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CAMINAR, MIRAR, CONTAR

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Acerca de CAMINAR, MIRAR, CONTAR

Sección del magacín ’Siéntelo con oído’ en el que su autora, Elena Parra, nos habla de sus paseos o viajes, de lugares o caminos, de vivencias o personas...

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3 episodios

Portada del episodio Caminar, mirar, contar - 7 - Jánovas

Caminar, mirar, contar - 7 - Jánovas

Jánovas, la reversión Mi hermano pequeño vive muy cerca de Fiscal, en una pedanía que lleva por nombre Borrastre. Según Agustín Ubieto Arteta, la primera cita del lugar es de 1180, y documenta las variantes Borraste, Borrastre, Borrast, Boraste y Borast. Este es hoy el inicio de nuestro itinerario, a 799 m de altitud sobre el nivel del mar, itinerario que recorrerá la margen derecha del Ara y que geográficamente recibe el nombre de ribera del Ara, río que desde Torla se conduce con estrépito hasta Aínsa, donde se funde con el Cinca. Es el Ara el último río virgen del Pirineo al no estar afectado por infraestructuras hidráulicas y al que el Arazas nutre casi en cabecera de las nieves y los hielos de Ordesa. Caseríos y pueblos de la ribera del Ara, desde Fiscal hasta Jánovas, cabeza del desastre, han ido resistiendo con muchas dificultades a la despoblación y el abandono. No ha pasado como con la Solana, la Guarguera, el Sobrepuerto o el Sobremonte; este lugar, escoltado por la Peña Canciás, ha conservado vida, poca, pero la suficiente. Ahora es un territorio con un punto de tierra virgen modulado por una carretera estrecha que se adentra entre las colinas meandros margas mallatas piedras riscos riachuelos vacas y terneros, y el cauce del río. Es un valle encantado. El Cotefablo fue el principal enemigo para que las gentes de abajo, sobre todo las de Zaragoza y Huesca, llegaran hasta aquí, aunque la ausencia de estaciones de esquí también marcó un hecho diferencial. Ordesa, el parque nacional que corona y cierra como una cremallera de granito la línea del Ara, ha atraído siempre a inquietos y preocupados con la protección o la conservación del entorno natural, ya fueran montañeros, caminantes, franceses, españoles, ecologistas o turistas sin más interesados en ver y descubrir pero también en preservar su paisaje milagroso. Decir que el Cotefablo fue su principal enemigo es mentar al diablo en el paraíso, ya que, a la vez que casi cancerbero ha sido uno de sus protectores. Ahora, con la nueva variante que une Sabiñánigo con Fiscal todo está muy cerca, demasiado cerca y demasiado fácil. Hasta hace poco, hasta Fiscal y Ordesa se llegaba desde Aínsa o atravesando el accidente geográfico del Cotefablo, endiablado puerto de montaña que en invierno dificultaba el tránsito, aunque en verano tampoco resultaba fácil. La nueva carretera abre ahora una brecha imponente a través del valle de Yebra de Basa, como si se tratara de una flecha lanzada con fuerza por un arquero en línea recta buscando la altura, ya que el valle natural y las pistas que hasta hace poco cosían el territorio quedan más abajo. Esta variante, inaugurada por la Ministra de Fomento Ana Pastor en 2012, supuso la terminación del proyecto de carretera sin concluir más antiguo de España. Lo último que se construyó fueron los viaductos de Arbisa y de Petralba. Comentan que hasta que se inauguró la carretera, una vez que estuvieron construidos los viaductos y los túneles, solo pasaban por ella el cura y el alcalde de. Y debe ser eso de que cuando el río suena… agua lleva. Será agua del Ara, ya fundida con la del Arazas que encierra trozos de Ordesa en su cauce. Dice Eduardo Martínez de Pisón, en sus magníficos ochenta y muchos años, que la geografía tiene varios caminos definidos, y que uno de ellos es el paisaje. Dice que debemos caminar en zigzag para observar todas las texturas, mezclas y límites, recoger sus nombres, dibujar sus rasgos, cartografiarlos. Que los paisajes evolucionan, como una acumulación en el tiempo sobre el espacio, y que es necesario integrar, entretejer lugares y componentes, no disociarlos. He recorrido la Ribera del Ara muchas veces. En coche todo el rato, en coche con paradas, en coche con paradas y bajadas y visitas, caminando por lo conocido, caminando entre los cortados en busca de arroyos, andando hacia las mallatas y las peñas recogiendo setas. Me sé esta ribera con lluvia, con frío, con viento, y con la transparencia y los colores del verano. Mi acercamiento al territorio es de experiencia, de vuelta, de mirar muchas veces, como un zigzag continuo. Creo que el territorio se construye con muchas manos, muchas cabezas y mucho esfuerzo. Y que cambia continuamente, aunque lo fundamental debe quedar, debe guardarse, y no solo en la retina. El paseo me lleva a otros paseos, y me hace pensar que el tiempo es muy largo. Voy en coche desde Fiscal hasta Borrastre, y después me paro por las praderas de San Juste. Aquí han edificado su casa Tom y Mary y su yegua MOlly, con la que vinieron desde Inglaterra hace más de cinco años en lo que iba a ser un año sabático que se ha prolongado un lustro. Viven en un carromato al que han añadido un baño y una pequeña cocina. Y Tom, que habla con los caballos como Robert Redford, ha construido una pequeña cuadra en la que viven cinco o seis caballos enfermos, viejos, desvalidos, abandonados. Mary da clases de yoga. Pasar un rato con ellos es un privilegio. Después les toca a Ligüerre de Ara y Albella, este último encaramado entre mallatas y margas, con vistas al infinito y con una casa con una galería azul añil que se precipita sobre una pradera perfecta. El último pueblo que tiene carretera es San Felices, y al lado del futbolín abandonado en la entrada de la iglesia dejamos el coche. Hasta Jánovas, al final de la ribera del Ara, hay que ir caminando. Voy con dos perros, uno está enfermo. Pensé que no aguantaría el paseo, pero los tres kilómetros de ida y los tres de vuelta los recorremos felices, con la mirada atenta y el olfato fino. Llegamos a Jánovas y nos recibe la iglesia, una especie de demolición que conserva unas pinturas murales en el ábside. Después, un poquito más abajo, los restos devastados de lo que fue. En este momento, año 2022, Catorce años después de que el entonces Ministerio de Medio Ambiente comunicara el inicio del proceso para devolver las casas y las tierras expropiadas en Jánovas en 1961, la Confederación Hidrográfica del Ebro y Endesa dan prácticamente por finalizado el grueso de las reversiones. La primera es la administración encargada de la tramitación de los expedientes y la segunda adquirió a Iberdrola en 1993 los activos: 2.700 hectáreas y las edificaciones de Jánovas, Lavelilla y Lacort, salvadas cuando en 2005 se tomó la decisión de descartar la obras del pantano que iba a regular el río Ara. Esto informaba el Heraldo de Aragón en el mes de febrero de este año. También, en la misma noticia, se lee "Lavelilla y Lacorz están como hace 20 años", afirma el alcalde de Fiscal, municipio del que dependen los pueblos. Manuel Larrosa urge al Gobierno central a habilitar partidas presupuestarias para el plan de restitución. "Es lamentable y triste que se dilate tanto en el tiempo. Hay gente con el patrimonio ya revertido desde hace 6 o 7 años y las calles llenas de zarzas", lamenta. "De pellizco en pellizco no se puede hacer una restitución y el Estado está obligado a ejecutar ese plan", dice el alcalde, quien cree que nada impide acometer las inversiones, "solo es falta de voluntad política". Resulta difícil abordar un problema como el de Jánovas en un texto como este. He oído muchas cosas acerca de la dificultad de las reversiones y de la imposibilidad de acceder a Enel, la multinacional italiana que ahora posee el 70,10% de Endesa. Mientras, van pasando los años, y algunos de los hijos de los que tuvieron que abandonar este lugar siguen peleando y trabajando por lo que fue suyo, que ahora parece del viento. Termino este paseo sentada con los dos perros a la orilla del Ara, junto al puente colgante de Jánovas, entre zarzas y escombros, transcribiendo un texto de alrededor de 1992 que mi padre, Santiago Parra, escribió para una editorial de la revista Aragón. Tengo la vista puesta en la Solana, donde todavía se ve la raya del sol. Poco a poco se hace de noche. “Los más perjudicados por toda política de presas y pantanos, con o sin trasvases, son indudablemente los que han tenido o tendrán que ser expulsados de sus pueblos. Nadie se acuerda de ellos. No lo han hecho demasiado los regantes de aquí, menos lo harán los jugadores de golf de los campos de La Manga del Mar Menor o los cultivadores del "plástico" de Almería. Las comarcas del Alto y Bajo Aragón que han quedado desmochadas y sin fuerza vital. Las torres que emergen de las Iglesias inundadas, que rompen el corazón (a quien lo tenga). Los cientos de municipios que se aniquilaron.-Qué se hizo para mejorar la situación de los que se quedaron a malvivir? ¿Qué se va a hacer ahora con quienes les toque correr la misma suerte? Ha sido el Estado duro en las expropiaciones. Tacaño en las indemnizaciones. Inflexible en cuanto a las reversiones que se hubieran podido o todavía se pueden hacer. Una nulidad en cuanto al esfuerzo imaginativo de proyectos de restitución. Inhumano en cuanto a los plazos de afectación: ahí tenemos a los pueblos expropiados por el pantano de Jánovas, a la espera de la actuación de la concesionaria después de un cuarto de siglo. Esto es sencillamente medieval: en ninguna otra parte del mundo civilizado se hubiera consentido lo que aquí hemos aguantado. Son precedentes muy amargos”. -Elena Parra-

25 de may de 2022 - 22 min
Portada del episodio Caminar, mirar, contar - 6 - Alemania

Caminar, mirar, contar - 6 - Alemania

En un barco en el Rin El Rin es un río como el Ebro, pero a lo grande. Más ancho, más profundo y con mucha agua. Con más peces, más barcos y más historia en sus riberas fronterizas, frondas hermosas que ordenadas y salvajes de forma intermitente son como las frondas de todos los ríos. En este trozo del Rin hay restos de carreteras y búnqueres de la segunda gran guerra. Residuos del derrumbe que resisten entre matorrales y arbustos. Embarcaderos, puertos y negocios. Trenes. Iglesias. Andenes. Empresas. Viñedos. Castillos. Remolcadores y fundiciones. Gente amable que sonríe aunque haga frío. Pueblos en estado de perfección, no sé si de gracia, pero sí de perfección. Solo conozco este lugar del Rin que se pasea entre Suiza, Francia y Alemania y en donde las lindes no están claras para un forastero. Nunca sabes dónde estás. Es una raya confusa entre todos estos países, aunque parece que ellos, los países, lo tienen bastante claro. Visitamos un pueblo que está entre todas estas fronteras pero que es Alemania aunque la Alsacia francesa, que es muy alemana, esté muy cerca. Breisach ha sido celta, romana, española, alemana y francesa. Queda a la derecha del Rin, y su catedral fue fundada hace diez siglos, o más. Vamos primero en coche y luego caminamos sobre una mota muy cuidada. Supongo que el Rin tendrá crecidas tan devastadoras como lo son todas pero ahora, sumergido en una niebla paralizante, parece muy calmado. Grande y tranquilo. El pueblo está vacío. Con varios grados centígrados más los bares, las tiendas y los mercadillos funcionarán como un hormiguero, pero hoy no. Subimos cuestas empedradas y miramos por miradores y balcones. El Rin se va quedando abajo, estropeado por la economía y la física. La catedral de hace diez siglos o más emerge sobre una colina con formas góticas pulidas en una piedra arenisca rosa que hoy parece negra por la humedad. Intentamos entrar, pero covid y misa son mala combinación, aquí en Alemania casi Alsacia y en todos los sitios. La puerta no está cerrada pero una feligresa nos impide el paso. La comprendo a través de sus gestos: no es necesario hablar esta compleja lengua de filósofos y místicos para entender que hay que esperar a que termine el oficio. Todo es un poco calvinista. Cristianos puros de espíritu que parece que van a tener poco sentido del humor pero que tienen bastante más que otros, cristianos o ateos. Mientras todo se va congelando en el exterior, desde el interior se escapan, potentes, las notas de un órgano, que se apagan cuando la puerta se vuelve a cerrar. Bach suena sobre la mota medieval de este lugar antiguo del Rin. Estamos a 189 m de altitud sobre el nivel del mar, el idioma oficial es el alemán y Nuestras coordenadas son 48 grados, 01 minutos y 58 segundos de latitud, y 7 grados 34 minutos 58 segundos de longitud. Chip también se congela. No lleva ropa ni zapatos, y me preocupa que el equipo que forman su cuerpo y su pelaje no resulte hoy el más adecuado. Salta y está atento al paisaje, pero tiembla. Tiembla mucho y está mojado, como las piedras de la abadía. Húmedas por fuera, recogidas por dentro. Rodeamos la iglesia y lo que los siglos han ido acumulando a su alrededor cuando suena tu móvil. Me dices que nos esperan: que tenemos que ir deprisa. La neblina átona invade el pueblo de la abadía, la abadía y todos los recodos y las frondas del río. A Chip y a nosotros. Las casas están forradas de humedad negra y participan de la visión organizada y algo rígida del espacio. Nadie por estas calles de cuento de hadas. Vamos andando muy rápido, casi corriendo. Se nos van a congelar los pulmones; los alveolos de fumador y de no fumador están a punto de colapsar. No sé adónde vamos porque no me dices mucho pero me dejo llevar. Llegamos a la orilla del Rin y hay un barco anclado. Solo uno. Atravesamos la pasarela mientras dices cosas en alemán y entiendo que has reservado un crucero, un viajecito; que vamos tarde y han llamado urgiendo tu llegada. Nuestra llegada. La de Chip también. Dentro del barco hay gente sentada en mesas alargadas y en mesas redondas. Nos miran atentos. Solo miran, no hablan. Uf, qué agobio. El pasillo entre las mesas está hecho de muy poco espacio y su atmosfera se vacía todavía más mientras lo atravesamos, casi no puedo respirar. Todos están expectantes. Nos esperan, llegamos tarde. La carrera y la emoción me han congelado el cuerpo y me han nublado el espíritu. Me siento tímida. Pienso en Chip, que nos ha mirado aceptando su destino en la borda. Yo también acepto el mío. Estamos iguales. Atravesamos el barco de principio a fin porque hemos entrado por el culo y nuestra mesa está en proa: hay sitio para dos, un ramo de flores rojas, una calabaza con ojos y boca y tu nombre escrito en un cartel. Es la primera vez que leo tu apellido. Es la primera vez que sé sobre tu patronímico, que debe hablar, en germano, sobre tu origen. Quizá del lugar de donde procedes. Quizá también de adónde te diriges, aunque los nombres no son premociones y no dan ninguna información relevante, de interés objetivo. Muchos datos para una mente sencilla, aunque también muy pocos para una mente compleja. Nos sentamos entre macetas de flores, calabazas y personas alemanas y pienso que quizá sea la primera vez que veo tu alma. Si la veo es porque tú la has soltado un rato, como si la hubieras sacado a pasear por estos recodos del río. Sale de ti con sonrisa pícara, me parece algo irónica y me desconcierta, pero brilla como el sol que se abre paso entre la niebla en las riberas del Rin. La vi, tu alma, aunque en bosquejo, y solo me atreví a mirarla de través, de medio lado, no pude mirarla de frente. Ahora, después de un tiempo, sé que vi algunas cosas, y sé que hay otras que no veré nunca. El tiempo y la memoria son mentirosos. Me quedo con la calabaza entre tu sonrisa y el río mientras hablas con la señora de la mesa de al lado. Quizá creyó que éramos como la princesa prometida y que nos dirigíamos hacia nuestro castillo de la Selva Negra para casarnos. Brindó contigo, y conmigo. Y sonreía. El rato en el barco es un travelling que arranca en el pueblo, pasa por la mota, por el perro, la abadía, Bach, la orilla del río y llega hasta la señora alemana, que me pareció que me tomaba de la mano y me daba permiso para continuar. Después, se termina la toma y todo se vuelve más íntimo. Cuando quise volver ya no estaba disponible. Era territorio del sueño. Tiempo y memoria, tiempo y percepción, tiempo y sueño. Tiempo y perro. Tiempo y calabaza. Tiempo y niebla de tiempo atmosférico. El paisaje se va sucediendo entre las ventanas del barco-crucero. Parece que la conciencia fuera una película montada con recuerdos. Observo, pero sé que no existe eso de observar simplemente. Saber lo que pasó a la orilla del Rin, durante cuatro horas, a bordo de un barco-crucero supone entrar en una dimensión cuántica en la que multitud de cosas pequeñas se van entrelazando hasta el infinito. La señora alemana se mueve a la vez que se mueve el barco; el movimiento afecta a la calabaza que pasa a tener forma de compuertas que se abren y se cierran tras las que aparece una esclusa de paredes agobiantes que termina en una perspectiva de aguja gótica. Chip ladra en la borda, y no sé qué pensar de este rato misterioso. Pero miro y observo porque quiero dejarme llevar como si fuera a estar siempre en este barco en el Rin, rehén en un agujero de paredes inmensas. Un largo plano secuencia que no sé dónde ha empezado, y tampoco sé dónde va a terminar. Paseamos luego por las calles y las casas organizadas. La atmósfera blanca y plana aleja la sustancia, parece que nada tuviera identidad concreta. El agua condensada vive y se pega en el pelo y la piel y en las puntas caladas de las iglesias. Hay agua en los canales de las calles que corre limpia hacia un destino oculto. Se oyen las campanas de muchos campanarios a la vez. Lejos y cerca. El sonido se confunde entre la niebla. Chip se asusta y tiene frío. Es hora de volver a casa y de tomar un vino caliente con mucha canela para entonar el cuerpo. -Elena Parra-

24 de mar de 2022 - 16 min
Portada del episodio Caminar, mirar, contar - 5 - Vinaroz

Caminar, mirar, contar - 5 - Vinaroz

Paseo 5, Destino Vinaroz y los crustáceos y las palmeras y la luna Partimos desde la estepa un día de preverano que tiene esa textura climática en la que el final de la primavera se superpone a un verano intenso y que tiene que ver tanto con la latitud como con el momento atmosférico concreto. Partimos con el ánimo elevado y (esto ya es muy íntimo) pocas expectativas. No hemos buscado demasiadas razones para emprender este viaje a un lugar deseado pero desconocido, lejano y próximo, y que se sitúa sorpresivamente en el epicentro de un día muy caluroso. Un viaje que no pretende ser una huida ni un encuentro. Solo un trayecto. Un movimiento más el continuo viaje que es la vida. Es mitad de mayo. Para Zaragoza, según en qué ciclo, mucho calor. Para el Mediterráneo, según qué viento toque, frío. Partimos con la máxima de Marco Aurelio meciéndose entre nuestras neuronas: “Acepta lo que puedes controlar y deja ir todo lo demás”. No está en nuestro ánimo buscar ni encontrar, tan solo pasar. Las coordenadas no nos importan hoy demasiado. Avanzamos despacio superponiendo el trotar del coche a un itinerario previsto que ha quedado marcado los últimos días aunque sin mucha precisión. Una raya roja sugerida con trazo grueso en un mapa que es de papel, nada más. El detalle concreto no cabe en esta ida o en esta ida y vuelta que tiene como premisa resultar libre más allá de esa raya roja, tanto en los hitos como en los tiempos. Estaremos atentos a las señales. Cuando griten, nos detendremos, cuando no, seguiremos. Antes de salir hablamos lo justo: “Voy a llevarte por mis sitios -le digo-, me gustaría que los conocieras; pero pararemos cuando nos lo pida el cuerpo. Quizá en La Plana, que tantas aves han hecho suya, o en la garganta donde el río Bergantes discurre diferente cada día y donde se puede ver cómo los árboles se mecen entre los puentes. También podemos tocar las rocas y las ramas que las avenidas y el tiempo han depositado en la ribera. Pararemos cuando queramos. Cuando quieras. Todo el rato, incluso. No tenemos prisa. Podemos estar todo el día llegando”. Un viaje corto (te) transforma tanto como un viaje largo. Siempre. Cuando partes eres uno y cuando vuelves, otro. El viaje supone desplazamiento; es el tránsito de un lugar a otro y también de un estado a otro diferente. Supone contacto, apertura, conocimiento de ese emocionante y personal. Y aunque el movimiento pueda suponer tanto, o tan poco, las variables del cerebro y del alma se han de poner en marcha y aliarse contigo a la vez que consigo mismas. Y con el de al lado, si es que hay alguien allí. NO quiero pensar ahora con más profundidad en este concepto de moverse. Vamos mirando por la ventana. Bajamos la música cuando está muy alta porque el niño duerme. Solo nos detenemos cuando se despierta, que es cada poco. Chip está contento y en cada parada salta sobre sus cuartos traseros como si fuera una liebre. Su fisonomía cambia cuando está en un exterior. De aovillado torna casi en gacela. Hemos elegido el camino largo, el que en el mapa da más vueltas y gira y tiene múltiples intersecciones y caminos secundarios. Es el camino que siempre he sentido como atajo, pero no como un atajo al uso, porque no es de los que hacen que llegues más rápido. Este de hoy es un rodeo largo y meditado. Es recorrer sin prisa. dejar que las sorpresas salgan al paso fugaces y a veces aventureras, una curva, un matorral, una roca suspendida, un conejo o un zorro que se cruzan, la luz que pide paso entre las nubes, un paisaje bajo que se convierte en la línea horizonte. Es fluir con lo que ves en modo lento, como abrir una contraventana para observar lo que hay y luego abrir otra y seguir observando. No hay que por qué elegir, y hoy no tenemos prisa ninguna. He recorrido la línea roja de este mapa muchas veces, y nunca es la misma. La memoria ofrece muchas menos garantías que la realidad, y ésta, en cada viaje se renueva y se vuelve otra, tan igual pero tan diferente. Será lo nuevo que te viste o lo viejo que no termina de dejarte del todo. Será el olor del pino o de la lavanda o del tomillo en primavera; serán los sonidos del viento que ruge algunas veces y otras no. Será el camino hecho con calor o con frío; será lo que crees cotidiano que en cada ocasión cambia y se vuelve otro. Seremos nosotros, que somos diferentes a cómo éramos cuando hicimos este viaje. Hoy no pretendemos cambiar, ni ser otros. Ni soñar, ni huir, ni desaparecer. Solo atravesar un desierto, luego, una Toscana y llegar hasta la región de Campania, porque un Nápoles ibérico es nuestro destino. Ese lugar donde los cítricos huelen mucho por la noche y algún bicho marino tipo crustáceo es el protagonista del mercado de proximidad: un lugar ecológico a la vez que vacío de vivencias. Este es un destino que ha de llegar sin prisa, tenemos que descubrirlo poco a poco. Paramos en el lugar del Bergantes, el top ten del imaginario paradisiaco. Lugar de agua y brisa y azudes y recodos. Paramos y nos bañamos en el Bergantes. Nos vamos quitando la ropa y sembramos el cauce de zapatos, pantalones y camisetas. No hay nada más que río. Nadie más que nuestras risas. Este lugar estaba previsto en la raya roja del mapa rodeado de un gran círculo. Era una señal en el mapa de papel de horarios inexistentes. Caminamos entre los cantos rodados del Bergantes. El perro bucea y saca una piedra detrás de otra ajeno a nosotros, ajeno a todo lo que le rodea. Trepamos entre ramas y rocas que han dejado aquí las riadas y el tiempo. Investigamos entre las ruinas de un molino que fue fábrica textil y de un monasterio. Ahora son piedras abandonadas. En la fábrica encontramos libros de cuentas, restos de tejidos y maquinaria y nos hacemos anillos con unas roscas de tornillos de hierro. Anillos que suponen un compromiso firme con este lugar. Luego, seguimos camino. La música suena ahora fuerte mientras bajamos puertos que parecen alpinos aunque sean casi mediterráneos. Las obras de mejora de las carretera nos obligan a gritar insultos al progreso este raro que arrasa la memoria. Maldecimos un rato. Todo es diferente, y nada es igual: lo siento, príncipe de Salina. En ocho horas viajamos del norte al este y cuando llegamos, cansados, comprobamos que estas tierras se asemejan a otras, pero volcánicas y con crustáceos. Oh, igual hemos llegado a Sicilia solo pensándolo, y Salina y Battiato nos hablen de sus deseos más íntimos. Una vez en Sicilia o en Campania, no sabemos bien qué es esto, los días pasan apacibles. Sin derroche ni tiempo marcado. Comemos, bebemos y leemos. Paseamos y comemos y bebemos otra vez. Por las noches el viento y el mar se confunden y se comportan como un líquido aéreo. Los colores viajan desde la retina hasta el cerebro y se quedan a vivir allí junto a ensoñaciones que vamos reubicando y colocando en lugar preferente según el momento. Vamos haciendo una mudanza mental que se acompasa con el ruido de las olas cuando rompen. Las síncopas sobran, no queremos romper la regularidad del ritmo. El frío y las palmeras se mezclan por las noches con una luna que cuando llegamos es creciente y después será bola roja y luego bola blanca. Viento todo el rato. La cerámica brilla aquí de forma especial. Está hecha de azules vidriados con tonalidades infinitas. La luz concede un aura mística y lejana a los objetos a los veleros y a las personas y a los perros, a todo lo que tiene volumen: a las palmeras también. Las fotos en la playa parecen un cuadro de Sorolla. El mar es espejismo y los tiempos se han fundido en el único de ahora mismo. No hay pasado en estas tierras desubicadas. La vuelta es otra. La heterotopía ha durado una semana y sí, se puede definir como “un error de lugar, además de como un error de tiempo”. Todo se ha desplazado. Volvemos por el mismo camino, pero no somos los mismos. Hacemos las mismas paradas, nos bañamos en el mismo río, dejamos la ropa sembrada sobre los mismos cantos rodados, reímos también, y también hace mucho calor. Chip sigue feliz en su continuo ritmo de regalarnos piedras. Una detrás de otra. Es verdad eso de que el viaje te cambia. Solo quiso ser pasar; no pretendió ser huida, no pretendió ser encuentro, pero fue todo eso y más. Nuestro peso específico no es el mismo. Esos 21 gramos que dicen que pesa el alma nos pesan. Hemos dejado que pasara lo que tenía que pasar. Viento y langostinos rojos de Vinaroz. Cerámica azul que brilla al sol. Palmeras, altas palmeras, que nos han hablado por las noches. Una luna que es un círculo mágico. Más viento. Encuentros que forman remolinos, remolinos que forman vórtices por los que te escurres hacia otras dimensiones. Pasó una vida y llegó otra, esa que elaboramos cuando nos damos tiempo. Esa de la que hablaba el príncipe de Salina: es necesario que todo cambie para que todo siga igual. Solo pasó que no nos fuimos del mundo, sino que volvimos a él. Texto y voz de Elena Parra Ambientación musical: INTRO - Joe Henry - Our Song 1 - Madrugada - Step Into This Room and Dance for Me 2 - Madrugada - Valley of Deception 3 - Madrugada - Honey Bee 4 - Madrugada - HalfLigh

13 de ene de 2022 - 21 min
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Soy muy de podcasts. Mientras hago la cama, mientras recojo la casa, mientras trabajo… Y en Podimo encuentro podcast que me encantan. De emprendimiento, de salid, de humor… De lo que quiera! Estoy encantada 👍
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