencia de Martín Caparrós en días anteriores, fruto del tour mediático que ha dado por motivo de la salida de su libro de memorias “Antes que nada”. Martín es el mejor escritor de su generación, o eso dice Leila Guerriero que es la mejor escritora viva, cosa que digo yo. Pero Caparrós no hizo el camino del “prestigio” como escritor, sino el del oficio mondo y lirondo — con la restricción de fama internacional que esa condición de laburante implica.
Yo no lo leí mucho al Caparrós genial, tengo en lista de espera varios de esos libros. En cambio, leí mucho al Caparrós columnista. A ese Martín lo odié. Tengo una predisposición temperamental a sentir con fuerza, por eso procuro no dejarme caer en la tentación de odiar, porque puedo hacerlo fácil y mucho.Pero al Caparrós columnista del diario Olé (un diario deportivo argentino) lo odié con fuerza y ganas. Para cuando me enteré que Martín Caparrós era un genio de la crónica, yo ya tenía un lustro de odiarlo, por eso avancé poco en leerlo, aunque fuera argentino y el favorito de varios de mis favoritos. Aunque fueran ejemplos de algunas de las mejores cosas que vi escritas.
Por todo esto, me ha tomado por sorpresa encontrarme en estas entrevistas de los días pasados, con un Caparrós que no solo dijo un puñado de las cosas más valiosas que escuché en todo el año, sobre casi todos los mundos que me importan –la literatura, la cultura, la política, Latinoamérica, Argentina, Boca–, sino con un Martín que me cayó excelente.
En la nota que hizo con Eugenia Zicavo, hablaba sobre la pelea entre su generación, la de los escritores publicados en democracia y los escritores consolidados previo a la dictadura. Estos últimos — catalogados en su libro como escritores muy prestigiosos y por el prestigio, más ocupados de ser dandis de la escritura que por comprometerse con la realidad de la gente destinada a leer lo escrito.
Esa disputa de sentido a la literatura, me hizo ruido. Me hizo pensar en el presente de la literatura y la rendición absoluta que tenemos a las normas que rigen la socialización de las cosas. Hacemos todo según un filtro de posmodernidad que solo privilegia la rentabilidad, por lo tanto, la popularidad. Aunque la popularidad siempre viene a costa de cierta falta de profundidad, de cierta facilidad para digerir y comprender.
No lo digo como una reivindicación a la rareza a modo de dogma o única verdad, pero me parece sospechosa esta subordinación de los objetivos que hemos abrazado en la última década. Que haga falta perseguir la transversalidad de Coelho aun para escribir cosas que provoquen otras cosas, es raro.
Siento que hay un costo en el que pensamos poco. Historias que no germinan o que crecen deformes por nacer en este mundo que de facto les pide armarse para ser pop. Escritores desperdiciando talento y oficio para decir las palabras correctas, para endulzar el oído del SEO y aprovechar el empuje de las tendencias. Lectores que propulsan la carrera de gente que mucho no tiene para contar, pero pulieron bien el instinto para surfear la ola del parloteo digital.
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Resalté que me ha caído excelente en estas intervenciones mediáticas, aunque considero que las opiniones son menos importantes que lo que se fue la última vez que tiramos de la cadena del baño, porque para mí, es un reflejo tangible de que hay una separación entre el cronista y el columnista, igual que no son exactamente el mismo que el tipo de carne y hueso que es entrevistado. Adoptar como hemos adoptado estas reglas de socialización y homogeneización también nos hace perder ángulos y miradas posibles, caras de un mismo talento, tridimensionalidad.
Supongo que es inevitable que las generaciones tengan siempre sus disputas, algunos olvidados y algunos estafadores coronados. Espero morirme después de responder si es verdad que todo cae por su propio peso.
II. El lujo de las memorias.
Caparrós no empezó a escribir el libro como unas memorias. En un inicio era un libro sobre ser viejo y haber vivido. Ni siquiera pensaba en publicarlo, era un libro para regalarle a sus amigos cuando cumpla 70. Pero como arranca el libro, hace poco le dijeron que se iba a morir.
Saber que se muere pronto y no llega a viejo, lo hizo escribir sobre vivir, morirse, sobre cosas que recuerda. En la entrevista con Eugenia Zicavo cuenta que ni siquiera las escribe para mostrarlas, sino para que salgan de él y no afligir a sus cercanos con el dolor de esas reflexiones. Todo eso es el libro, que en conjunto y ahora califica como uno de memorias.
“No había pensado, es más, muchas veces me había dicho que la idea de escribir unas memorias no me resultaba muy interesante ni atractiva, más bien un poco desdeñable, etcétera. ¿Por qué prestarse tanta atención? ¿Y por qué creerse que lo que a uno le pasó puede ser interesante?”
Escuchar la vergüenza ajena de alguien ante la suposición de que la vida propia es en automático interesante, me resonó con fuerza. Reconocí de inmediato que era una clase de empatía que hacía mucho no sentía, aunque es… o mejor dicho, fue un sentido común hasta hace no mucho.
Escribir memorias no era algo para todas las personas, ni siquiera para todos los escritores. De hecho, era algo que no se hacía tan a propósito (en el fondo uno siempre escribe comprendiendo el riesgo de ser publicado). Pero era un lujo, que una pluma consiguiera el prodigio de transmutar esa catarata de subjetividad irrelevante en un texto valioso, solo entonces uno tenía sus memorias…
Hacía tanto que estaba cansado y hasta cansado del cansancio del vloging, las video-selfies, los P.O.V., que había olvidado por qué me parecen insoportables. ¡Es la banalidad! Un torrente incesante de cosas que son por completo irrelevantes. Y esta sospecha es la más grande que tengo contra la hegemonía de lo homogéneo. ¿No es raro que estemos así de embriagados con nuestro yoismo?
Como mínimo es tenebroso que estemos armando en público nuestras memorias, cada día, todos los días, frente a los ojos de todos los que nos conocen y conocerán. Colgamos toneladas pornográficas de párrafos audiovisuales que irradian la profunda falta de trascendencia de nuestras vidas. Cada lugar olvidable, cada opinión mal formulada, cada tarde desechable de nuestras vidas pasajeras. Una oda a tener las perspectivas más huecas y repetitivas. La confusión total entre la universalidad y la llanura.
Me mata que todo lo que enlisté recién sería macanudo si tan solo lo hiciéramos con el orgullo de ser intrascendentes, pero no… Toda esta sobreexposición y sobreactuación está sostenida en el delirio de que lo que estamos mostrando es valioso. Ya nadie se cuestiona por qué un fragmento de la nada misma provoca 20 mil interacciones. Da igual, hay que vivir para postear.
Pero vivir así, es aburridísimo. Es falso que todo lo que necesitamos decir se resuelve con la misma fórmula para el engagement. Sí importa qué, por qué y para qué escribimos. Ese manto uniforme no cambia lo intrascendente de nuestras vidas, solo difumina la mayoría de las cosas que nos están pasando.
Hablo de esto porque las entrevistas me dejaron ordenar algunas ideas que tenía revueltas hace algunos meses: ¿cómo escribimos?, ¿Por qué escribimos así?, ¿En dónde escribimos?, ¿Para qué escribimos?, ¿Quiénes escribimos?
De esto que fui sintiendo con intensidad lo que más me conmovió fue reconocer el motor de escritor. No todos escriben por la misma razón, ni para lo mismo. Hay quien vive para escribir, quien escribe por escribir y hay quien — como Martín Caparrós —, escribe para vivir.
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